Por Subcomandante Marcos*
Veintitrés años cumple el EZLN y, pronto, serán 13 los años que calendarios pasados son desde aquel primero de enero de 1994.
Vayan ustedes a saber por qué o cómo, pero el caso es que el EZLN salió muy otro.
Tal vez haya sido por la extraña mezcla de norte, centro y sur de México que animó sus primeros pasos.
O tal vez por la inmensamente mayoritaria sangre indígena de sus dirigentes, dirigentas, soldados y soldadas, bases de apoyo, y autoridades autónomas.
O tal vez por el largo y complicado puente que une, a pesar de los años, la distancia, los dolores, las desapariciones y las muertes, con las montañas del sureste mexicano.
O tal vez sea por el amasijo de todas esas cosas, que fueron y son la argamasa que nos da identidad, raíz histórica, aspiración y modo a las zapatistas, a los zapatistas.
Los modos y “ni modos” del EZLN han desconcertado a cercanos y lejanos al llamado neo zapatismo. Y cuando alguien aventura una definición o una certeza, ¡zaz!, las y los zapatistas salimos con alguna de nuestras ocurrencias.
Ya ven cómo hacemos rompecabezas con los calendarios y las geografías. Y luego resulta que las historias y mapas no se entienden si se acomodan mirando hacia arriba, y sólo quedan cabales si se mira hacia abajo y se pone uno de cabeza.
Un ejemplo: uno de los oficiales insurgentes del EZLN sostiene firmemente que, en lugar de felicitar a los cumpleañeros y cumpleañeras en su día, a quien habría que celebrar es a la madre o al padre, o a ambos.
Hoy el EZLN es el cumpleañero.
Así que yo quiero darles luz y tibieza a mis palabras en este lugar, que vio crecer a César Germán Yáñez Muñoz, nombrando y celebrando a doña Beatriz Muñoz García, originaria de Nueva Rosita, Coahuila, y al doctor Margil Yáñez Martínez, originario del municipio Lamadrid, Coahuila, sus padres.
La digna sangre que César Germán y sus hermanos y hermanas llevan en las venas vino de esa mujer, la doña Rosita le decíamos, y de ese hombre, a quien llamábamos “el don Romeo”.
Y no nombro ni celebro el dolor de no tenerlos aquí con nosotros. Tampoco el que ellos cargaron durante tantos años, buscando la respuesta a la pregunta de qué pasó con el tercero de sus hijos.
No, pero en cambio nombro y celebro las semillas que formaron, cuidaron y orientaron para que fueran lo que fueron y sean lo que son.
Así que aquí hay otro ejemplo del modo muy otro de los zapatistas, porque el don Romeo, el doctor Margil pues, nomás asomándose al mundo se dio en complicar los calendarios. Y es que al doctor se le ocurrió la travesura de nacer un 29 de febrero, haciendo un desmadre padre como cumpleañero.
Pero no sólo, porque resulta que el don Romeo, previo acuerdo de la doña Rosita y habiendo hecho el trato respectivo entre quienes se aman, pues se dieron a la amable tarea de nacer rebeldes.
Uno de los paridos por esa digna sangre, cuando el don Romeo sólo tenía en su broma de calendario, un poco más de 7 años, fue llamado “César Germán”, y nombrado cumpleañero cada 23 de octubre hasta el año de 1974, cuando fue desaparecido por el gobierno federal mexicano encabezado por un criminal llamado Luis Echeverría Alvarez.
A la rebelión contra el calendario, César Germán sumó la de la rebelión contra la muerte. El recién nacido había recibido la sentencia de muerte cuando vio la luz primera con apenas un kilo de peso. Pensaron que no duraría sino unas horas, pero César Germán fue arañando vida de estas tierras regiomontanas y libró un año, dos, tres, cuatro, y fue pintándoles caracolitos a los calendarios hasta que la noche del 6 de agosto de 1969 lo encontró, ya arrebatados 26 años a la muerte, fundando junto a otros mexicanos un proyecto de vida, de libertad, de justicia y de democracia para ese país que ya dolía y todavía se llama México, uno de los proyectos más hermosos, nobles y honestos que ha conocido la humanidad: el proyecto de prepararse para aprender, para obedecer, para despertar.
Hoy el EZLN es el cumpleañero.
Pero en nuestro modo hay que celebrar a quien nos engendró.
Por eso hoy, en nuestro 23 aniversario, quiero nombrar y celebrar a quienes, en estas tierras norteñas, formaron y cuidaron a la organización madre de lo que hoy es conocido públicamente como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
En Monterrey, Nuevo León, hace más de 37 años, un pequeño grupo de personas nacieron lo que llamaron Fuerzas de Liberación Nacional. Desde su origen la dotaron de una ética de lucha que después heredaríamos quienes somos parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Ni secuestros ni asaltos fueron fuente de sus recursos. En cambio, sustentaron su economía y su tamaño en el trabajo político entre la población explotada, despojada, despreciada, reprimida.
Ni acciones espectaculares, ni golpes de mano marcaron su andar. En cambio, alimentaron lo que llamaron “acumulación de fuerzas en silencio”, esperando el momento en que el pueblo, nuestro pueblo, requiriera de los modestos esfuerzos de una organización marcada por la frase del general insurgente, Vicente Guerrero, de “vivir por la patria o morir por la libertad”.
No asentarse donde tenían el apoyo, el conocimiento, la costumbre de vivir, trabajar y luchar, sino cruzar el país e irse al último rincón de nuestra Patria: las montañas del sureste mexicano.
No engañar, sino hablar con la verdad sobre caminos y dificultades.
No el culto a la muerte, ajena o propia, sino la lucha por la vida, pero por una vida mejor para quien sólo conoce la supervivencia adolorida del cada nada tiene.
No calcar manuales e importar teorías, análisis y experiencias extranjeras y extrañas, sino enriquecer las ciencias y las artes de la lucha con la historia de México y el análisis de nuestra realidad concreta.
No imponer, ni con armas ni con argumentos, la idea propia, sino escuchar, aprender, convencer, crecer.
No seguir el calendario de arriba, sino ir construyendo el calendario de abajo.
No dejarse imponer coyunturas ajenas, sino trabajar para tener la posibilidad de crear las propias, abajo y a la izquierda.
La ética del guerrero que se forjó en una casa de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, México, habría de encontrarse años después con la ética de los guerreros de raíz maya en las montañas de Chiapas.
De esa mezcla habría de nacer no sólo el EZLN, también la palabra hecha arma, escudo y espada de los más olvidados de la Patria: los pueblos indios zapatistas.
Ya antes dije que los zapatistas somos muy otros. En esta otredad tenemos la creencia de que a la tierra se le da por parir, cada tanto, a una generación de hombres y mujeres a quienes encomienda una tarea determinada. Una misión especial, decimos los militares.
Los hombres y mujeres que en los ’60, ’70 y ’80 lo dejaron todo para tener nada, son nuestras madres y nuestros padres. A ellos y ellas llamamos la “generación de la dignidad”, la generación que tuvo como propósito el nacernos y heredarnos lo mejor de su historia personal y colectiva, para formar no a maestros, ni dirigentes, ni mandos, sino aprendices aplicados, dispuestos a aprender de quienes abajo son lo que son: indígenas, campesinos, obreros, empleados, ancianos, mujeres, jóvenes, niños y niñas.
Si ahora no están con nosotros para este cumpleaños, no es porque no lo hayan previsto. Su ausencia fue siempre de una alta posibilidad en el camino y el paso que eligieron, para que nosotros en él andáramos y, a estas alturas del partido, sigamos constatando que las botas de estas mujeres y hombres nos siguen quedando grandes, y tal vez eso sirva para explicar nuestras torpezas y tropiezos.
* De las palabras pronunciadas en la casa museo del doctor Margil por el 23 aniversario del EZLN. De La Jornada de México.
Salutes
martes, noviembre 28, 2006
lunes, noviembre 27, 2006
Movimientos quietos
Como no sea por la ¿curiosa? aparición del llavero en el jardín de la casa que habitaba López, las “novedades” de la última semana vinieron a ratificar el modo casi esquizofrénico con que se mueve, sin que en realidad se mueva nunca mucho, el paisaje político argentino.
Por supuesto que no siempre fue así y en cualquier momento podría ocurrir que algún hecho sacuda verdaderamente el tablero. Pero si es por el factor sorpresa, hace ya mucho que lo que parece imprevisto, y hasta conmocionante, no es más que la concreción de noticias esperables. Las presuntas salvedades, como el enfrentamiento de San Vicente y el resultado de Misiones, corroboraron a su vez que tenían patas cortas, porque nada de lo que generaron implicó que se saliera de madre lo que podía preverse.
Una de las mejores pruebas de ese estado estructuralmente paralítico de las cosas es el revuelo causado por la decisión del Banco Mundial, que concedió a Botnia el crédito necesario para terminar su planta. Nadie podía esperar decisión diferente, por múltiples motivos, entre los cuales figura a la cabeza que el directorio del BM es sencillamente una escribanía de los países más poderosos de la Tierra y de los intereses de sus multinacionales. Sin embargo, el gobierno argentino insistió con la estrategia de obtener allí una resolución favorable y le coronaron un definitivo 3 a 0 en contra, al cabo de los fallos también adversos de la Corte de La Haya y del Tribunal del Mercosur.
Bajo el mismo paraguas de previsibilidad, en la Patagonia resurgió el conflicto por el impuesto a las Ganancias que alcanza a los empleados petroleros. Y horas después el reclamo arrastró a un conjunto de trabajadores en relación de dependencia, autónomos y jubilados que, en numero total de 700 mil, ven afectados sus ingresos de bolsillo apenas éstos superan los 2200 o 2900 pesos, según se trate de solteros sin hijos o casados con dos hijos. Gente de clase media que llega a pagar hasta un sueldo al año, o más, gracias a una estructura impositiva que continúa figurando entre las más regresivas del mundo, sin que el Gobierno dé siquiera visos de modificación, aunque paralelamente se infla el pecho con sus cifras de crecimiento de la economía, nivel record de reservas y superávit fiscal. La pregunta sigue siendo obvia y reiterativa: ¿para qué sirven esos números si no es para corregir desde dónde se recauda y cómo se distribuye la riqueza? Y en todo caso y si las autoridades insisten en ahorrar por ahorrar, por si las moscas de algún tembladeral internacional, ¿no pueden aunque sea ir previendo los focos más elementales de conflictividad? De nuevo: no hubo noticia en el encontronazo que comenzó en el sur. Hubo la crónica de un choque anunciado.
Otro tanto cabe decir de la denunciada situación de colapso nada menos que en el Hospital de Clínicas, que se suma al tira y afloja con las empresas de medicina prepaga y los prestadores de salud por el monto de sus aranceles. El tema del Clínicas también remite a cómo es posible que el hospital-escuela carezca de insumos en medio del florecer económico, y el segundo lleva a preguntarse cómo diablos no “blanquean” que el 80 por ciento de la facturación del negocio de la medicina privada está en manos de cuatro (sí, 4) empresas, que encima tienen sus propias clínicas y sanatorios y son, por lo tanto, prestadores de sí mismos. La tenaza queda así conformada por más de la mitad de la población que debe atenderse en hospitales públicos desbordados y colapsados, y un resto preso de emporios medicinales que se cuentan con los dedos de una mano. ¿Cuál es la noticia? Ninguna, porque las dos cosas se saben de memoria.
Por último, dediquemos un párrafo a los movimientos políticos, sectoriales e institucionales que, a estar por la mayoría abrumadora de los análisis que se leen y escuchan, han despertado gracias al resultado electoral de Misiones y la batahola de San Vicente. Empezando por lo segundo, parece ser que Hugo Moyano sufre ahora el cerco tendido por algunos compañeros de la CGT que, sin duda, implican una renovación de los métodos y filosofía combativa de esa central obrera. Luis Barrionuevo es quien lidera ese saludable aire fresco. Y asimismo, la derrota oficialista en Misiones sacudió el letargo de la oposición, porque ahora hay por fin los contactos entre macristas y lavagnistas, y entre el ARI y los socialistas, y entre los duhaldistas con los primeros. Todo lo cual, claro está, lo generó Misiones. Lamentablemente, uno sigue estando loco y pensando que la orfandad opositora hubiera dado lugar, de cualquier manera, a que empezaran a juntarse el hambre y las ganas de comer. Pero parece que fue por Misiones. Igual que el proyecto de achicar la Corte Suprema y el de reinstalar a Cristina Fernández como eventual candidata: no es que eso ya estaba previsto, sino que el Gobierno desayunó ambas movidas de la noche a la mañana. Vamos.
En una palabra, la invitación es a razonar que lo que se mueve está más bien quieto. Las noticias no son novedad, porque no hay nada de nuevo, viejo. La realidad argentina suele tener episodios inesperados y grandilocuentes. Y cuando no hay eso es altamente previsible, como lo demuestran las últimas y grandes informaciones circulantes. El asunto es que los diarios tienen que salir todos los días, igual que los noticieros. Y algo hay que vender.
Salutes
Por supuesto que no siempre fue así y en cualquier momento podría ocurrir que algún hecho sacuda verdaderamente el tablero. Pero si es por el factor sorpresa, hace ya mucho que lo que parece imprevisto, y hasta conmocionante, no es más que la concreción de noticias esperables. Las presuntas salvedades, como el enfrentamiento de San Vicente y el resultado de Misiones, corroboraron a su vez que tenían patas cortas, porque nada de lo que generaron implicó que se saliera de madre lo que podía preverse.
Una de las mejores pruebas de ese estado estructuralmente paralítico de las cosas es el revuelo causado por la decisión del Banco Mundial, que concedió a Botnia el crédito necesario para terminar su planta. Nadie podía esperar decisión diferente, por múltiples motivos, entre los cuales figura a la cabeza que el directorio del BM es sencillamente una escribanía de los países más poderosos de la Tierra y de los intereses de sus multinacionales. Sin embargo, el gobierno argentino insistió con la estrategia de obtener allí una resolución favorable y le coronaron un definitivo 3 a 0 en contra, al cabo de los fallos también adversos de la Corte de La Haya y del Tribunal del Mercosur.
Bajo el mismo paraguas de previsibilidad, en la Patagonia resurgió el conflicto por el impuesto a las Ganancias que alcanza a los empleados petroleros. Y horas después el reclamo arrastró a un conjunto de trabajadores en relación de dependencia, autónomos y jubilados que, en numero total de 700 mil, ven afectados sus ingresos de bolsillo apenas éstos superan los 2200 o 2900 pesos, según se trate de solteros sin hijos o casados con dos hijos. Gente de clase media que llega a pagar hasta un sueldo al año, o más, gracias a una estructura impositiva que continúa figurando entre las más regresivas del mundo, sin que el Gobierno dé siquiera visos de modificación, aunque paralelamente se infla el pecho con sus cifras de crecimiento de la economía, nivel record de reservas y superávit fiscal. La pregunta sigue siendo obvia y reiterativa: ¿para qué sirven esos números si no es para corregir desde dónde se recauda y cómo se distribuye la riqueza? Y en todo caso y si las autoridades insisten en ahorrar por ahorrar, por si las moscas de algún tembladeral internacional, ¿no pueden aunque sea ir previendo los focos más elementales de conflictividad? De nuevo: no hubo noticia en el encontronazo que comenzó en el sur. Hubo la crónica de un choque anunciado.
Otro tanto cabe decir de la denunciada situación de colapso nada menos que en el Hospital de Clínicas, que se suma al tira y afloja con las empresas de medicina prepaga y los prestadores de salud por el monto de sus aranceles. El tema del Clínicas también remite a cómo es posible que el hospital-escuela carezca de insumos en medio del florecer económico, y el segundo lleva a preguntarse cómo diablos no “blanquean” que el 80 por ciento de la facturación del negocio de la medicina privada está en manos de cuatro (sí, 4) empresas, que encima tienen sus propias clínicas y sanatorios y son, por lo tanto, prestadores de sí mismos. La tenaza queda así conformada por más de la mitad de la población que debe atenderse en hospitales públicos desbordados y colapsados, y un resto preso de emporios medicinales que se cuentan con los dedos de una mano. ¿Cuál es la noticia? Ninguna, porque las dos cosas se saben de memoria.
Por último, dediquemos un párrafo a los movimientos políticos, sectoriales e institucionales que, a estar por la mayoría abrumadora de los análisis que se leen y escuchan, han despertado gracias al resultado electoral de Misiones y la batahola de San Vicente. Empezando por lo segundo, parece ser que Hugo Moyano sufre ahora el cerco tendido por algunos compañeros de la CGT que, sin duda, implican una renovación de los métodos y filosofía combativa de esa central obrera. Luis Barrionuevo es quien lidera ese saludable aire fresco. Y asimismo, la derrota oficialista en Misiones sacudió el letargo de la oposición, porque ahora hay por fin los contactos entre macristas y lavagnistas, y entre el ARI y los socialistas, y entre los duhaldistas con los primeros. Todo lo cual, claro está, lo generó Misiones. Lamentablemente, uno sigue estando loco y pensando que la orfandad opositora hubiera dado lugar, de cualquier manera, a que empezaran a juntarse el hambre y las ganas de comer. Pero parece que fue por Misiones. Igual que el proyecto de achicar la Corte Suprema y el de reinstalar a Cristina Fernández como eventual candidata: no es que eso ya estaba previsto, sino que el Gobierno desayunó ambas movidas de la noche a la mañana. Vamos.
En una palabra, la invitación es a razonar que lo que se mueve está más bien quieto. Las noticias no son novedad, porque no hay nada de nuevo, viejo. La realidad argentina suele tener episodios inesperados y grandilocuentes. Y cuando no hay eso es altamente previsible, como lo demuestran las últimas y grandes informaciones circulantes. El asunto es que los diarios tienen que salir todos los días, igual que los noticieros. Y algo hay que vender.
Salutes
sábado, noviembre 25, 2006
La llave de López

A lo largo de estos dos meses, desde este mismo espacio, me pregunté varias veces, y desde diferentes perspectivas, por qué el secuestro de Jorge Julio López estaba siendo minimizado colectivamente. Hubo semanas enteras en las que el tema redundó: desapareció. Eso en sí mismo merece atención.
Veámoslo así: en un determinado país una dictadura militar se impone con el consenso de una opinión pública formateada por la clase dominante, el mismo formateo cerebral que luego hará que esa opinión pública acepte su propia domesticación. Había que implantar un régimen totalitario. Para ello, fue necesario aniquilar a una generación. Prisioneros sin juicio ni consecuentes acusaciones precisas fueron exterminados en campos clandestinos. La opinión pública no acusaba recibo ni de los operativos nocturnos que había en cada cuadra ni de los hijos de los amigos de los cuñados de los vecinos, que desaparecían.
Y eso se sabía. Pero se negaba. Es mentira que no se sabía. Cuánto tiempo más se va a mantener en pie esa falsa disculpa argentina. Era imposible no saberlo. Se ignoraba la dimensión del genocidio, pero no sus atrocidades. ¿O no es sencillamente atroz que, por caso, desapareciera el hijo del amigo del cuñado del vecino? ¿Eso no implicaba por sí solo que había ajusticiamientos? No existe el “yo no sabía”. Hay que empezar a admitir que hubo una Argentina que negó. Y es otra cosa.
Esa misma Argentina me preocupa.
Sigamos: treinta años después (porque fueron necesarios treinta años para que llegaran muchos juicios, y esto quiere decir que esa sociedad, ya sin la bota encima de la cabeza, creyó la versión absurda de que lo que hubo fue una guerra civil. ¿Qué argentino puede creérselo? ¿Cómo va a haber una guerra civil sin que uno se entere? ¿Cómo se compatibilizan las creencias complementarias y falaces del “yo no sabía” y “hubo una guerra civil”?), retomo: treinta años después, es condenado uno de los peores chacales. Y unos días más tarde, un testigo clave en ése y otros juicios, desaparece.
Esta desaparición pone en escena el fantasma argentino reciente. Para todos aquellos cuyas vidas fueron rozadas en mayor o menor grado por el terrorismo de Estado de los ’70, esta desaparición activa zonas del cerebro y del alma que estaban ya por fin en algo así como piloto automático. Somos como un gigantesco cartel de neón, algunas de cuyas luces deben forzosamente encenderse para que las otras se vayan apagando. Sin esa alternancia, el cartel no emitiría sus dibujos y sus letras. Como cuerpo colectivo, somos eso. A treinta años de aquello, miles y miles de personas sintieron esta desaparición como la reactivación dolorosa e insoportable de la zona del miedo, el dolor, la amenaza. En estos dos meses hubo oídos que volvieron a escuchar sirenas a lo lejos. Hubo aniversarios más crudos, como a la intemperie. Hubo pesadillas. Hubo enfermedades psicosomáticas. Ya sin el cobijo de la democracia. Esto es lo impensable. Era Nunca más. Esta desaparición rompió el Nunca más, que era la única y verdadera promesa que como pueblo parecíamos habernos hecho.
Era previsible otra reacción. En las marchas y del dolor hecho carne participan aquellos cuyas vidas fueron rozadas por el terrorismo de Estado. Parecen, y son, marchas de derechos humanos, cuando deberían ser otra cosa. Deberían ser desbordes de gente en todo el país gritando. Pero es incluso más fácil desbordar y gritar frente a Fray Bentos, donde hay una mole que seguirá creciendo, que hacerlo frente a un fantasma.
No milito en ningún partido político, no soy miembro de ningún organismo de derechos humanos, no perdí familiares en la dictadura, pero eso no implica que no haya crecido sintiendo que hay banderas que no son ni siquiera ideológicas: casi diría que, para mí y para muchos otros, son banderas religiosas, de la única religión que uno proveerse alguna vez, una que sostiene que el bien está del lado de la decencia. Probablemente sea un rasgo en común entre los que no creemos en Dios: nos aferramos a otros ideales.
Tal vez por eso la reacción social general ante la desaparición de Jorge Julio López sigue pareciéndome extraña, anestesiada, distante, y me apena enormemente advertir que los medios administran diariamente las neuronas de millones. Y que millones se dejan administrar los pensamientos y, lo que es más grave, la moral.
El Caso López no es solamente el que deriva del expediente judicial que investiga esa desaparición. El Caso López será, dentro de un tiempo, el recuerdo de la primera desaparición de la democracia, y el ejemplo de cómo a veces una sociedad vuelve a negar, a no ver, a no saber.
Salutes
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lunes, noviembre 20, 2006
Made in USA
Se elimina toda clase de rutinas. El prisionero debe someterse a una iluminación artificial uniforme y de baja intensidad. Debe despojarse de su propia vestimenta. Nada ha de recordarle sus coordenadas espaciales y temporales. La exposición a situaciones extremas de calor y frío, de sobreabundancia alimentaria y de hambre, de luz y oscuridad es preferible que su simple debilitamiento corporal a través de golpizas, privación de agua y comida, y quebrantamiento fisiológico general. La desorientación, la pérdida de identidad y la regresión de la víctima a un estado psicótico: éstos son los objetivos de las técnicas de interrogación científica. El suplicio físico con instrumentos mecánicos o eléctricos, la paralización duradera del cuerpo en posiciones corporales que generen un dolor extremo, las contusiones y quemaduras se administran de tal manera que la víctima no pueda encontrar en ellas una última forma de defensa y autoafirmación en su sufrimiento. La inmersión duradera en estanques de agua, con el cuerpo fijado a cilindros que imposibilitan las impresiones externas, cubiertos con máscaras que sólo permiten la respiración e impiden cualquier percepción visual, conducen invariablemente a estados paranoides de pánico, alucinaciones y delirios. Amenazas de un horror vago y desconocido aumentan su tensión e inducen una regresión psíquica aguda. La sugestión y la hipnosis, junto a la administración subrepticia de drogas como la heroína o el sodium pentotal profundizan su descomposición interna. “Cuando su regresión llega lo bastante lejos para que su deseo de resignar comience a prevalecer sobre su resistencia, el interrogador debe ofrecer al interrogado una racionalización que le permita salvar la cara.” El tratado de tortura de la CIA ofrece estas recomendaciones con una conclusión final para sus verdugos: la tortura debe coronarse con la “conversión” de su víctima.
Conocido como el Kubark Manual, este documento de 1963 representa un modelo ideal de dominación posthumana. Su objetivo no es legitimar el sadismo de los verdugos de la Guerra fría en América latina, a la que estaba también destinado. Ni las prácticas criminales en boga que se cometen impunemente en la guerra sucia de Colombia. Ni el espectáculo fascista de Guantánamo. Ni las estrategias genocidas de la guerra de Chechenia. Ni las prácticas de violación de mujeres normalizadas en la guerra política contra manifestaciones civiles pacíficas de México. El clásico tratado de tortura de la CIA es ideal porque se presenta limpiamente como una tecnología destinada a obtener información de sujetos criminales. En su práctica efectiva, estos métodos fungen sin embargo como real sistema de terror y sumisión que comprende a partisanos y guerrilleros, activistas políticos, sindicalistas y ciudadanos corrientes, incluyendo sus familiares e incluyendo niñas y niños. Es ideal porque no señala qué drogas se administran científicamente a los prisioneros de la guerra sucia o de la guerra global, ni los instrumentos de tormento que efectivamente utiliza, ni los procesos de destrucción física y psíquica irreversible que infligen. Y sobre todo es ideal y abstracto porque su lema: “La amenaza de coerción debilita o destruye la resistencia con mayor eficacia que la coerción misma” no se aplica solamente, ni en primer lugar, a individuos, sino a comunidades, pueblos y naciones, y, en definitiva, a la humanidad entera.
La tortura ha sido y es la expresión moral y política de todo orden autoritario. Se basa en la pretensión del estado de disponer absolutamente sobre los cuerpos, la conciencia y la voluntad de sus súbditos, al margen de toda ley, de toda norma social y de todo principio ético. Su pretexto es la obtención de información de aquellas personas declaradas como antagónicas del Estado. Pero la tortura nunca ha significado solamente una estrategia secreta administrada a individuos concretos. El terror que inflige en sus víctimas se ha exhibido siempre, lo mismo en los Autos de la Inquisición que en las imágenes mediáticas de Abu Ghraib, con el objeto de amedrentar a la población dominada, destruir sus vínculos de solidaridad, aniquilar sus normas de vida y someterlas a un poder total. En última instancia la tortura implanta la violencia de un poder que no se detiene ante los límites más íntimos del cuerpo, de los sentimientos y de la conciencia humanos. Su organización institucional, los instrumentos y técnicas a los que recurre, y los múltiples mecanismos de legitimación mediática y jurídica que la sostienen ponen de manifiesto la inhumanidad y destructividad última del sistema de dominación política, militar, económica y mediática que hoy la ampara.
La aprobación por parte del Congreso y el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica de una ley, la Military Commissions Act of 2006, que justifica y propicia la práctica de la tortura, los interrogatorios coercitivos y la detención arbitraria de prisioneros de guerra bajo condiciones de extrema violencia, agrava hoy esta situación. La agrava para el Tercer Mundo en general, a la que esta legislación está destinada, y para América latina en particular. Las políticas neoliberales han destruido sus tejidos sociales, han creado una pobreza masiva, han cancelado brutalmente la posibilidad de integrar auténticas sociedades nacionales en la región. La corrupción política en la que se amparan sus políticas de extorsión, la manipulación mediática de las instituciones políticas, la degradación autoritaria de los sistemas democráticos, y una creciente militarización de los conflictos sociales que esta situación genera se coronan hoy con la legitimación de la tortura.
Salutes
Conocido como el Kubark Manual, este documento de 1963 representa un modelo ideal de dominación posthumana. Su objetivo no es legitimar el sadismo de los verdugos de la Guerra fría en América latina, a la que estaba también destinado. Ni las prácticas criminales en boga que se cometen impunemente en la guerra sucia de Colombia. Ni el espectáculo fascista de Guantánamo. Ni las estrategias genocidas de la guerra de Chechenia. Ni las prácticas de violación de mujeres normalizadas en la guerra política contra manifestaciones civiles pacíficas de México. El clásico tratado de tortura de la CIA es ideal porque se presenta limpiamente como una tecnología destinada a obtener información de sujetos criminales. En su práctica efectiva, estos métodos fungen sin embargo como real sistema de terror y sumisión que comprende a partisanos y guerrilleros, activistas políticos, sindicalistas y ciudadanos corrientes, incluyendo sus familiares e incluyendo niñas y niños. Es ideal porque no señala qué drogas se administran científicamente a los prisioneros de la guerra sucia o de la guerra global, ni los instrumentos de tormento que efectivamente utiliza, ni los procesos de destrucción física y psíquica irreversible que infligen. Y sobre todo es ideal y abstracto porque su lema: “La amenaza de coerción debilita o destruye la resistencia con mayor eficacia que la coerción misma” no se aplica solamente, ni en primer lugar, a individuos, sino a comunidades, pueblos y naciones, y, en definitiva, a la humanidad entera.
La tortura ha sido y es la expresión moral y política de todo orden autoritario. Se basa en la pretensión del estado de disponer absolutamente sobre los cuerpos, la conciencia y la voluntad de sus súbditos, al margen de toda ley, de toda norma social y de todo principio ético. Su pretexto es la obtención de información de aquellas personas declaradas como antagónicas del Estado. Pero la tortura nunca ha significado solamente una estrategia secreta administrada a individuos concretos. El terror que inflige en sus víctimas se ha exhibido siempre, lo mismo en los Autos de la Inquisición que en las imágenes mediáticas de Abu Ghraib, con el objeto de amedrentar a la población dominada, destruir sus vínculos de solidaridad, aniquilar sus normas de vida y someterlas a un poder total. En última instancia la tortura implanta la violencia de un poder que no se detiene ante los límites más íntimos del cuerpo, de los sentimientos y de la conciencia humanos. Su organización institucional, los instrumentos y técnicas a los que recurre, y los múltiples mecanismos de legitimación mediática y jurídica que la sostienen ponen de manifiesto la inhumanidad y destructividad última del sistema de dominación política, militar, económica y mediática que hoy la ampara.
La aprobación por parte del Congreso y el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica de una ley, la Military Commissions Act of 2006, que justifica y propicia la práctica de la tortura, los interrogatorios coercitivos y la detención arbitraria de prisioneros de guerra bajo condiciones de extrema violencia, agrava hoy esta situación. La agrava para el Tercer Mundo en general, a la que esta legislación está destinada, y para América latina en particular. Las políticas neoliberales han destruido sus tejidos sociales, han creado una pobreza masiva, han cancelado brutalmente la posibilidad de integrar auténticas sociedades nacionales en la región. La corrupción política en la que se amparan sus políticas de extorsión, la manipulación mediática de las instituciones políticas, la degradación autoritaria de los sistemas democráticos, y una creciente militarización de los conflictos sociales que esta situación genera se coronan hoy con la legitimación de la tortura.
Salutes
Dos meses y contando
Se cumplen dos meses sin que se sepa nada de López, y algo menos de su última desaparición. Porque López desapareció primero en la dictadura y después tras testificar contra Etchecolatz. Y ahora quedó esfumado de los medios y de la consideración social, que en cierto aspecto es la más espantosa de las tres desapariciones.
Que a López lo secuestraran los militares fue un hecho tan horripilante como previsible. Que no se sepa nada de él tras su testimonio contra un monstruo es igual de horripilante pero enormemente menos previsible porque, aunque se conozca que la mano de obra desocupada todavía tiene trabajo, se perdió la costumbre de que esa mecánica sea cotidiana. Pero que su caso haya ingresado en un olvido que no para de crecer; que la mención de su apellido haya quedado remitida a las acciones de unos pocos grupos militantes y voces sueltas; que ni siquiera se lo tenga en cuenta en las columnas de opinión de los principales analistas del país, presuntos progres incluidos, a más de que dejó de figurar en los diarios y noticieros del día a día y de que ya se ve que sólo “reaparecerá” los 18 de cada mes (bien que, a estar por la cobertura periodística de la marcha del sábado pasado, tal vez ni siquiera eso); que, en pocas palabras, sea como producto del ninguneo mediático o como resultado de algunas características de nuestro biotipo de sociedad, López no ocupe casi lugar alguno en la agenda pública, es lo más horripilante de todo. Porque se cumplió lo que era previsible.
La batahola de San Vicente y el resultado electoral de Misiones tienen un impacto de patas cortas entre lo que la gente especial denomina “la gente común”, porque la marcha de la economía sigue oronda de la mano de sectores bajos resignados o asistencializados y sectores medios con sus expectativas de consumo recreadas. En el mismo sentido, la desaparición de López hace ruido (y lo haría mucho más si el desenlace fuera el más grave) en un momento en el que no se quiere escuchar malas noticias. No hace falta ninguna encuesta para constatar que la construcción colectiva acerca de López dibuja al episodio como un misterio; que lo más a mano es decirse que se lo tragó la tierra, y que como mucho se trata de una situación inquietante pero aislada. Encima, López es un tipo de casi ochenta años, no tiene el “perfil” de un militante connotado, su profesión fue la de albañil y supo decirse que sufrió algunas etapas o situaciones de extravío. Con esos ingredientes, aunque nadie lo reconozca queda asentada la autojustificación de que es muy difícil saber qué pasó, que tal vez no se sepa nunca, que el tema es “extraño” y que probablemente ingrese a la galería de hechos jamás resueltos, dando entonces por sobreentendido, o aceptado, que se trata de un caso policial. Esto último no deja de ser un tanto (¿sólo un tanto?) paradójico, porque qué mejor caso que el de López para simbolizar la ineficiencia de las fuerzas de seguridad en eso de proteger a la ciudadanía. Sin embargo, López no forma parte del reclamo de que el Estado nos proteja, que debe terminarse con la delincuencia como fuere y que a dónde iremos a parar si es que ya no se puede salir a la calle. Justamente, López salió a la calle y no se lo volvió a ver. Pero los medios han dejado de preguntarse por qué y en las crónicas de la inseguridad cotidiana ya no hay registro de inquietud por lo que pueda haber sido de su vida. Ni en los medios, ni entre los vecinos sensibilizados por las olas delictivas, ni por parte de los voceros de la derecha, que aprovechan cualquier acto de violencia para colar su discurso de indignación contra las políticas garantistas. Ahora, por ejemplo, es el turno de los barrabravas. Que cayó justo para seguir olvidándose de López. Como diría la rata –como lo dijo literalmente, cuando se sucedía la lista interminable de los actos de corrupción de su gobierno– todo parece obra de una casualidad permanente.
Cabe la presunción de que muchos o la gran mayoría, y desde un comienzo, no terminan de jugar su opinión (y su actitud) por la eventualidad de que López aparezca de un día para otro, tras haber quedado preso de una de esas pérdidas de conciencia de las que se habló. Como si esa probabilidad pudiera cambiar, de raíz, la certificación de que el Estado no encontró respuestas satisfactorias a la primera de cambio en que debieron articularse su capacidad de predicción –frente a los riesgos que podía correr un testigo– y la eficacia de sus servicios de inteligencia.
Es muy complicado, desde las consecuencias objetivas, desmentir que son más los que no quieren saber qué fue de López. El Gobierno, porque a medida que el caso va perdiéndose amortigua su responsabilidad (so pena de que le tiren un cadáver en alguna instancia políticamente “adecuada”). La derecha, porque teme que si la desaparición es consecuencia de una patrulla de tinte paramilitar, así sea inorgánica, le será muy difícil no quedar reasociada a su pasado procesista. La sociedad, porque no quiere saber nada con la aparición de algún elemento capaz de desmadrar o perjudicar la recuperación económica. Las especulaciones pueden ser éstas u otras y se aceptan sugerencias ratificatorias o argumentos contrarios, pero lo concreto es que López está en el olvido. El grueso popular, la dirigencia en general y los medios grandes de comunicación vuelven a mostrar la peor de sus caras.
Esté donde esté y como esté, una inclinación, digamos, natural, lleva a preguntar qué le habrá pasado. Y más tarde, a decir “pobre López”. Si se piensa mejor, deberíamos juzgar que lo que le haya pasado, lo que le hayan hecho e, inclusive, su aparición con vida, ya no están en condiciones de variar la conclusión de que el aparato del Estado –en el mejor de los casos– es de una ineptitud algo así como incalificable, primero para proteger a un testigo puntual contra un genocida y después para investigar su paradero. Y junto con eso, o antes que eso, unos medios de comunicación y una sociedad que se permiten mirar para el costado. O no mirar, sencillamente. Por comodidad, por incertidumbre o por impotencia, no importa.
Quienes coincidan con este diagnóstico también lo harán con que, en lugar de qué le habrá pasado y de pobre López, es mucho más certero decir pobres de nosotros.
Salutes
Que a López lo secuestraran los militares fue un hecho tan horripilante como previsible. Que no se sepa nada de él tras su testimonio contra un monstruo es igual de horripilante pero enormemente menos previsible porque, aunque se conozca que la mano de obra desocupada todavía tiene trabajo, se perdió la costumbre de que esa mecánica sea cotidiana. Pero que su caso haya ingresado en un olvido que no para de crecer; que la mención de su apellido haya quedado remitida a las acciones de unos pocos grupos militantes y voces sueltas; que ni siquiera se lo tenga en cuenta en las columnas de opinión de los principales analistas del país, presuntos progres incluidos, a más de que dejó de figurar en los diarios y noticieros del día a día y de que ya se ve que sólo “reaparecerá” los 18 de cada mes (bien que, a estar por la cobertura periodística de la marcha del sábado pasado, tal vez ni siquiera eso); que, en pocas palabras, sea como producto del ninguneo mediático o como resultado de algunas características de nuestro biotipo de sociedad, López no ocupe casi lugar alguno en la agenda pública, es lo más horripilante de todo. Porque se cumplió lo que era previsible.
La batahola de San Vicente y el resultado electoral de Misiones tienen un impacto de patas cortas entre lo que la gente especial denomina “la gente común”, porque la marcha de la economía sigue oronda de la mano de sectores bajos resignados o asistencializados y sectores medios con sus expectativas de consumo recreadas. En el mismo sentido, la desaparición de López hace ruido (y lo haría mucho más si el desenlace fuera el más grave) en un momento en el que no se quiere escuchar malas noticias. No hace falta ninguna encuesta para constatar que la construcción colectiva acerca de López dibuja al episodio como un misterio; que lo más a mano es decirse que se lo tragó la tierra, y que como mucho se trata de una situación inquietante pero aislada. Encima, López es un tipo de casi ochenta años, no tiene el “perfil” de un militante connotado, su profesión fue la de albañil y supo decirse que sufrió algunas etapas o situaciones de extravío. Con esos ingredientes, aunque nadie lo reconozca queda asentada la autojustificación de que es muy difícil saber qué pasó, que tal vez no se sepa nunca, que el tema es “extraño” y que probablemente ingrese a la galería de hechos jamás resueltos, dando entonces por sobreentendido, o aceptado, que se trata de un caso policial. Esto último no deja de ser un tanto (¿sólo un tanto?) paradójico, porque qué mejor caso que el de López para simbolizar la ineficiencia de las fuerzas de seguridad en eso de proteger a la ciudadanía. Sin embargo, López no forma parte del reclamo de que el Estado nos proteja, que debe terminarse con la delincuencia como fuere y que a dónde iremos a parar si es que ya no se puede salir a la calle. Justamente, López salió a la calle y no se lo volvió a ver. Pero los medios han dejado de preguntarse por qué y en las crónicas de la inseguridad cotidiana ya no hay registro de inquietud por lo que pueda haber sido de su vida. Ni en los medios, ni entre los vecinos sensibilizados por las olas delictivas, ni por parte de los voceros de la derecha, que aprovechan cualquier acto de violencia para colar su discurso de indignación contra las políticas garantistas. Ahora, por ejemplo, es el turno de los barrabravas. Que cayó justo para seguir olvidándose de López. Como diría la rata –como lo dijo literalmente, cuando se sucedía la lista interminable de los actos de corrupción de su gobierno– todo parece obra de una casualidad permanente.
Cabe la presunción de que muchos o la gran mayoría, y desde un comienzo, no terminan de jugar su opinión (y su actitud) por la eventualidad de que López aparezca de un día para otro, tras haber quedado preso de una de esas pérdidas de conciencia de las que se habló. Como si esa probabilidad pudiera cambiar, de raíz, la certificación de que el Estado no encontró respuestas satisfactorias a la primera de cambio en que debieron articularse su capacidad de predicción –frente a los riesgos que podía correr un testigo– y la eficacia de sus servicios de inteligencia.
Es muy complicado, desde las consecuencias objetivas, desmentir que son más los que no quieren saber qué fue de López. El Gobierno, porque a medida que el caso va perdiéndose amortigua su responsabilidad (so pena de que le tiren un cadáver en alguna instancia políticamente “adecuada”). La derecha, porque teme que si la desaparición es consecuencia de una patrulla de tinte paramilitar, así sea inorgánica, le será muy difícil no quedar reasociada a su pasado procesista. La sociedad, porque no quiere saber nada con la aparición de algún elemento capaz de desmadrar o perjudicar la recuperación económica. Las especulaciones pueden ser éstas u otras y se aceptan sugerencias ratificatorias o argumentos contrarios, pero lo concreto es que López está en el olvido. El grueso popular, la dirigencia en general y los medios grandes de comunicación vuelven a mostrar la peor de sus caras.
Esté donde esté y como esté, una inclinación, digamos, natural, lleva a preguntar qué le habrá pasado. Y más tarde, a decir “pobre López”. Si se piensa mejor, deberíamos juzgar que lo que le haya pasado, lo que le hayan hecho e, inclusive, su aparición con vida, ya no están en condiciones de variar la conclusión de que el aparato del Estado –en el mejor de los casos– es de una ineptitud algo así como incalificable, primero para proteger a un testigo puntual contra un genocida y después para investigar su paradero. Y junto con eso, o antes que eso, unos medios de comunicación y una sociedad que se permiten mirar para el costado. O no mirar, sencillamente. Por comodidad, por incertidumbre o por impotencia, no importa.
Quienes coincidan con este diagnóstico también lo harán con que, en lugar de qué le habrá pasado y de pobre López, es mucho más certero decir pobres de nosotros.
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sábado, noviembre 18, 2006
Una menos......
Un reciente estudio, Grandes empresas en la Argentina, elaborado por calificados técnicos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, revela que aquí, a contramano de lo que hicieron y tratan de realizar otros países para cuidar el entramado productivo con compañías locales, se ha verificado un avance constante de la extranjerización de la economía. El trabajo está referido a las 500 empresas no financieras más grandes del país en el período 1993-2004 que, con las últimas operaciones de compraventa, ofrecería conclusiones aún más contundentes. En ese lapso, la participación de capital extranjero en ese grupo relevante de compañías ha crecido en cada uno de esos años. De esas 500 empresas, en 1993, 281 (56 por ciento) eran de origen nacional; en 2004, descendió a 165 (33 por ciento). Esas cifras se han inclinado aún más a favor de las extranjeras con las operaciones de venta de los últimos dos años de Loma Negra (brasileña Camargo Correa), Frigorífico Swift (brasileña Friboi), Cervecería Quilmes (belga-brasileña AmBev) y SanCor (fondo internacional Adecoagro).
Ese lote de 500 tiene un peso destacado en la economía, al representar en 2004 el 34,1 por ciento del valor agregado de los principales sectores productivos del país. Ese núcleo básico de la economía está casi en un 70 por ciento en compañías extranjeras. Además, las empresas de ese origen han incrementado sustancialmente su participación en la utilidad total que genera ese grupo: en 1993, contabilizaban el 64,9 por ciento del total, mientras que en 2004 ascendió al impresionante 91,1 por ciento. O sea, el capital extranjero opera en las actividades más rentables del corazón de la economía. A la vez, desde el comienzo de este proceso, los puestos asalariados en las top 500 han ido descendiendo desde los 610.258 que integraban la plantilla global en 1993 hasta los 536.407 en el 2004, con un mínimo alcanzado el año anterior (503.532). El costo salarial (sueldos más contribuciones) en la composición del valor agregado retrocedió del 46 al 19 por ciento en ese período, como efecto de la megadevaluación, mientras que el resultado operativo (ganancias) trepó del 27 al 41 por ciento.
En definitiva, el capital extranjero domina tres cuartos de las empresas más poderosas del país, representa poco más de un tercio del valor agregado de toda la economía, concentra casi la totalidad de las utilidades de ese núcleo dinámico en un proceso de expulsión de mano de obra y resulta, en concreto, uno de los principales beneficiarios de la política del dólar alto que deprimió el costo laboral. En otras palabras, para esas compañías el paraíso se encuentra en el cono sur de América latina. Más específicamente en un país con Buenos Aires como capital. Sus reiterados reclamos –seguridad jurídica y precios/tarifas– canalizados con discreción por sus países de origen, y antes en forma pública a través del Fondo Monetario Internacional, habría que entenderlos por el miedo a perder un ambiente de negocios –y de rentabilidad– que difícilmente puedan encontrar en otras partes del mundo.
En ese complejo proceso, el Gobierno expresa un discurso de aspiración de construcción de una burguesía doméstica y de defensa del empresariado nacional, pero sin ninguna política consistente. Hasta ahora se ha limitado a facilitar el desembarco de empresarios-amigos del poder en algunos segmentos del área de las privatizadas. Pero no ha constituido un proyecto estratégico, como el expresado por Jacques Chirac para mantener bajo la bandera tricolor a Danone. Al respecto, esa multinacional posee en Argentina una parte importante del negocio de La Serenísima. La política allez les bleus queda así expuesta: preservación del mercado doméstico para la empresa de bandera y conquista de plazas rentables del exterior, como la Argentina. Así funciona el capitalismo globalizado, con decisiones nacionales que son asumidas como políticas de Estado, como el financiamiento público para facilitar la expansión privada o el rescate por la asfixia de pasivos.
Aquí, sin embargo, se mantienen las normas dispuestas en los noventa que otorgan al capital extranjero el tratamiento más liberal de la región. Sin barreras de entrada, la principal arma de conquista de las multinacionales es la extraordinaria capacidad que tienen de financiamiento y de excedentes líquidos. El Gobierno no ha querido diseñar un plan para contrarrestar esa desventaja con préstamos que deberían estar acompañados con compromisos de prioridad en el abastecimiento al mercado local y en generación de empleo con un programa de negocios de crecimiento hacia el exterior. Es lo que necesitaba, por caso, SanCor. La cooperativa, dañada por internas políticas y deficiencias en su conducción, encontró el salvataje en el fondo Adecoagro y no en el Estado. Esa carencia de un proyecto estratégico quedó expuesta en la desnacionalización de la cooperativa de Sunchales. Jacques Chirac y los franceses no lo hubieran permitido.
Salutes
Ese lote de 500 tiene un peso destacado en la economía, al representar en 2004 el 34,1 por ciento del valor agregado de los principales sectores productivos del país. Ese núcleo básico de la economía está casi en un 70 por ciento en compañías extranjeras. Además, las empresas de ese origen han incrementado sustancialmente su participación en la utilidad total que genera ese grupo: en 1993, contabilizaban el 64,9 por ciento del total, mientras que en 2004 ascendió al impresionante 91,1 por ciento. O sea, el capital extranjero opera en las actividades más rentables del corazón de la economía. A la vez, desde el comienzo de este proceso, los puestos asalariados en las top 500 han ido descendiendo desde los 610.258 que integraban la plantilla global en 1993 hasta los 536.407 en el 2004, con un mínimo alcanzado el año anterior (503.532). El costo salarial (sueldos más contribuciones) en la composición del valor agregado retrocedió del 46 al 19 por ciento en ese período, como efecto de la megadevaluación, mientras que el resultado operativo (ganancias) trepó del 27 al 41 por ciento.
En definitiva, el capital extranjero domina tres cuartos de las empresas más poderosas del país, representa poco más de un tercio del valor agregado de toda la economía, concentra casi la totalidad de las utilidades de ese núcleo dinámico en un proceso de expulsión de mano de obra y resulta, en concreto, uno de los principales beneficiarios de la política del dólar alto que deprimió el costo laboral. En otras palabras, para esas compañías el paraíso se encuentra en el cono sur de América latina. Más específicamente en un país con Buenos Aires como capital. Sus reiterados reclamos –seguridad jurídica y precios/tarifas– canalizados con discreción por sus países de origen, y antes en forma pública a través del Fondo Monetario Internacional, habría que entenderlos por el miedo a perder un ambiente de negocios –y de rentabilidad– que difícilmente puedan encontrar en otras partes del mundo.
En ese complejo proceso, el Gobierno expresa un discurso de aspiración de construcción de una burguesía doméstica y de defensa del empresariado nacional, pero sin ninguna política consistente. Hasta ahora se ha limitado a facilitar el desembarco de empresarios-amigos del poder en algunos segmentos del área de las privatizadas. Pero no ha constituido un proyecto estratégico, como el expresado por Jacques Chirac para mantener bajo la bandera tricolor a Danone. Al respecto, esa multinacional posee en Argentina una parte importante del negocio de La Serenísima. La política allez les bleus queda así expuesta: preservación del mercado doméstico para la empresa de bandera y conquista de plazas rentables del exterior, como la Argentina. Así funciona el capitalismo globalizado, con decisiones nacionales que son asumidas como políticas de Estado, como el financiamiento público para facilitar la expansión privada o el rescate por la asfixia de pasivos.
Aquí, sin embargo, se mantienen las normas dispuestas en los noventa que otorgan al capital extranjero el tratamiento más liberal de la región. Sin barreras de entrada, la principal arma de conquista de las multinacionales es la extraordinaria capacidad que tienen de financiamiento y de excedentes líquidos. El Gobierno no ha querido diseñar un plan para contrarrestar esa desventaja con préstamos que deberían estar acompañados con compromisos de prioridad en el abastecimiento al mercado local y en generación de empleo con un programa de negocios de crecimiento hacia el exterior. Es lo que necesitaba, por caso, SanCor. La cooperativa, dañada por internas políticas y deficiencias en su conducción, encontró el salvataje en el fondo Adecoagro y no en el Estado. Esa carencia de un proyecto estratégico quedó expuesta en la desnacionalización de la cooperativa de Sunchales. Jacques Chirac y los franceses no lo hubieran permitido.
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lunes, noviembre 13, 2006
Hora de Lecciones
No cabe ninguna duda de que el equivocado es uno. No puede ser que la abrumadora mayoría de la prensa y de los analistas importantes opinen exactamente lo mismo y que uno siga pensando casi exactamente al revés.
Debe ser cierto, nomás, que al cabo de Misiones quedó todo patas para arriba. Debe ser cierto que la renuncia del gobernador de Jujuy a buscar su recontraelección fue un primer hecho que conmocionó al país. Y que la de Felipe Solá directamente terminó de cambiar el tablero político hasta límites que es difícil establecer. Y debe ser mucho más cierto todavía que lo votado en Misiones expresa al conjunto de la sociedad. Y que en consecuencia es todo el pueblo argentino el que volvió a expresar su hartazgo por los modos clientelares de la dirigencia partidaria, a más de la lección que brindó en torno de que la marcha económica ocupa un lugar secundario a la hora de sufragar. También debe ser cierto que el Presidente quedó en silencio pero muy poco menos que desesperado, porque ahora no le queda mucho más que mover la dama a la provincia de Buenos Aires o a la candidatura presidencial, cuando su cálculo y su apuesta eran por el gobernador bonaerense. Tan cierto como que entonces se puede venir la locomotora de la oposición de derecha, con poco más que el único recurso de aprovechar la volada producida por los habitantes de Misiones. Y ni qué hablar de lo cierto que debe ser que además del pueblo misionero triunfó la gran prensa independiente, por advertir sobre las maniobras tiránicas que se desarrollaban en esa provincia. En realidad, fue gracias a eso que ganó la oposición. Gracias a que hasta en el último paraje de la selva misionera comenzaron a comprar La Nación y a leer y mirar a Morales Solá, junto con comprender el sueño de Nueva República que les allegaron con sus visitas e influencias los ingenieros Macri y Blumberg, y la partera Carrió, y tanto opositor esclarecido por obra de ese federalismo impar que portan desde siempre.
Va en serio. No puede ser que todo el mundo piense eso y que uno insista en creer que el nombre del gobernador de Jujuy apenas lo conocen allí y en Salta. No puede ser que uno crea que Solá no iba a encontrar de ninguna manera la vuelta jurídica que le habilitara la tercera elección consecutiva, precisamente porque ésa, por pornográfica, hubiera sido la maniobra política difícil de presentar. Y tal vez lo peor sea que uno quedó igual de ciego que de sordo y jamás registró ni leyó ni escuchó que Kirchner alentaba a Solá, y que el default del gobernador lo ubicaría al Presidente en un escenario inimaginado. Los horrores analíticos de uno son tan graves como para haber razonado que la incertidumbre del jefe de Estado viene de muy antes que lo sucedido en Misiones. Que había y hay hasta motivos de salud y cansancio, en ese orden o en el inverso, como para que no termine de decidirse a afrontar un nuevo mandato. Que ni él ni su mujer tienen el convencimiento de encarar otro período en roles de decisión estructural, sea en la presidencia o en la gobernación cuando, encima, tienen o contemplan la posibilidad de empardar a Gardel y Le Pera como constructores del imaginario popular acerca de cómo se salió de la crisis. Uno deliró y delira, también, con que la derrota oficialista en Misiones no tiene piné para trasladarse cual bola de nieve al resto del país. Y que si bien no es despreciable la injerencia de la campaña periodística de la derecha, el que ganó fue el cura con la suma de los evangélicos. Los delirios de uno eran y en alguna medida son peores: cree que sin los evangélicos el cura hubiera tenido problemas serios para ganar, y que sin el cura no había ni La Nación ni los ingenieros ni la partera ni la madre que lo parió en condiciones de derrotar a Rovira. Porque, así y todo, la sociedad misionera se reveló partida en dos bloques numéricamente cercanos. Fue 56 por ciento a 44 por ciento. No 80 a 20 ni 70 a 30 ni 65 a 35.
Uno fue y es más modesto en la apreciación de la gravedad de los problemas que afronta el oficialismo, y en la prognosis de lo que podría venírsele al cabo de esa Misiones que según ese todo el mundo fue la goleada de Deportivo Vamos Todos contra el Barcelona. Acepta, uno, que éste es un gobierno de cinco o diez tipos, más la dama, y que si todo es tan chiquito sea lógico que cualquier tormenta haga pensar en huracanes. Acepta, uno, que en ese gobierno tan ejecutivamente chiquito y con una personalidad egocéntrica, como la de Kirchner, deba ser real que Misiones pegó algo duro. Se acepta que dejaron un flanco, y que el Presidente cometió una gaffe increíble al involucrase como lo hizo en una elección constituyente que gracias si importaba en el contorno provincial. Y se acepta que la gestión oficial perdió capacidad de iniciativa, y que en los últimos meses es (mucho) más lo que le pegaron que lo que pegó, y que Kirchner es o parece ser alguien al que no le gusta que ni siquiera su círculo íntimo le observe metidas de pata (suena a que se reproduce lo que se llamaba “sirraulismo” en los tiempos de auge e inminente decadencia de Alfonsín).
Veamos, en síntesis, lo que uno pensaba: que no hay punto intermedio entre alguna situación muy grave y que no pase mayormente nada. Entre que este gobierno atado con alambre de soja y oposición invisible pueda quedar como hoja al viento al menor imprevisto, y que la marcha de la economía licue ese riesgo porque la clase media está más o menos conforme y los sectores bajos no tienen alternativa mejor. Por supuesto, eso que pensaba uno no era sinónimo de creer que había llegado una más justa distribución de la riqueza (al contrario), ni que se habían afectado intereses corporativos esenciales, ni nada por el estilo. Era creer, simplemente, que con lo hecho, y con lo que no hay enfrente, bastaba momentáneamente para que los sacudones no fueran impresionantes. Pero eso era lo que uno pensaba. En tanto y en cuanto se pusieron todos de acuerdo en pensar lo mismo, cabe reflexionar como irrefutable que Misiones dio vuelta a la Argentina y que allí, en un infinitesimal por ciento del padrón electoral, cambió todo. Que empezó la cuenta regresiva para el Gobierno aunque la economía diga todo lo contrario (la economía de lo bien que les va a los ricos y de la impotencia o conformidad de los sectores populares).
Siempre se aprende algo.
Salutes
Debe ser cierto, nomás, que al cabo de Misiones quedó todo patas para arriba. Debe ser cierto que la renuncia del gobernador de Jujuy a buscar su recontraelección fue un primer hecho que conmocionó al país. Y que la de Felipe Solá directamente terminó de cambiar el tablero político hasta límites que es difícil establecer. Y debe ser mucho más cierto todavía que lo votado en Misiones expresa al conjunto de la sociedad. Y que en consecuencia es todo el pueblo argentino el que volvió a expresar su hartazgo por los modos clientelares de la dirigencia partidaria, a más de la lección que brindó en torno de que la marcha económica ocupa un lugar secundario a la hora de sufragar. También debe ser cierto que el Presidente quedó en silencio pero muy poco menos que desesperado, porque ahora no le queda mucho más que mover la dama a la provincia de Buenos Aires o a la candidatura presidencial, cuando su cálculo y su apuesta eran por el gobernador bonaerense. Tan cierto como que entonces se puede venir la locomotora de la oposición de derecha, con poco más que el único recurso de aprovechar la volada producida por los habitantes de Misiones. Y ni qué hablar de lo cierto que debe ser que además del pueblo misionero triunfó la gran prensa independiente, por advertir sobre las maniobras tiránicas que se desarrollaban en esa provincia. En realidad, fue gracias a eso que ganó la oposición. Gracias a que hasta en el último paraje de la selva misionera comenzaron a comprar La Nación y a leer y mirar a Morales Solá, junto con comprender el sueño de Nueva República que les allegaron con sus visitas e influencias los ingenieros Macri y Blumberg, y la partera Carrió, y tanto opositor esclarecido por obra de ese federalismo impar que portan desde siempre.
Va en serio. No puede ser que todo el mundo piense eso y que uno insista en creer que el nombre del gobernador de Jujuy apenas lo conocen allí y en Salta. No puede ser que uno crea que Solá no iba a encontrar de ninguna manera la vuelta jurídica que le habilitara la tercera elección consecutiva, precisamente porque ésa, por pornográfica, hubiera sido la maniobra política difícil de presentar. Y tal vez lo peor sea que uno quedó igual de ciego que de sordo y jamás registró ni leyó ni escuchó que Kirchner alentaba a Solá, y que el default del gobernador lo ubicaría al Presidente en un escenario inimaginado. Los horrores analíticos de uno son tan graves como para haber razonado que la incertidumbre del jefe de Estado viene de muy antes que lo sucedido en Misiones. Que había y hay hasta motivos de salud y cansancio, en ese orden o en el inverso, como para que no termine de decidirse a afrontar un nuevo mandato. Que ni él ni su mujer tienen el convencimiento de encarar otro período en roles de decisión estructural, sea en la presidencia o en la gobernación cuando, encima, tienen o contemplan la posibilidad de empardar a Gardel y Le Pera como constructores del imaginario popular acerca de cómo se salió de la crisis. Uno deliró y delira, también, con que la derrota oficialista en Misiones no tiene piné para trasladarse cual bola de nieve al resto del país. Y que si bien no es despreciable la injerencia de la campaña periodística de la derecha, el que ganó fue el cura con la suma de los evangélicos. Los delirios de uno eran y en alguna medida son peores: cree que sin los evangélicos el cura hubiera tenido problemas serios para ganar, y que sin el cura no había ni La Nación ni los ingenieros ni la partera ni la madre que lo parió en condiciones de derrotar a Rovira. Porque, así y todo, la sociedad misionera se reveló partida en dos bloques numéricamente cercanos. Fue 56 por ciento a 44 por ciento. No 80 a 20 ni 70 a 30 ni 65 a 35.
Uno fue y es más modesto en la apreciación de la gravedad de los problemas que afronta el oficialismo, y en la prognosis de lo que podría venírsele al cabo de esa Misiones que según ese todo el mundo fue la goleada de Deportivo Vamos Todos contra el Barcelona. Acepta, uno, que éste es un gobierno de cinco o diez tipos, más la dama, y que si todo es tan chiquito sea lógico que cualquier tormenta haga pensar en huracanes. Acepta, uno, que en ese gobierno tan ejecutivamente chiquito y con una personalidad egocéntrica, como la de Kirchner, deba ser real que Misiones pegó algo duro. Se acepta que dejaron un flanco, y que el Presidente cometió una gaffe increíble al involucrase como lo hizo en una elección constituyente que gracias si importaba en el contorno provincial. Y se acepta que la gestión oficial perdió capacidad de iniciativa, y que en los últimos meses es (mucho) más lo que le pegaron que lo que pegó, y que Kirchner es o parece ser alguien al que no le gusta que ni siquiera su círculo íntimo le observe metidas de pata (suena a que se reproduce lo que se llamaba “sirraulismo” en los tiempos de auge e inminente decadencia de Alfonsín).
Veamos, en síntesis, lo que uno pensaba: que no hay punto intermedio entre alguna situación muy grave y que no pase mayormente nada. Entre que este gobierno atado con alambre de soja y oposición invisible pueda quedar como hoja al viento al menor imprevisto, y que la marcha de la economía licue ese riesgo porque la clase media está más o menos conforme y los sectores bajos no tienen alternativa mejor. Por supuesto, eso que pensaba uno no era sinónimo de creer que había llegado una más justa distribución de la riqueza (al contrario), ni que se habían afectado intereses corporativos esenciales, ni nada por el estilo. Era creer, simplemente, que con lo hecho, y con lo que no hay enfrente, bastaba momentáneamente para que los sacudones no fueran impresionantes. Pero eso era lo que uno pensaba. En tanto y en cuanto se pusieron todos de acuerdo en pensar lo mismo, cabe reflexionar como irrefutable que Misiones dio vuelta a la Argentina y que allí, en un infinitesimal por ciento del padrón electoral, cambió todo. Que empezó la cuenta regresiva para el Gobierno aunque la economía diga todo lo contrario (la economía de lo bien que les va a los ricos y de la impotencia o conformidad de los sectores populares).
Siempre se aprende algo.
Salutes
jueves, noviembre 09, 2006
Bush, Go Home!
Los “halcones-gallina” de Washington no esperaron la dura derrota del Partido Republicano en las elecciones del martes 7 –un verdadero plebiscito sobre la guerra en Medio Oriente– para desmarcarse de la Casa Blanca. Sobrevivieron a la Guerra Fría, consolidaron luego su influencia en círculos conservadores, promovieron la invasión y ocupación de Irak gracias a los tentados terroristas del 9/11, pero hoy critican acerbamente a W. Bush, al vicepresidente Dick Cheney y al jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld. No son pacifistas: preconizan el paso siguiente de su programa, la guerra contra Irán, y quieren que las cosas se hagan mejor.
Richard Perle, ex presidente de la Junta de Políticas de Defensa (JPD) y eminencia gris de este grupo de mentores, proclamaba meses antes de la invasión a Irak que Saddam “es hoy probablemente el individuo más peligroso del mundo... Capaz de todo, capaz de usar armas de destrucción masiva contra EE.UU... la cuestión de Saddam Hussein es exactamente el centro de la guerra contra el terrorismo” (www.pbs.org). Perle insistía entonces en que era imperativo derrocar al autócrata iraquí. Casi 2900 efectivos norteamericanos y decenas de miles de civiles iraquíes muertos después, cambió su cantilena: en la entrevista que concedió a David Rose para Vanity Fair (3-11-06) dice muy suelto de cuerpo que “si hubiera sido adivino y sabido cómo ahora nos va, y alguien hubiese preguntado si había que atacar a Irak, probablemente yo hubiera respondido que no, que mejor examináramos otras estrategias para abordar lo que más nos preocupa, el suministro de armas de destrucción masiva a los terroristas por parte de Saddam (sic)”. Tarde piaste, asegura el dicho popular.
El “halcón-gallina” de prosapia Kenneth Aldelman, que fuera miembro de la JPD hasta el 2005, publicó una columna que contiene esta frase memorable: “Creo que demoler el poder militar de Hussein y liberar a Irak será un paseo” (The Washington Post, 13-2-02). Ahora piensa que no: “Supuse que lo que yo consideraba el equipo más competente en materia de seguridad nacional era verdaderamente competente. Resultó que es uno de los equipos más incompetentes de la posguerra. No sólo cada uno de sus integrantes tiene defectos enormes, también en conjunto fueron absolutamente disfuncionales”. Alderman agrega que será imposible “vender” en adelante “la idea de usar nuestro poder en pro del bien moral en el mundo”. Como si las ventas de “la idea” hubieran sido excelentes.
La “revolución democrática mundial” que W. Bush –dijo– comenzó por Irak no tiene muchos compradores ni aun en Occidente. Así lo demuestra una encuesta conjunta de cuatro periódicos importantes de Gran Bretaña, Israel, Canadá y México (The Guardian, 3-11-06). El 89 por ciento de los mexicanos, el 73 por ciento de los canadienses y el 71 por ciento de los británicos consultados consideran que la invasión es injustificada. Apenas el 28 por ciento de los israelíes y el 11 por ciento de los británicos estiman que EE.UU. contribuyó con ella al progreso de la democracia en los países en desarrollo. Y luego: en cuanto a peligro para la paz mundial, el presidente Bush figura en segundo lugar después de Osama bin Laden en los cuatro países. En Gran Bretaña la diferencia es corta: el 87 por ciento piensa que el jefe de Al Qaida constituye un peligro grande o moderado para la paz mundial y el 75 por ciento opina lo mismo de W. Bush. Los británicos evalúan que el mandatario norteamericano es más peligroso que los presidentes de Corea del Norte (69 por ciento) y de Irán (62 por ciento) y que el líder máximo de Hezbolá (65 por ciento).
David Frum engruesa la lista de los neoconservadores que huyen de la Casa Blanca. Redactaba los discursos del mandatario estadounidense, por ejemplo el famoso en que éste formuló el concepto de “Eje del Mal”. Más de cuatro años después le parece que es posible una derrota norteamericana porque “la insurgencia ha demostrado que puede matar a cualquiera de los que colaboran (con la ocupación) y EE.UU. y sus amigos han fracasado en probar que pueden protegerlos”. Afirma que la situación se debe al “fracaso del centro”, incluido W. Bush. “Como redactor de discursos –dice hoy Frum–, siempre creí que si se podía convencer al presidente de que se comprometiera con ciertas palabras, él se sentiría comprometido con las ideas que esas palabras expresan. Y fue un gran choque para mí comprobar que, aunque el presidente decía las palabras, no absorbía las ideas.” Un modo bastante sutil de calificar a Bush de mentiroso.
La empresa Gannett Co. Inc. edita 91 periódicos y más de mil revistas, posee 21 estaciones de televisión y numerosas radios que cubren en total una audiencia de 20 millones de estadounidenses. Su subsidiaria especializada Military Times Media Group se dirige a efectivos del ejército, la marina, la fuerza aérea y el cuerpo de marines –familias incluidas– con sendas publicaciones diarias afines al partido de la guerra. Cuatro días antes de las elecciones, propinó a Rumsfeld un editorial de final categórico: “Debe irse”. Y Rumsfeld se fue. Los arquitectos del desastre iraquí culpan a todos, menos a quienes lo prepararon: ellos mismos. Dicen que nada tuvieron que ver con lo que siguió al derrocamiento de Saddam. Un cínico, decía Oscar Wilde, es alguien que conoce el precio de todo y el valor de nada.
Salutes
Richard Perle, ex presidente de la Junta de Políticas de Defensa (JPD) y eminencia gris de este grupo de mentores, proclamaba meses antes de la invasión a Irak que Saddam “es hoy probablemente el individuo más peligroso del mundo... Capaz de todo, capaz de usar armas de destrucción masiva contra EE.UU... la cuestión de Saddam Hussein es exactamente el centro de la guerra contra el terrorismo” (www.pbs.org). Perle insistía entonces en que era imperativo derrocar al autócrata iraquí. Casi 2900 efectivos norteamericanos y decenas de miles de civiles iraquíes muertos después, cambió su cantilena: en la entrevista que concedió a David Rose para Vanity Fair (3-11-06) dice muy suelto de cuerpo que “si hubiera sido adivino y sabido cómo ahora nos va, y alguien hubiese preguntado si había que atacar a Irak, probablemente yo hubiera respondido que no, que mejor examináramos otras estrategias para abordar lo que más nos preocupa, el suministro de armas de destrucción masiva a los terroristas por parte de Saddam (sic)”. Tarde piaste, asegura el dicho popular.
El “halcón-gallina” de prosapia Kenneth Aldelman, que fuera miembro de la JPD hasta el 2005, publicó una columna que contiene esta frase memorable: “Creo que demoler el poder militar de Hussein y liberar a Irak será un paseo” (The Washington Post, 13-2-02). Ahora piensa que no: “Supuse que lo que yo consideraba el equipo más competente en materia de seguridad nacional era verdaderamente competente. Resultó que es uno de los equipos más incompetentes de la posguerra. No sólo cada uno de sus integrantes tiene defectos enormes, también en conjunto fueron absolutamente disfuncionales”. Alderman agrega que será imposible “vender” en adelante “la idea de usar nuestro poder en pro del bien moral en el mundo”. Como si las ventas de “la idea” hubieran sido excelentes.
La “revolución democrática mundial” que W. Bush –dijo– comenzó por Irak no tiene muchos compradores ni aun en Occidente. Así lo demuestra una encuesta conjunta de cuatro periódicos importantes de Gran Bretaña, Israel, Canadá y México (The Guardian, 3-11-06). El 89 por ciento de los mexicanos, el 73 por ciento de los canadienses y el 71 por ciento de los británicos consultados consideran que la invasión es injustificada. Apenas el 28 por ciento de los israelíes y el 11 por ciento de los británicos estiman que EE.UU. contribuyó con ella al progreso de la democracia en los países en desarrollo. Y luego: en cuanto a peligro para la paz mundial, el presidente Bush figura en segundo lugar después de Osama bin Laden en los cuatro países. En Gran Bretaña la diferencia es corta: el 87 por ciento piensa que el jefe de Al Qaida constituye un peligro grande o moderado para la paz mundial y el 75 por ciento opina lo mismo de W. Bush. Los británicos evalúan que el mandatario norteamericano es más peligroso que los presidentes de Corea del Norte (69 por ciento) y de Irán (62 por ciento) y que el líder máximo de Hezbolá (65 por ciento).
David Frum engruesa la lista de los neoconservadores que huyen de la Casa Blanca. Redactaba los discursos del mandatario estadounidense, por ejemplo el famoso en que éste formuló el concepto de “Eje del Mal”. Más de cuatro años después le parece que es posible una derrota norteamericana porque “la insurgencia ha demostrado que puede matar a cualquiera de los que colaboran (con la ocupación) y EE.UU. y sus amigos han fracasado en probar que pueden protegerlos”. Afirma que la situación se debe al “fracaso del centro”, incluido W. Bush. “Como redactor de discursos –dice hoy Frum–, siempre creí que si se podía convencer al presidente de que se comprometiera con ciertas palabras, él se sentiría comprometido con las ideas que esas palabras expresan. Y fue un gran choque para mí comprobar que, aunque el presidente decía las palabras, no absorbía las ideas.” Un modo bastante sutil de calificar a Bush de mentiroso.
La empresa Gannett Co. Inc. edita 91 periódicos y más de mil revistas, posee 21 estaciones de televisión y numerosas radios que cubren en total una audiencia de 20 millones de estadounidenses. Su subsidiaria especializada Military Times Media Group se dirige a efectivos del ejército, la marina, la fuerza aérea y el cuerpo de marines –familias incluidas– con sendas publicaciones diarias afines al partido de la guerra. Cuatro días antes de las elecciones, propinó a Rumsfeld un editorial de final categórico: “Debe irse”. Y Rumsfeld se fue. Los arquitectos del desastre iraquí culpan a todos, menos a quienes lo prepararon: ellos mismos. Dicen que nada tuvieron que ver con lo que siguió al derrocamiento de Saddam. Un cínico, decía Oscar Wilde, es alguien que conoce el precio de todo y el valor de nada.
Salutes
lunes, noviembre 06, 2006
Pan y Circo en Irak
El una vez aliado de Estados Unidos ha sido condenado a muerte por crímenes de guerra que cometió cuando era el mejor amigo de Washington en el mundo árabe. Estados Unidos sabía todo acerca de sus atrocidades e incluso proveyó el gas –junto con los británicos, por supuesto–. Sin embargo, allí estaban ayer, calificándolo, en las palabras de la Casa Blanca, de otro “gran día para Irak”. Colgando a este horrible hombre esperan parecer mejores que él, esperan recordarles a los iraquíes que la vida es mejor ahora que cuando gobernaba Saddam. Pero el desastre que le infligió a Irak es tan horrible que ni siquiera puede decir eso. La vida ahora es peor. La muerte visita ahora a más iraquíes que lo que pudo infligir Saddam a sus chiítas y kurdos y –sí, justamente en Faluja– a sus sunnitas también.
Entonces no pueden siquiera reclamar superioridad moral. Porque si la inmoralidad y perversidad de Saddam son el criterio con el que todas las inequidades deben ser juzgadas, ¿qué dice eso sobre EUA? Ellos solamente abusan sexualmente de prisioneros y matan a algunos de ellos, y asesinan a algunos sospechosos y cometen violaciones e invaden ilegalmente un país que costó a Irak apenas 600.000 vidas (“más o menos”, como dijo George Bush hijo cuando afirmó que la cifra era de sólo 30.000). Saddam era mucho peor. EUA no puede ser juzgados. Bush no puede ser ejecutado.
“Allahu Akbar”, exclamó el horrible hombre –“Alá es más grande”–. No hubo sorpresa allí. Fue él quien insistió en que estas palabras debían ser inscriptas en la bandera iraquí, la misma bandera que ahora cuelga en el palacio de gobierno que lo condenó tras un juicio en el que al ex asesino en masa iraquí se le prohibió describir su relación con Donald Rumsfeld, el actual secretario de Defensa de George W. Bush. ¿Se acuerdan de aquel apretón de manos? Tampoco, por supuesto, se le permitió hablar acerca del apoyo que recibió de George Bush padre. No asombra, entonces, que funcionarios iraquíes afirmaran la semana pasada que los estadounidenses los urgieron a sentenciar a Saddam antes de las elecciones de mitad de término en Estados Unidos.
Cualquiera que diga que el veredicto fue diseñado para ayudar a los republicanos, espetó ayer Tony Snow, el vocero de la Casa Blanca, debe estar “fumando algo”. Bueno, Tony, eso depende de qué se esté fumando. Fue Snow, después de todo, quien afirmó ayer que el veredicto de Saddam –no el juicio en sí mismo, por favor ténganlo en cuenta– fue “escrupuloso y justo”. Los jueces publicarán “todo lo que utilizaron para llegar al veredicto”. No hay dudas. Porque aquí hay algunas de las cosas que no se le permitieron comentar a Saddam: la venta de químicos a su régimen de estilo nazi, tan descarado –tan atroz– que ha sido sentenciado a la horca por una masacre de chiítas en una localidad, antes que por el gaseo sistemático de kurdos sobre los que George W. Bush y Tony Blair estaban tan preocupados cuando decidieron deponer a Saddam en 2003 –¿o fue en 2002? ¿O en 2001?–. Sí, puedo ver claramente por qué a Saddam no se le permitió hablar de esto. El ministro del Interior británico John Reid dijo que la ejecución de Saddam “era una decisión soberana de una nación soberana”. Gracias a Dios que no mencionó los componentes de gas mostaza que exportó a Bagdad en 1988 y otra tanda más al año siguiente.
Ahora, en teoría, lo sé, los kurdos tienen la oportunidad de tener su propio juicio a Saddam, de colgarlo por los miles de kurdos que mató con gas en Halabja. Esto lo mantendría con vida seguramente más allá del período de revisión de sentencia de 30 días. ¿Pero se atreverán los norteamericanos y los británicos a la realización de un juicio en el cual tendrian que describir no sólo de qué forma Saddam obtuvo su sucio gas sino también por qué la CIA –inmediatamente después de los crímenes de guerra iraquíes contra Halabja– pidió a diplomáticos estadounidenses en Medio Oriente que afirmaran que el gas utilizado sobre los kurdos fue arrojado por los iraníes en vez de los iraquíes (cuando Saddam todavía era en el momento el aliado favorito en vez del criminal de guerra favorito). Mientras EUA en Occidente estaba callado, Saddam masacraba 180.000 kurdos durante la gran limpieza étnica de 1987 y 1988.
Pero ahora le dará al pueblo iraquí pan y circo, la ejecución de Saddam, retorciéndose lentamente en el viento. Han ganado. Han impartido justicia sobre el hombre cuyo país invadieron y evisceraron y causaron que se dividiera. No, no hay compasión hacia este hombre. “El presidente Saddam Hussein no teme ser ejecutado”, dijo Bouchra Khalil, un abogado libanés de su equipo, hace unos días en Beirut. “No saldrá de prisión para contar sus días y años en el exilio en Qatar o cualquier otro lugar. Saldrá de prisión para volver a la presidencia o para ir a su tumba.” Parece que será la tumba. Lo raro es que Irak ahora está inundado de asesinos en masa, culpables de violaciones, masacres, degollaciones y torturas en los años desde la “liberación” de Irak. Muchos de ellos trabajan para el gobierno iraquí que apoya EUA en la actualidad, electo democráticamente, por supuesto. Y a estos criminales de guerra, en algunos casos, les pagan ellos, a través de los ministerios que se instituyeron bajo este gobierno democrático. Y no serán juzgados. O ahorcados. Hasta ahí llega el cinismo yankee. Y su vergüenza. ¿Han sido la justicia y la hipocresía unidas tan obscenamente alguna vez?
Salutes
Entonces no pueden siquiera reclamar superioridad moral. Porque si la inmoralidad y perversidad de Saddam son el criterio con el que todas las inequidades deben ser juzgadas, ¿qué dice eso sobre EUA? Ellos solamente abusan sexualmente de prisioneros y matan a algunos de ellos, y asesinan a algunos sospechosos y cometen violaciones e invaden ilegalmente un país que costó a Irak apenas 600.000 vidas (“más o menos”, como dijo George Bush hijo cuando afirmó que la cifra era de sólo 30.000). Saddam era mucho peor. EUA no puede ser juzgados. Bush no puede ser ejecutado.
“Allahu Akbar”, exclamó el horrible hombre –“Alá es más grande”–. No hubo sorpresa allí. Fue él quien insistió en que estas palabras debían ser inscriptas en la bandera iraquí, la misma bandera que ahora cuelga en el palacio de gobierno que lo condenó tras un juicio en el que al ex asesino en masa iraquí se le prohibió describir su relación con Donald Rumsfeld, el actual secretario de Defensa de George W. Bush. ¿Se acuerdan de aquel apretón de manos? Tampoco, por supuesto, se le permitió hablar acerca del apoyo que recibió de George Bush padre. No asombra, entonces, que funcionarios iraquíes afirmaran la semana pasada que los estadounidenses los urgieron a sentenciar a Saddam antes de las elecciones de mitad de término en Estados Unidos.
Cualquiera que diga que el veredicto fue diseñado para ayudar a los republicanos, espetó ayer Tony Snow, el vocero de la Casa Blanca, debe estar “fumando algo”. Bueno, Tony, eso depende de qué se esté fumando. Fue Snow, después de todo, quien afirmó ayer que el veredicto de Saddam –no el juicio en sí mismo, por favor ténganlo en cuenta– fue “escrupuloso y justo”. Los jueces publicarán “todo lo que utilizaron para llegar al veredicto”. No hay dudas. Porque aquí hay algunas de las cosas que no se le permitieron comentar a Saddam: la venta de químicos a su régimen de estilo nazi, tan descarado –tan atroz– que ha sido sentenciado a la horca por una masacre de chiítas en una localidad, antes que por el gaseo sistemático de kurdos sobre los que George W. Bush y Tony Blair estaban tan preocupados cuando decidieron deponer a Saddam en 2003 –¿o fue en 2002? ¿O en 2001?–. Sí, puedo ver claramente por qué a Saddam no se le permitió hablar de esto. El ministro del Interior británico John Reid dijo que la ejecución de Saddam “era una decisión soberana de una nación soberana”. Gracias a Dios que no mencionó los componentes de gas mostaza que exportó a Bagdad en 1988 y otra tanda más al año siguiente.
Ahora, en teoría, lo sé, los kurdos tienen la oportunidad de tener su propio juicio a Saddam, de colgarlo por los miles de kurdos que mató con gas en Halabja. Esto lo mantendría con vida seguramente más allá del período de revisión de sentencia de 30 días. ¿Pero se atreverán los norteamericanos y los británicos a la realización de un juicio en el cual tendrian que describir no sólo de qué forma Saddam obtuvo su sucio gas sino también por qué la CIA –inmediatamente después de los crímenes de guerra iraquíes contra Halabja– pidió a diplomáticos estadounidenses en Medio Oriente que afirmaran que el gas utilizado sobre los kurdos fue arrojado por los iraníes en vez de los iraquíes (cuando Saddam todavía era en el momento el aliado favorito en vez del criminal de guerra favorito). Mientras EUA en Occidente estaba callado, Saddam masacraba 180.000 kurdos durante la gran limpieza étnica de 1987 y 1988.
Pero ahora le dará al pueblo iraquí pan y circo, la ejecución de Saddam, retorciéndose lentamente en el viento. Han ganado. Han impartido justicia sobre el hombre cuyo país invadieron y evisceraron y causaron que se dividiera. No, no hay compasión hacia este hombre. “El presidente Saddam Hussein no teme ser ejecutado”, dijo Bouchra Khalil, un abogado libanés de su equipo, hace unos días en Beirut. “No saldrá de prisión para contar sus días y años en el exilio en Qatar o cualquier otro lugar. Saldrá de prisión para volver a la presidencia o para ir a su tumba.” Parece que será la tumba. Lo raro es que Irak ahora está inundado de asesinos en masa, culpables de violaciones, masacres, degollaciones y torturas en los años desde la “liberación” de Irak. Muchos de ellos trabajan para el gobierno iraquí que apoya EUA en la actualidad, electo democráticamente, por supuesto. Y a estos criminales de guerra, en algunos casos, les pagan ellos, a través de los ministerios que se instituyeron bajo este gobierno democrático. Y no serán juzgados. O ahorcados. Hasta ahí llega el cinismo yankee. Y su vergüenza. ¿Han sido la justicia y la hipocresía unidas tan obscenamente alguna vez?
Salutes
Mentiras
Por lo menos en política, no siempre las mentiras tienen patas cortas. ¿Cuántas mentiras lleva acumuladas Bush para justificar la invasión a Irak y, sin embargo conservar, tratándose de un terrorista, niveles de apoyo espeluznantes entre la población norteamericana? ¿Y qué decir de nuestra rata, que después de seis años de mentir con el salariazo y la revolución productiva se llevó más del 50 por ciento de los votos?
Pero a veces sí. A veces, en política, las mentiras tienen patas muy cortas. Y si no, veamos la “foto” noticiosa de la última semana. A las 72 horas –por ser generosos– de la impactante derrota oficialista en Misiones, el tema había desaparecido de toda primera plana. Y la ofensiva de los gordos cegetistas contra Hugo Moyano, al cabo del bochorno de San Vicente, quedó con el traste al norte porque el Gobierno resolvió no soltarle la mano al camionero.
Después de San Vicente, la violencia política estaba retornada con los niveles de la década del setenta, el costo para el Gobierno era impredecible y debía verse cómo se las arreglaría Kirchner para despegarse de unos hampones gremiales a los que supo privilegiar en su estrategia de alianzas o acuerdos coyunturales. Y el postre era que esos incidentes habían recorrido el mundo, poniendo en serias dudas la imagen del oficialismo, la confianza en el país, las inversiones extranjeras. Y luego de Misiones, y tal como venía sugiriéndolo la energía puesta allí por los unos y los otros, Argentina había entrado en un antes y un después, la oposición encontraba por fin de qué agarrarse, el golpe era letal para las aspiraciones “cesaristas” del Presidente y la salud de la República estaba recompuesta porque se descubrió que la gente no sólo o no siempre vota con la panza.
Al cabo de esos “después” resultó que volvió a aparecer con cartel francés Luis Barrionuevo (!!!), encabezando la necesidad de renovación en la CGT, y atrás de él las fotos o los nombres de lo peor de la burocracia sindical. Que la impresentabilidad de Moyano fue ocupada por esa conveniencia gubernamental de que el hombre siga al frente, porque después de todo mantuvo quietas a las bases orgánicas en las discusiones salariales. Que de Misiones quedó la caída del intento reeleccionista del gobernador de Jujuy (y la decisión oficial –dicen– de no alentar el de Felipe Solá, como si alguna vez lo hubieran alentado). Y que, por el mismo precio, las “conmociones” de esos hechos fueron suplidas por el generalizado optimismo del empresariado agrupado en IDEA, más el nuevo record de las cifras de consumo y de recaudación impositiva, más los pronósticos generalizados de otro fuerte crecimiento de la economía para el 2007.
No se trata de que este apunte macro pretende invalidar por completo algunos devenires surgidos desde el nuevo domicilio del cadáver de Perón, ni algunas enseñanzas del resultado misionero. Es un dato interesante que tras la violencia en la quinta el oficialismo haya resuelto no mover prácticamente ninguna pieza, excepto por las versiones oficiosas de que por fin le sería concedida la personería gremial a la CTA (¿resultado de San Vicente u oportunismo ante el inminente congreso de las huestes de De Gennaro?). El Gobierno optó por mantener el statu quo de sus arreglos con el comando de la CGT. O, para decirlo con alguna grandilocuencia algo simplista pero muy difícil de rebatir, Kirchner prefiere seguir acompañado por una estructura sindical filomafiosa que le garantice cierta o mucha contención de la conflictividad gremial. Y eso va en lugar de acomodarse en un nuevo tejido de apoyos, de gente más decente y progresista pero eventualmente incapacitada para asegurar tranquilidad social. Más allá de apreciaciones principistas, que no dejan lugar para otra cosa que la condena de la táctica oficial tanto como el mantenimiento de los acuerdos con las patotas duhaldistas, es una apuesta arriesgada. Porque cuando la economía registre viento en contra, aunque eso parezca hoy casi ciencia ficción, podría ocurrir lo de sin pan y sin torta: ni Moyano ni el resto de los gordos estarían en condiciones de licuar un clima denso, ni los ignorados de ahora sumarían su concurso siendo que se los dejó de lado en los tiempos de las mieles. Lo cierto es que, al margen del discurso nac&pop, para afirmar la estabilidad el kirchnerismo continúa eligiendo los acuerdos corporativos y no una democracia más participativa (siquiera eso, si es que “movilización popular” suena un tanto “extremista”).
En cuanto a Misiones, claro que también dejó consideraciones atractivas. Ganó un cura progre, así, a secas, con el aporte de las iglesias evangélicas (dato muy poco estimado en la mayoría de los análisis). El rejuntado opositor que se subió a ese caballo no aportó más que ruido mediático, salvo que algún orate crea que quienes volcaron la balanza fueron Macri, Carrió o Blumberg. Paradójicamente, el obispo triunfante respalda la gestión presidencial y sobre todo su política de derechos humanos. Y el gobernador pagó caro su notable estirpe de pato criollo, asqueando o promoviendo el rechazo, inclusive, de los sectores más humildes, “beneficiados” por su asistencialismo. Pero es igualmente verosímil, o directamente veraz, que habría ganado si en vez de una Constituyente se hubiera plebiscitado su gestión, como para sumar paradojas. En concreto, un castigo relevante del pueblo de Misiones, sí, pero con una calidad de matices obviados, en forma grosera, por los urgidos de que pase algo que los mantenga con vida o discurso políticos.
¿Es sensato sacar de ese conjunto de consideraciones, o de otras, la conclusión de que en las últimas dos o tres semanas cambió el panorama institucional del país, cual llegada del Mesías desmembrador del oficialismo? ¿Tiene un dedo de frente creer que esos episodios le pueden hacer mella a la sensación térmica de que se está mejor, o igual o peor pero sin oposición a la vista?
Quien quiera responder a esa clase de preguntas con dignidad intelectual tiene al alcance la foto de Barrionuevo resucitado, de Moyano aguantado por el Gobierno, de la esfumación de lo que ocurrió en Misiones y de la alegría en el coloquio de IDEA.
Salutes
Pero a veces sí. A veces, en política, las mentiras tienen patas muy cortas. Y si no, veamos la “foto” noticiosa de la última semana. A las 72 horas –por ser generosos– de la impactante derrota oficialista en Misiones, el tema había desaparecido de toda primera plana. Y la ofensiva de los gordos cegetistas contra Hugo Moyano, al cabo del bochorno de San Vicente, quedó con el traste al norte porque el Gobierno resolvió no soltarle la mano al camionero.
Después de San Vicente, la violencia política estaba retornada con los niveles de la década del setenta, el costo para el Gobierno era impredecible y debía verse cómo se las arreglaría Kirchner para despegarse de unos hampones gremiales a los que supo privilegiar en su estrategia de alianzas o acuerdos coyunturales. Y el postre era que esos incidentes habían recorrido el mundo, poniendo en serias dudas la imagen del oficialismo, la confianza en el país, las inversiones extranjeras. Y luego de Misiones, y tal como venía sugiriéndolo la energía puesta allí por los unos y los otros, Argentina había entrado en un antes y un después, la oposición encontraba por fin de qué agarrarse, el golpe era letal para las aspiraciones “cesaristas” del Presidente y la salud de la República estaba recompuesta porque se descubrió que la gente no sólo o no siempre vota con la panza.
Al cabo de esos “después” resultó que volvió a aparecer con cartel francés Luis Barrionuevo (!!!), encabezando la necesidad de renovación en la CGT, y atrás de él las fotos o los nombres de lo peor de la burocracia sindical. Que la impresentabilidad de Moyano fue ocupada por esa conveniencia gubernamental de que el hombre siga al frente, porque después de todo mantuvo quietas a las bases orgánicas en las discusiones salariales. Que de Misiones quedó la caída del intento reeleccionista del gobernador de Jujuy (y la decisión oficial –dicen– de no alentar el de Felipe Solá, como si alguna vez lo hubieran alentado). Y que, por el mismo precio, las “conmociones” de esos hechos fueron suplidas por el generalizado optimismo del empresariado agrupado en IDEA, más el nuevo record de las cifras de consumo y de recaudación impositiva, más los pronósticos generalizados de otro fuerte crecimiento de la economía para el 2007.
No se trata de que este apunte macro pretende invalidar por completo algunos devenires surgidos desde el nuevo domicilio del cadáver de Perón, ni algunas enseñanzas del resultado misionero. Es un dato interesante que tras la violencia en la quinta el oficialismo haya resuelto no mover prácticamente ninguna pieza, excepto por las versiones oficiosas de que por fin le sería concedida la personería gremial a la CTA (¿resultado de San Vicente u oportunismo ante el inminente congreso de las huestes de De Gennaro?). El Gobierno optó por mantener el statu quo de sus arreglos con el comando de la CGT. O, para decirlo con alguna grandilocuencia algo simplista pero muy difícil de rebatir, Kirchner prefiere seguir acompañado por una estructura sindical filomafiosa que le garantice cierta o mucha contención de la conflictividad gremial. Y eso va en lugar de acomodarse en un nuevo tejido de apoyos, de gente más decente y progresista pero eventualmente incapacitada para asegurar tranquilidad social. Más allá de apreciaciones principistas, que no dejan lugar para otra cosa que la condena de la táctica oficial tanto como el mantenimiento de los acuerdos con las patotas duhaldistas, es una apuesta arriesgada. Porque cuando la economía registre viento en contra, aunque eso parezca hoy casi ciencia ficción, podría ocurrir lo de sin pan y sin torta: ni Moyano ni el resto de los gordos estarían en condiciones de licuar un clima denso, ni los ignorados de ahora sumarían su concurso siendo que se los dejó de lado en los tiempos de las mieles. Lo cierto es que, al margen del discurso nac&pop, para afirmar la estabilidad el kirchnerismo continúa eligiendo los acuerdos corporativos y no una democracia más participativa (siquiera eso, si es que “movilización popular” suena un tanto “extremista”).
En cuanto a Misiones, claro que también dejó consideraciones atractivas. Ganó un cura progre, así, a secas, con el aporte de las iglesias evangélicas (dato muy poco estimado en la mayoría de los análisis). El rejuntado opositor que se subió a ese caballo no aportó más que ruido mediático, salvo que algún orate crea que quienes volcaron la balanza fueron Macri, Carrió o Blumberg. Paradójicamente, el obispo triunfante respalda la gestión presidencial y sobre todo su política de derechos humanos. Y el gobernador pagó caro su notable estirpe de pato criollo, asqueando o promoviendo el rechazo, inclusive, de los sectores más humildes, “beneficiados” por su asistencialismo. Pero es igualmente verosímil, o directamente veraz, que habría ganado si en vez de una Constituyente se hubiera plebiscitado su gestión, como para sumar paradojas. En concreto, un castigo relevante del pueblo de Misiones, sí, pero con una calidad de matices obviados, en forma grosera, por los urgidos de que pase algo que los mantenga con vida o discurso políticos.
¿Es sensato sacar de ese conjunto de consideraciones, o de otras, la conclusión de que en las últimas dos o tres semanas cambió el panorama institucional del país, cual llegada del Mesías desmembrador del oficialismo? ¿Tiene un dedo de frente creer que esos episodios le pueden hacer mella a la sensación térmica de que se está mejor, o igual o peor pero sin oposición a la vista?
Quien quiera responder a esa clase de preguntas con dignidad intelectual tiene al alcance la foto de Barrionuevo resucitado, de Moyano aguantado por el Gobierno, de la esfumación de lo que ocurrió en Misiones y de la alegría en el coloquio de IDEA.
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