sábado, noviembre 15, 2008

14 años por Sandra Russo

Catorce años tienen las AFJP, escucho, y pienso en los chicos de catorce años. Hace catorce años la oposición a Menem no logró perforar el relato blindado que bajaba desde el poder político, pero era legitimado por el poder económico y multiplicado por el poder mediático. El Estado elefante había dejado en el imaginario colectivo a la empleada pública de Gasalla, que atendía al público limándose las uñas y gritaba “¡Atrááás, atrááás!”. La palabra eficiencia vino a arrasar con esa empleada: fue reemplazada por promotoras de buenas piernas y sonrisa muy amable que regalaban pins y calcomanías de las AFJP.

Hace catorce años, sin embargo, era bastante claro lo que estaba pasando. Y aun con un Estado corrupto como el del menemato, sólo fue posible rediseñar los sectores público y privado de una manera tan grotesca gracias a una obnubilación colectiva que hizo creer a muchos hombres y mujeres que cuando fueran viejos serían esos ancianos atléticos y vigorosos que hacían trekking en las publicidades de las AFJP.

Cuando teníamos una secretaria de Medio Ambiente que salía envuelta en pieles en fotografías de estudio, cuando íbamos a traspasar en dos horas la estratosfera, cuando se desviaba la investigación del atentado a la AMIA, cuando teníamos esa Corte Suprema, cuando los grandes medios tomaban como algo pintoresco que el presidente jugara al tenis y sus competidores se dejaran ganar.

Hace catorce años, cuando nacían los chicos que hoy para muchos, incluso y especialmente para el gobernador Scioli, deberían ser imputables, nosotros éramos como sociedad todo eso: un amasijo de jodidos y confundidos y sobornados por la fiebre del electrodoméstico y el viaje a Miami. Y esa generación que se acopló a la vida en esos años, en su amplia mayoría, estaría destinada al paco, al cartón, al plan, al tetra, al limpiaparabrisas, al arrebato o al crimen. Fue un acto de cobardía no ver entero el modelo que se estaba sembrando: de él iban a brotar, por la lógica de su propia genética, sectores con muchos bienes acumulados y sectores sin nada que perder. Una sociedad mínimamente civilizada debería preocuparse siempre de que absolutamente todos sus miembros tengan algo que perder.

Comida, trabajo, salud, educación. Son los cuatro jinetes de algo así como la seguridad. Si los esfuerzos colectivos a través del Estado se aunaran para que la comida, el trabajo, la salud y la educación llegaran a todos los rincones del país en dosis aceptables, es muy probable que el efecto colateral de esa política sería algo así como la seguridad. Digo “algo así” porque el delito no es extirpable de ningún modelo, pero es bastante claro que si las necesidades básicas de todos los habitantes de este país fueran cubiertas, habría muchos menos pibes rifando sus vidas o cegando otras.

Pienso en los chicos pobres de catorce años, en el relato social que meció su infancia, en historias de vida que cualquiera conoce y que enloquecerían a cualquier vecino de Palermo Freud. Pienso en las pérdidas que todo chico pobre de catorce años tiene que elaborar. Pérdidas que ni siquiera pueden pensarse como tales, con el dolor que implica perder. Los pibes pobres de catorce años perdieron antes de nacer casi todos los derechos que los haría sujetos sociales responsables: el derecho a la vivienda, al alimento, a la escuela. Nada de eso los esperaba como esperaba el amoroso cuarto preparado la llegada del bebé de clase media.

La idea misma de bebé ha sido susceptible de divisiones clasistas, en esta sociedad hipócrita e hiperclasista: el bebé de la lavandina, ese que tiene una mamá que usa productos especiales para desinfectar los juguetes y que siempre tiene en la heladera postrecitos con calcio y hierro, y el bebé que carga la señora en el semáforo, el bebé del soborno emocional, el bebé prestado, el que pretende conmover y provoca rechazo. Ese bebé es sólo visto como un fruto de la promiscuidad de los pobres o como una herramienta para la limosna. Uno es el bebé que quizá ya tenga o vaya a tener un hermanito, y el otro es el bebé que la mirada social juzga “de más”, como si algunas mujeres parieran hijos y otras parieran apenas más bocas que alimentar. Uno es el bebé producto del amor de sus padres, y el otro es el producto de un apareamiento.

Los pibes pobres de catorce años han sido bebés del segundo tipo. No es después de un asalto o de un crimen que esta sociedad debería pensar en ellos. Es antes. Pensar en ellos como acreedores nerviosos. Pensar en ellos como los otros que podrían ser hoy si la vida los hubiese recibido con el saludo mullido de las oportunidades.Reflexionar sobre la adolescencia pobre sólo después de un asalto o un crimen es un latigazo más sobre sus lomos.

Lo peor es que ellos no esperan otra cosa



Salutes

lunes, noviembre 10, 2008

Obama III - Por Sandra Russo

Hay un vallenato del colombiano Andrés Landera que se llama Cuando lo negro sea bello. Así se llama también un programa de radio en la 93.50. En él participo leyendo columnas que escribí en el 2001. En ese programa pasan una deliciosa música tropical; deliciosa y compleja. Es la cumbia original, antes de que pasara por las discográficas que le dejaron sólo su esqueleto rítmico.

El título de Landera es hermoso y pertinente. ¿Qué pasará cuando lo negro sea bello? ¿El mundo quedará patas arriba? ¿Qué haremos, cuando lo negro sea bello, con la enorme cantidad de connotaciones peyorativas, despreciativas y discriminatorias que nos proporciona el habla cotidiana para referirnos a lo negro?

En Estados Unidos deberían comenzar a considerarlo. En la lengua, inglesa o española, los negros son quienes tienen la piel del mismo color que todo lo que nos espanta. Cualquier inocente día de semana se asienta en la catástrofe o la tragedia cuando al martes o al viernes se le agrega el adjetivo “negro”. Las Bolsas de todo el mundo manejan perfectamente el código.

En el uso autóctono, la expresión “un negro” no necesita ser completada con ningún adjetivo, pese a que frecuentemente la gente que usa esos términos la completa con ganas. Pero además define al emisor. Hay un tajo profundo entre quienes se refieren a los pobres como “los negros” y quienes jamás lo harían. Pueden cortarse romances, amistades recientes y buenas vecindades entre alguien que se queja de “los negros” y alguien que escucha esa expresión y se resiente tanto que se vuelve marxista y peronista al mismo tiempo aunque sea por quince minutos.

Lo negro, como la izquierda, ha sido desplazado en la lengua hacia zonas oscuras y miserables. Mientras lo blanco connota pureza, lo negro trae la idea de suciedad. Mientras blanco es el vestido de las novias y negro es el vestido de las viudas, actuar por izquierda es hacer trampa, corromperse o implicarse en cualquier delito. Ir por derecha, en cambio, es ser frontal, tener coraje, tener paciencia, tener moral.

En el mundo en el que vivimos, lo negro ha sido marginado y sacrificado, porque lo negro es ajeno. La historia occidental está escrita por una mano blanca. Es comprensible el estallido de alegría que vivieron las minorías en Estados Unidos, ahora que un afroamericano es tan americano como un descendiente de ingleses. Pero las expectativas políticas deberían ajustarse a lo que cree Obama, a lo que plantea Obama, y no a su negritud. Colin Powell y Condoleeza Rice son dos ejemplos de negros que fueron aceptados en el poder cuando demostraron que podían olvidarse de quiénes eran.

Sin embargo, el hecho simbólico de un negro allá arriba de todo es una buena ocasión para revisar las costuras de nuestro lenguaje, que fueron hechas cuando lo negro estaba lejos de ser bello, lejos de acceder a decisiones importantes y todavía más lejos de poder dar su propia versión de las cosas.

domingo, noviembre 09, 2008

Obama II - Por Borón

En vísperas de las elecciones estadounidenses, Noam Chomsky dijo que Barack Obama “era un blanco que había tomado demasiado sol”. Ese comentario fue repudiado por la intelectualidad “progre y bienpensante” del mundo entero pero, en vista de la formación ideológica y los intereses defendidos por las personas recientemente consultadas para elaborar una estrategia de salida de la crisis, la advertencia del gran lingüista del MIT parece plenamente justificada. En efecto: solicitar la opinión de Paul Volcker, ex chairman de la Reserva Federal en los años de Reagan; de Warren Buffett, un megaespeculador del casino financiero mundial; o de Lawrence Summers, ex funcionario del Banco Mundial y secretario del Tesoro de Clinton, al igual que Robert Rubin; a Jamie Dimon, actual presidente del Banco de Inversión J. P. Morgan, y Timothy Geithner, ex gerente del FMI y actual presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, no parece ser el camino más apropiado para quien hizo su campaña predicando incansablemente que representaba el cambio y que iba a garantizar el cambio que la sociedad norteamericana reclamaba con creciente insistencia. Todos estos personajes integran el núcleo fundamental del capital financiero y son responsables directos del estallido de la crisis que hoy agobia a la economía mundial y que –no es un dato menor– ha servido para concentrar aún más el poder que detentaban los más agresivos conglomerados del capital especulativo a escala mundial.

Obama recibió un mandato que le exige escuchar otras voces y guiarse por otros intereses, y está desoyendo ese mensaje. En lugar de reunirse con los agentes de Wall Street tendría que haber convocado a los principales líderes de los movimientos sociales que lo catapultaron a la Casa Blanca; a los organizadores sindicales, perseguidos sin pausa desde hace años, incluso en los años de Clinton; a los economistas heterodoxos, como Paul Krugman, John K. Galbraith hijo o Robert Solow, sin ir más lejos, que ya expresan su preocupación ante el retorno de los talibanes de mercado que originaron la actual tragedia. Su búsqueda de un “acuerdo bipartidario” para enfrentar la crisis y su opción por dialogar con los autores del desastre equivale a pedirle al zorro que cuide el gallinero. Obama tiene poco tiempo, muy poco, para definir lo que será su gobierno. Lo peor que podría ocurrir es que “el negro” de la Casa Blanca –tan celebrado por un periodismo poco cuidadoso como el iniciador de una nueva época histórica– termine siendo lo que en los Estados Unidos despectivamente se conoce como un “Tío Tom”: un negro desclasado que traiciona a los suyos y que se pone al servicio de sus amos. Todavía es prematuro llegar a esta conclusión, pero conviene repensar lo que dijo Chomsky y tratar de evitar tan lamentable frustración.

Obama I - Por Galeano

¿Obama probará, desde el gobierno, que sus amenazas guerreras contra Irán y Pakistán fueron no más que palabras, proclamadas para seducir oídos difíciles durante la campaña electoral?

Ojalá. Y ojalá no caiga ni por un momento en la tentación de repetir las hazañas de George W. Bush. Al fin y al cabo, Obama tuvo la dignidad de votar contra la guerra de Irak, mientras el Partido Demócrata y el Partido Republicano ovacionaban el anuncio de esa carnicería.

Durante su campaña, la palabra leadership fue la más repetida en los discursos de Obama. Durante su gobierno, ¿continuará creyendo que su país ha sido elegido para salvar el mundo, tóxica idea que comparte con casi todos sus colegas? ¿Seguirá insistiendo en el liderazgo mundial de los Estados Unidos y su mesiánica misión de mando?

Ojalá esta crisis actual, que está sacudiendo los cimientos
imperiales, sirva al menos para dar un baño de realismo y de
humildad a este gobierno que comienza.

¿Obama aceptará que el racismo sea normal cuando se ejerce contra los países que su país invade? ¿No es racismo contar uno por uno los muertos invasores en Irak y olímpicamente ignorar los muchísimos muertos en la población invadida? ¿No es racista este mundo donde hay ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, y muertos de primera, segunda y tercera?

La victoria de Obama fue universalmente celebrada como una batalla ganada contra el racismo. Ojalá él asuma, desde sus actos de gobierno, esa hermosa responsabilidad.

¿El gobierno de Obama confirmará, una vez más, que el Partido Demócrata y el Partido Republicano son dos nombres de un mismo partido?

Ojalá la voluntad de cambio, que estas elecciones han consagrado, sea más que una promesa y más que una esperanza. Ojalá el nuevo gobierno tenga el coraje de romper con esa tradición del partido único, disfrazado de dos que a la hora de la verdad hacen más o menos lo mismo aunque simulen que se pelean.

¿Obama cumplirá su promesa de cerrar la siniestra cárcel de
Guantánamo?

Ojalá, y ojalá acabe con el siniestro bloqueo de Cuba.

¿Obama seguirá creyendo que está muy bien que un muro evite que los mexicanos atraviesen la frontera, mientras el dinero pasa sin que nadie le pida pasaporte?

Durante la campaña electoral, Obama nunca enfrentó con franqueza el tema de la inmigración. Ojalá a partir de ahora, cuando ya no corre el peligro de espantar votos, pueda y quiera acabar con ese muro, mucho más largo y bochornoso que el Muro de Berlín, y con todos los muros que violan el derecho a la libre circulación de las personas.

¿Obama, que con tanto entusiasmo apoyó el reciente regalito de setecientos cincuenta mil millones de dólares a los banqueros,
gobernará, como es costumbre, para socializar las pérdidas y para privatizar las ganancias?

Me temo que sí, pero ojalá que no.

¿Obama firmará y cumplirá el compromiso de Kyoto, o seguirá
otorgando el privilegio de la impunidad a la nación más envenenadora del planeta? ¿Gobernará para los autos o para la gente? ¿Podrá cambiar el rumbo asesino de un modo de vida de pocos que se rifan el destino de todos?

Me temo que no, pero ojalá que sí.

¿Obama, primer presidente negro de la historia de los Estados
Unidos, llevará a la práctica el sueño de Martin Luther King o la
pesadilla de Condoleezza Rice?

Esta Casa Blanca, que ahora es su casa, fue construida por esclavos negros. Ojalá no lo olvide, nunca.

lunes, octubre 13, 2008

El Lenguaje de la crisis

Salvo Bush (y hasta por ahí nomás, porque en general se lo cita a través de sus patéticos discursos con pretensiones tranquilizadoras), el resto es una serie de figuras abstractas. “Tsunami financiero”, “crash”, “crack”, “tembladeral”, “terremoto”, “colapso” y decenas de sinonimias que en todos los casos expresan situaciones sin definir responsables. Es justamente el sentido más amplio de la palabra “abstracción”: separar un concepto del resto de los contenidos que le dan contexto. Y mucho peor, si se quiere, es lo que ocurre cuando uno pretende internarse, aunque sea, en las culpabilidades y consecuencias técnicas –digamos– de lo que sucede. Porque allí se encontrará con las hipotecas “subprime”, los “hedge funds”, el “desapalancamiento” de los bonos, los activos “tóxicos” y restantes delicias cuya semántica tampoco incluye ni carne ni hueso. Como muchísimo, hay la mención de algunos directivos de los bancos y fondos de inversión quebrados o asistidos, a los que se menciona con algún ligero cuestionamiento por llevarse centenares de millones de dólares en carácter indemnizatorio. Todo lo demás lo trajo la cigüeña de París. En la gráfica se pueden rescatar algunas cosas y en la red una infinidad, como para que los espíritus inquietos se consuelen en forma individual. Pero en la televisión y la radio, que son las que fijan el imaginario e impacto masivos, no sólo rige la reproducción de ese lenguaje indeterminado sino que lo multiplican a través del desfile, pornográfico, de los gurús del establishment.Pornográfico, sí, porque no puede calificarse de otra manera la explicitud de mostrar como sapientes a quienes hasta ayer pregonaron la salud de la economía internacional, la conveniencia de la mano invisible de los mercados, las ventajas de la ausencia absoluta de controles estatales.

Es impresionante la impunidad de esa gente, pero el propio término denota que es mucho más terrible el descaro de quienes les dan cámara y micrófono para, ni siquiera, animárseles a algún tibio retruco. Porque la impunidad es un desvalor que alguien concede. Y para el caso, lo otorga el Poder del que los grandes medios de comunicación forman parte inescindible. Como insistió en advertirlo Nicolás Casullo, muerto esta semana para desgracia del pensamiento crítico superior, los medios son el gran partido que la derecha no logra conformar institucionalmente. No hay ingenuos en esta historia de darle lugar opinativo a quienes operaron de modo sistemático a favor de la especulación financiera. No hay ignorantes o, mejor, no hay ignorancia. El sistema contrata para que los animadores mediáticos reproduzcan el discurso que es abstracto en sus significantes, pero nunca en su significado. Los que pronosticaron el dólar a 10 pesos en la crisis de 2001/2002, los que vivieron de echarle la culpa de todos los males al gasto público, los que insisten en que para salvarse hay que enfriar la economía como eufemismo de recorte de salarios, los loritos a sueldo de los ricos para darles conferencias y decirles lo que quieren escuchar, los que les recomiendan fugar la plata a paraísos fiscales, los que se espantan por la inseguridad jurídica de la Argentina arrodillados de amor frente al libertinaje yanqui, los que se quejan de haber echado mano a las reservas para pagarle al Club de París mientras la Casa Blanca otea estatizar la banca; todos esos siguen volcando pronósticos como si nada, como si la mochila de sus antecedentes no les hubiera partido la espalda al medio, como si les quedase algún espacio de autoridad moral e intelectual. Pero los chanchos les dan de comer y es correcto, excepto si se supone que el andamiaje de los medios es capaz de escupir para arriba.

Es la victoria del lenguaje de los símbolos que, en vez de decir las cosas así, andemos por la vida llamándole “activos tóxicos” a los papeles pintados del Imperio, “ley del mercado” a la explotación, “subprime” a los negociados inmobiliarios y “público” a los pobres negros que sufren un carnaval de blancos. Y encima, hasta podemos ser capaces de creernos que si los Estados Unidos intervienen en la banca es porque giraron a la izquierda.

domingo, octubre 12, 2008

Cuando el crimen no paga

“Más grave que asaltar un banco es fundarlo.”
Bertolt Brecht, en La ópera de los tres centavos.

“Yo creo que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que los ejércitos permanentes.”
Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos.

“Al capital le horroriza la ausencia de beneficio. Cuando siente un beneficio razonable, se enorgullece. Al 20% se entusiasma. Al 50% es temerario. Al 100% arrasa todas las leyes humanas y al 300% no se detiene ante ningún crimen.”
Karl Marx.

“Yo tengo dos enemigos: el ejército sureño en el frente y los banqueros en la retaguardia. De los dos, el de la retaguardia es mi gran enemigo. (…) Las corporaciones han sido entronizadas, sobrevendrá una era de corrupción a altos niveles. El poder del dinero en el país se esforzará por prolongar su reinado trabajando en perjuicio del pueblo hasta que la riqueza sea concentrada en las manos de unos pocos y la república será destruida.”
Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos.

“Amigos, vayamos al grano. El mayor robo en la historia de este país se está llevando a cabo mientras usted lee esto.”
Michael Moore.


No es casual que los primeros banqueros de la historia, en el siglo XVII antes de Cristo, hayan sido los sacerdotes: el dinero es una cuestión de fe. La aparición de la moneda metálica trajo también a los cambistas, y fueron los griegos quienes comenzaron a hacer préstamos con cobro de intereses. Los romanos lo llamaron “mutuum”, nombre que saltó las barreras del tiempo y hoy se mantiene: mutuo. El interés romano promedio era 6% al año, 12 para los “préstamos marítimos” y 3% para las iglesias. El primer banco, en 1407, tiene en su insignia a un santo en batalla contra un dragón: el Ufficio di San Giorgio in Genoa.

Ahora Inglaterra nacionalizó la banca y Estados Unidos aplicará parcialmente una respuesta similar. ¿Déjà vu socialista? ¿Marxismo súbito? Exactamente al revés: apoyar a Wall Street es –como sintetizó Michael Moore en su página web– darle las llaves del gallinero al lobo. Lo curioso del asunto es que Bush se atragantó con 700.000 millones y “el mercado” pide más. Las bolsas siguen en caída libre. La codicia que alimentó las hipotecas subprime e infló la burbuja se mantiene ahora, cuando reparten los botes salvavidas: queremos un bote por banquero. Sólo un bote, no. Lo queremos con radio y minibar.

Aquí un día los bancos robaron a las abuelitas y luego Escasany y tantos otros se golpearon el pecho y finalmente recibieron dinero del Estado para compensar a las abuelitas con su propia plata. Esto es: les robaron sus ahorros para devolverles sus impuestos. Los bancos son como los tinteros involcables; a ese punto representan una metáfora del sistema. No pueden caerse. Pueden desmoronarse las fábricas textiles, las automotrices, las empresas constructoras o de servicios, los comedores, la Pirámide de Keops, pero no los bancos. Si caen los bancos se derrumba la fe.

A comienzos de los ochenta la Madre Patria (Estados Unidos, claro) comenzó su etapa Gordon Gekko, aquel personaje de Wall Street interpretado por Michael Douglas: el país comenzó a vivir a crédito para sostener una situación económica artificial; las empresas se endeudaron por encima de sus posibilidades, el Estado hizo lo mismo y gastó en nuevas guerras y los ciudadanos siguieron la misma conducta. Entre 2002 y 2005 los republicanos tuvieron como objetivo combatir la recesión y lo hicieron estimulando el crédito: la Reserva Federal mantuvo la “tasa de interés de referencia” debajo del 2% y los bancos saltaron a conseguir el mayor número de clientes posibles. Lo importante era entregar un crédito, ya verían cómo cobrarlo. Estas hipotecas de segunda categoría fueron bautizadas subprime. Los bancos minoristas vendieron sus carteras de hipotecas a los bancos de inversión (las “securitizaron” o “estructuraron”) que las transformaron en bonos; algunos con bajo interés (los paquetes de hipotecas “confiables” y otros con alta tasa (las hipotecas de desocupados, etc.). Como sucede en las mejores verdulerías del ramo, los paquetes no era homogéneos: a veces las subprime estaban mezcladas con sub-subprime, pero aplicando una vieja regla de Wall Street, “en el montón colaban” y las calificadoras (Standard & Poor’s, Moody’s, Fitch) entregaban las cucardas de AAA a esos bonos. Cuando algo es AAA, como las pilas, nadie pregunta nada. El negocio ya era increíblemente redituable: uno tenía un buen racimo de pobres endeudados de Nueva Orleans comprando su pequeña casita que nunca podrían pagar pero todos con el sello AAA en la frente, y los bancos de inversión (Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Lehman Brothers o Bear Sterns) ganaban, por ejemplo en 2006, 130.000 millones de dólares en el negocio de los bonos. En el caso de las inversiones que no resultaban tan redituables se las “apalancaba” (leverage). Atención, niños: uno tiene un business que le dejará 3%, si invierte 100 pesos ganará 3 en un año. Pero uno, queridos niños, puede “apalancarse” (cualquier cosa con tal de no laburar) o sea pedir 900 pesos prestados. Entonces invierte 1.000 y, al final del año, gana 30 pesos (el 3% de 1.000). Después devuelve los 900 que pidió prestados y en un año uno termina ganando 30 cuando arrancó con 100, o sea ha ganado el 30%. Encantador, aunque riesgoso, porque el apalancamiento multiplica las ganancias pero también las pérdidas: Bear Sterns, antes de quebrar en marzo, debía 35 veces lo que tenía, y las otras empresas entre 20 y 22 veces. El “manual del especulador financiero” afirma que lo ideal es mantenerse entre las 12 y 15 veces, no más.

Las hipotecas se tomaban a tasa de interés variable y en junio de 2004 la Fed empezó a subir las tasas para “enfriar” la economía que antes había calentado. Entonces comenzaron a crecer las deudas y la morosidad. Los que compraron las hipotecas les reclamaron a los bancos que no pudieron responder porque sus clientes no pagaban las cuotas.

Un artículo de The Observer del 18 de marzo de 2007 da cuenta del desinfle del boom inmobiliario: “Uno de cada ocho propietarios de los Estados Unidos no ha podido pagar su cuota, con dolorosas consecuencias para los bancos, entre ellos el HSBC”, dice. En agosto American Home Mortgage, que había negociado 59.000 millones en crédito, anunció el despido del 90% de su personal (7.400 personas) y declaró su quiebra dos días después. El 14 de septiembre el Banco de Inglaterra salva al privado Northern Rock, porque los ahorristas querían retirar en masa su dinero, y en octubre el UBS, el mayor banco suizo, anunció una depreciación de activos de 2.400 millones de euros. Y luego la debacle fue geométrica. Frente al Congreso, el plan inicial de Bush tenía tres carillas. Finalmente la propuesta del Tesoro fue de 451 páginas, por 700.000 millones, e insuficiente.

“El fin de este plan de rescate –escribió Michael Moore– es proteger la cantidad de riqueza obscena que se acumuló en el país en estos ocho años.” Moore propuso que el Congreso acuse criminalmente a Wall Street, que 400 americanos ricos pongan en marcha planes de austeridad personal, que un directivo de empresa no cobre 400 veces más que su empleado y que, si el gobierno les presta dinero, se lo cobre con intereses.

El mundo tiene 6.000 millones de habitantes. Dos mil setecientos millones son pobres, 923 millones tienen hambre. De esos 923 millones, 300 millones son niños y 18.000 mueren cada día.

–Lejos de descender, la cantidad de hambrientos en el mundo actualmente está creciendo a un ritmo de cuatro millones por año –dice la presentación del Informe Anual de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación).

Reducir a la mitad la proporción de personas hambrientas para 2015 costaría 150.000 millones de dólares, la mitad de lo que le costó al gobierno de Bush salvar de la quiebra a las compañías Fannie Mae y Freddie Mac y a la aseguradora AIG.

Según la fundación española La Caixa, erradicar la pobreza del mundo costaría 10 veces menos que el plan de rescate financiero. Su director, Jaime Lanaspa, aseguró que “es mucho más rentable en términos humanos destinar esos fondos a combatir el hambre que a rescatar operaciones de entidades que no han sido suficientemente responsables, transparentes y probablemente legítimas en su trabajo”.

Una paradoja: un pibe de 16 podría ser condenado hasta diez años de prisión por robar golosinas en un maxikiosco de Villa Urquiza: dos cajas de Tita, dos de Rhodesia, tres de Bon o Bon, una de alfajores Dulce Reina, tres bolsas de caramelos Arcor, cinco paquetes de galletitas Sonrisas, cinco de Merengadas, cinco de Mellizas y cinco de Diversión.

De que raza?

El primer jodido por el colonialismo europeo fue, curiosamente, un español; pocas horas después les tocaría el turno a los mal llamados “indios”. Ocurrió en la madrugada del 12 de octubre de 1492 y el historiador norteamericano Howard Zinn narra la truchada con maestría poética en su libro La otra historia de los Estados Unidos.

“Entonces, el día 12 de octubre, un marinero llamado Rodrigo vio la luna de la madrugada brillando en unas arenas blancas y dio la señal de alarma. Eran las islas Antillas, en el Caribe. Se suponía que el primer hombre que viera tierra tenía que obtener una pensión vitalicia de 10.000 maravedís, pero Rodrigo nunca la recibió. Colón dijo que él había visto una luz la noche anterior y fue él quien recibió la recompensa”.

Rápido el mercader genovés, Cristoforo Colombo. Es una lástima que el Billiken y las láminas escolares que nos lo muestran bajándose del bote con la cruz y la espada no nos contasen la otra historia. Es una lástima que la página web del Ministerio de Educación de la República Argentina siga evocando el Día de la Raza con la vera efigie del Almirante del Mar Océano, a quien los muy católicos reyes de España le habían prometido un “diego” de todo el oro que pudiera encontrar en Asia, o más precisamente en la India.

Salvo que el codicioso navegante –lo suficientemente culto como para saber que la Tierra era redonda– no podía imaginar que se había tropezado en el viaje con un continente desconocido para los europeos. Aunque no para sus habitantes, que sumaban en aquellas fechas unos 65 millones de seres humanos.

Pronto, muy pronto, el genocidio más grande de la historia reduciría drásticamente esa cifra. Quinientos años más tarde, España celebró con toda pompa lo que llamó “el encuentro de dos mundos”. Algunos intelectuales latinoamericanos prefirieron denominarlo “encontronazo”. Colón contó de esta manera sus impresiones de aquel 12 de octubre:


“Nos trajeron loros y bolas de algodón y lanzas y muchas otras cosas más que cambiaron por cuentas (vidrios de colores) y cascabeles de halcón. No tuvieron ningún inconveniente en darnos todo lo que poseían. Eran de fuerte constitución, con cuerpos bien hechos y hermosos rasgos. No llevan armas, ni las conocen. Al enseñarles una espada, la cogieron por la hoja y se cortaron al no saber lo que era. Serían unos criados magníficos. Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos”.

Y lo hicieron, nomás, empezando por esos gentiles arahuacos de las Antillas.
Como bien lo recuerda Howard Zinn en el libro citado, Cristóbal Colón les vendió a los Reyes Católicos que las Indias serían una fuente inagotable de oro y esclavos. Y de este modo obtuvo el apoyo real para su segunda expedición, compuesta por diecisiete navíos y tripulada por mil doscientos hombres. “El objetivo era claro: obtener esclavos y oro. Fueron por el Caribe, de isla en isla, apresando indígenas.(…) En el año 1495 realizaron una gran incursión en busca de esclavos, capturaron a mil quinientos hombres, mujeres y niños arahuacos, los retuvieron en corrales vigilados por españoles y perros, para luego elegir a los mejores quinientos especímenes y cargarlos en naves. De esos quinientos, doscientos murieron durante el viaje”.

Establecido en Haití, afiebrado por el oro que no aparecía más que en pequeñas cantidades, Colón ordenó que les cortaran las manos a los “indios” que las traían vacías. Comenzaron las fugas y las persecuciones con perros. También los suicidios en masa con veneno de yuca. Los arahuacos mataban a los niños para librarlos de los españoles. En dos años la mitad de los 250 mil indígenas de Haití habían muerto por asesinato, mutilación o suicidio.


Hubo un conquistador, de los que llegaron a Cuba en una de las primeras expediciones, que adquirió conciencia y se convirtió en el gran cronista de la masacre: fray Bartolomé de las Casas. “Mientras estuve en Cuba –escribe el fraile humanista– murieron 7.000 niños en tres meses. Algunas madres incluso llegaron a ahogar a sus bebés de pura desesperación. De esta forma, los hombres morían en las minas, las mujeres en el trabajo, y los niños de falta de leche. En un breve espacio de tiempo esta tierra, que era tan magnífica, poderosa y fértil quedó despoblada. Mis ojos han visto estos actos tan extraños a la naturaleza humana, y ahora tiemblo mientras escribo.”

Era en verdad para temblar lo que vio el buen fraile cuando llegó a la Hispaniola en 1508: “Entre 1494 y 1508 habían perecido más de tres millones de personas entre la guerra, la esclavitud y las minas. ¿Quién se va a creer esto en futuras generaciones?”.


“El Almirante –dice también– fue tan ciego como los que le vinieron detrás, y tenía tantas ansias de complacer al rey que cometió crímenes irreparables contra los indígenas.” Y lo ejemplifica: “Dos de estos supuestos cristianos se encontraron un día con dos chicos indígenas, cada uno con un loro, les quitaron los loros y para su mayor disfrute, cortaron las cabezas a los chicos”.

La España que “descubrió” América acababa de unificarse como otros estados nación europeos. La inmensa mayoría de sus pobladores eran campesinos que trabajaban para la nobleza, que constituía el dos por ciento de la población pero era dueña del noventa y cinco por ciento de la tierra.

El llamado “descubrimiento de América” no sólo completó la cartografía occidental de la época, estableció un Reich de quinientos años que aún perdura, con distintos turnos imperialistas. La colonización del nuevo continente y la consecuente exacción de sus riquezas fue un componente esencial para el tránsito de la sociedad feudal a la sociedad capitalista.

Se generó lo que Immanuel Wallerstein llama la economía-mundo, que se iría articulando cada vez más –al compás del desarrollo científico y tecnológico– hasta llegar al vértigo de la actual “globalización”.

jueves, octubre 02, 2008

La verdad desnuda

Son notorias las mentiras que la Casa Blanca fabricó para justificar la invasión y ocupación de Irak. Los periodistas/investigadores Charles Lewis y Mark Reading-Smith descubrieron que W. Bush y siete otros jerarcas de la Casa Blanca propalaron al menos 935 mentiras en los dos años que siguieron al 11/9 y precedieron a la invasión de Irak. Cabe reconocer que el más prolífico en la cuestión fue el presidente W. Bush: 232 declaraciones falsas sobre el presunto arsenal de armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein y 28 acerca de la supuesta relación del autócrata con Al Qaida y con los atentados. Le siguió el entonces secretario de Estado Colin Powell: 244 y 10, respectivamente. El vice Dick Cheney, Condoleezza Rice, Donald Rumfeld, Paul Wolfowitz, Ari Fleisher y Scott McClellan también aportaron a este arsenal masivo de falacias (www.publicintegrity.org, 23-1-2008). Al parecer, no otra cosa sucedió con la versión oficial de los atentados mismos.

El Comité de Justicia del Senado estadounidense ha concluido un nuevo informe en torno de las fallas que impidieron frenarlos: echa la culpa al FBI, señala que había amplias evidencias de que se preparaba un ataque en suelo de EE.UU. y que jefes del organismo de espionaje las bloquearon (The New York Times, 28-8-08). Pero hete aquí que casi 800 personalidades –catedráticos, arquitectos, ingenieros, altos funcionarios, políticos, ex espías, pilotos y sobrevivientes de las Torres Gemelas– echan por tierra las dos cosas: la versión oficial y el informe del Senado (www.reopen911.info). Véanse algunos testimonios.

Los sobrevivientes, en primer lugar. Personal de las Torres que se encontraba en el subsuelo B1, ubicado a 330 metros debajo de los pisos 93 a 98 donde impactó uno de los aviones, sintieron que “vibraba el suelo, las paredes comenzaron a resquebrajarse y todo temblaba”, declaró William Rodríguez, empleado de mantenimiento: era una explosión que venía de subsuelos inferiores. Segundos después, Rodríguez escuchó el estallido de arriba y supo luego que se trataba de la embestida del Boeing 757 contra el edificio, en tanto Felipe David, compañero de tareas, irrumpía con quemaduras graves en el rostro y los brazos gritando “socorro”. Anthony Saltalamacchia, supervisor del servicio, escuchó al menos diez explosiones procedentes de abajo antes de salir de la trampa. Los testimonios coinciden, pero ninguno fue tomado en cuenta en el informe del Senado.

Los pilotos consideraron imposible que un avión se haya estrellado contra el Pentágono. Señalaron que el agujero en el muro es más grande que el que podría causar un 757 y estimaron inverosímil que éste se deslizara luego durante 10 segundos en el césped del interior, como muestra una filmación oficial. El comandante (R) de la Marina Ralph Koistad, piloto de combate con más de 23.000 horas de vuelo, reflexionó: “¿Dónde están los daños provocados por las alas del avión en el muro del Pentágono? ¿Dónde las 100 toneladas del Boeing, los grandes fragmentos del aparato que siempre se proyectan lejos del lugar del accidente? ¿Dónde están las partes de acero de los motores, dónde el tren de aterrizaje, que es de acero?” (www.vigli.org/PDF911). En efecto, no estaban, ni un solo desecho se encontró dentro o fuera del Pentágono.

Los pilotos subrayaron otro aspecto: las maniobras de los aparatos que chocaron contra las Torres eran impracticables. Del capitán (R) Wittenber, con 35 años de experiencia en la fuerza aérea de EE.UU. y en varias líneas comerciales: “No creo posible que un presunto terrorista entrenado en un Cessna 172 entre en la cabina de un Boeing 757 o 767, pueda hacerlo volar vertical y horizontalmente y lograr virajes de 270 grados a gran velocidad, el avión sería incontrolable. Es ridículo pensar que un aficionado pueda ejecutar esas maniobras manualmente. Yo no podría hacerlo y soy absolutamente formal: ellos tampoco”. Los testimonios de unos 500 ingenieros civiles y arquitectos confirmaron desde sus especialidades que la versión oficial de los atentados “es un cuento de hadas” (John Lear, piloto comercial, 19.000 horas de vuelo).

El arquitecto Frank De Martini y otros afirmaron que la solidez de las Torres tornaba inimaginable que se derribaran sólo por el choque de un avión. “Fue claramente el resultado de una demolición controlada y programada para que se produjera en medio de la confusión imperante”, manifestó el ingeniero Jack Heller. Esa clase de demolición no se improvisa. Sus autores, ¿sabían previamente con exactitud el día y la hora de los atentados?


Pareciera que sí.

Diferentes organismos de profesionales exigen que se investigue a fondo la tragedia que costó la vida de casi 3000 trabajadores. Para el piloto Glen Stanish, se trató de “una operación interna, concebida, organizada, cometida y controlada por un grupo muy vasto de criminales en el seno de nuestro gobierno federal de EE.UU. Utilizada como una razón falsa, un pretexto, una mentira, para invadir dos países extranjeros ricos en recursos naturales, para extender un imperio, para modificar las fronteras de los países del Medio Oriente y como elemento de la ‘guerra antiterrorista’ o, mejor dicho, de la guerra contra la libertad”. Hay más de cien periodistas y artistas que piensan lo mismo.

La burbuja dentro de la burbuja

Viéndolo en forma desapasionada, se diría que el plan de estabilización votado ayer consiste en envolver el impacto de la explosión de la burbuja inmobiliaria dentro de una burbuja mucho más grande. Desapasionada, aquí, quiere decir no entrar en la lógica de la desesperación alimentada por el discurso “urgente” de Bush, que buscó convencer por la vía del pánico a los estadounidenses –congresistas incluidos– y al mundo de la necesidad de apoyar el paquete, sin contemplar sus razones ni el origen del problema. Pánico expresado en discursos de tono dramático, como el del pasado 19 de septiembre, enunciando “tenemos que actuar ahora para proteger la salud de nuestra nación, amenazada por riesgos graves”. Y que fue subiendo de tono al correr los días sin una respuesta positiva.

Volviendo a lo de las burbujas superpuestas, los 850 mil millones votados ayer no están orientados a atacar el problema real. Por el contrario, se diría que lo agravan. Y a muy corto plazo, en cuestión de semanas. Esto, si se entiende que el problema real es que Estados Unidos se armó, para sí y para el mundo, un sistema financiero divorciado de la actividad productiva, un sistema que dejó de estar al servicio de la creación de riqueza y que, en cambio, creó un maravilloso mecanismo de multiplicación de dinero para quienes pudieran aprovecharlo.

El asunto es que, como paralelamente no se creaba una riqueza semejante a esa acumulación, sólo podían estar sucediendo dos cosas: se estaba asistiendo a una fabulosa transferencia de riquezas en favor de los “jugadores más afortunados” en la ruleta o se estaba creando un capital ficticio (papeles y activos que no valían lo que decían valer). Lo que sucedió fue una perversa combinación de ambas.


¿Cómo pudo pasar, y justo en el corazón del capitalismo? Las hipotecas basura son apenas la punta del iceberg: el aliento hasta la alienación de la compra de viviendas por parte de quienes no tenían con qué pagarlas (o de varias por parte de quienes no podían llegar a poseer más de una), con la ilusión de que las casas “se pagaban solas”, por una suba en su valorización que iba a superar largamente el costo del crédito obtenido para comprarla con hipoteca. Pero otros muchos negocios ilusorios se fueron armando siguiendo la misma lógica: comprar sin plata, endeudarse y esperar multiplicar la inversión inicial tanto que iba a permitir cancelar la deuda y quedarse con el capital adquirido.

Para hacer factible el mecanismo, los intermediarios del negocio (bancos de inversión, sociedades de crédito, aseguradoras, fondos de riesgo) se valieron del comercio electrónico para poder multiplicar al infinito las operaciones y reducir a segundos su concreción. La virtualidad hizo creer que multiplicando las operaciones se reducía el riesgo. Pero pasó lo contrario, porque el inversor en este juego se vio obligado a actuar como jugador adicto: a más apuesta, más necesitaba ampliar la masa de dinero en juego. Pero un día, la carroza volvió a ser calabaza, como en el cuento.

El plan que ayer votó el Senado no dice cómo desarmar esta terrible maquinaria. Por el contrario, aceita las piezas respaldando a las entidades (apostadores) que jugaron fuerte y perdieron. Los compradores de viviendas y depositantes, que le prestaron la plata para su aventura, ahora deben creer en la “solvencia” del sistema y soñar así con recuperar lo suyo.


El plan no resuelve la ficción sincerando la verdadera contabilidad bancaria. Por el contrario, la encubre, diciendo que entidades quebradas son confiables. El costosísimo valor enunciado sólo intenta hacer más contundente el argumento con el que se encubre el problema real. La bien actuada situación de pánico por parte de la Administración (Bush, Paulson y Bernanke en la primera línea) es funcional a la solución (¿solución?) ensayada. Y además, para poder darle salida a la ley, recurrió a una ficción todavía mayor, sin sonrojarse siquiera por lo ilógico del planteo: la enorme partida de 850 mil millones de dólares que costará no se pagará con más impuestos, sino que los contribuyentes pagarán menos impuestos. Hasta habrá desgravaciones para ciertas inversiones en energías alternativas. El plan, así, no sólo es inofensivo, sino que además suena limpio, no contaminante.

Si así fuera, el rescate se estaría pagando con una fabulosa emisión de dólares, lo cual convertiría a la moneda estadounidense, precisamente, en la nueva burbuja. La futura burbuja que estalle podría ser la del dólar, de allí que haya quienes se aventuren a pronosticar el fin de la hegemonía monetaria estadounidense.

Pero a no alarmarse, que el gobierno más poderoso del mundo es el que está al mando. Y no hay por qué no creerle: es el mismo que nos alertó a tiempo sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak

domingo, junio 01, 2008

A 30 años del Mundial 78


Hace exactamente 30 años, el 1º de junio de 1978, empezaba en Buenos Aires el Mundial de fútbol. Durante el mes siguiente desaparecerían 63 personas, Videla recibiría seis veces diferentes el aplauso de un estadio lleno de argentinos y la prensa local se cuadraría casi con unanimidad para refutar “la campaña antiargentina” que en el mundo denunciaba los crímenes de la dictadura.

Comprender el significado que tiene el Mundial ’78 para la Argentina de los últimos treinta años requiere de un paso previo: la búsqueda de similitudes en procesos semejantes. La rueda de la historia gira (Benito Mussolini en el Mundial de Italia del ’34), gira (Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín del ’36) y sigue girando (Jorge Rafael Videla en un estadio de River colmado).En ese trípode se apoya un paradigma del acontecimiento deportivo que explica cómo tres dictaduras del siglo XX se apropiaron de su subjetividad, de los valores que representa el deporte para la política cuando ésta lo necesita. Las tres pudieron glorificar de manera extrema los éxitos de sus atletas, porque la Italia del Duce se consagró campeón, la Alemania del Führer ganó con holgura los juegos que organizó y la Argentina obtuvo su primer título mundial de fútbol.

Pablo Llonto, en su libro La vergüenza de todos (un título que parodia a la película La fiesta de todos, de Sergio Renán, alusiva al campeonato) escribió: “... El Mundial ’78 aparece como el primer símbolo de aprobación masiva a la dictadura; Videla recibió seis veces el aplauso de las multitudes en estadios repletos. La fiesta del despilfarro en la organización del torneo apenas se cuestionó. Las voces de denuncia de los exiliados y los familiares de los asesinados, desaparecidos y encarcelados fueron tomadas como expresiones de la antipatria. El periodismo fomentó el anticomunismo, la delación de los luchadores y militantes de izquierda y defendió, a buen precio, casi todos los actos de gobierno de la dictadura militar. Millones sucumbieron ante la idea publicitaria y megaoficialista de que la victoria deportiva era el triunfo de un pueblo en paz”.

En junio de 1978 desaparecieron 63 personas en todo el país y Adolfo Pérez Esquivel, quien ganaría el Premio Nobel de la Paz dos años después, era liberado el viernes 23, dos días antes de la final. El 1º de junio comienza el Mundial con el aburrido empate en cero entre Alemania y Polonia. El 7, en base a un informe del Fondo Monetario Internacional que cita el diario La Prensa, se atribuye a la Argentina la tasa de inflación más alta del mundo, con el 172,9 por ciento anual.

La inmensa mayoría de los medios se subordinaba a las directivas de la Junta, con escasas excepciones, como el Buenos Aires Herald que dirigía el británico Robert Cox. El 14 de abril había fallecido en Buenos Aires el único periodista deportivo que se oponía a la realización del Mundial desde que el torneo había sido otorgado a la Argentina: Dante Panzeri. Incluso desde mucho tiempo antes que los militares dieran el golpe del ’76.

"La Argentina ha cambiado. Desde hace 72 horas, una gran mística unió a los argentinos en un grito de alegría y fervor (...). En lo que es interno, puede decirse que los argentinos tuvieron la oportunidad de ver al presidente Videla en su primera experiencia multitudinaria. Improvisó un breve discurso que siguió la línea conciliadora y pacifista habitual en el primer mandatario”. Joaquín Morales Solá, Clarín, 4/6/78

viernes, mayo 09, 2008

Kokoroko




Yo conozco una vecina,

que ha comprado una gallina,

que parece una sardina enlatada.

Tiene las patas de alambre,

porque pasa mucha hambre,

y la pobre está todita desplumada.

Pone huevos en la sala,

y también la cocina,

pero nunca los pone en el corral.

La gallina, turuleca,

es un caso singular,

la gallina, turuleca,

está loca de verdad.

martes, abril 29, 2008

Kirchner Reformista?

Es cierto que el reformismo burgués sigue siendo tan inaceptable hoy como en 1954, cuando el ensayo tímidamente reformista burgués de Jacobo Arbenz en Guatemala fue ahogado en un baño de sangre, y el Che conoció muy bien esa historia como para sacar las adecuadas lecciones del caso. Pero, ¿sobre qué base califican al gobierno de los Kirchner como “reformista”? ¿Cuáles fueron las reformas que impulsaron y ejecutaron? Por supuesto, no es este el lugar para realizar un balance de lo actuado en el período abierto con la asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo del 2003. Digamos, eso sí, que el mayor acierto del período fue la política de derechos humanos, más allá de algunas inconsistencias (entre otras cosas, expresadas en la total incapacidad para proteger testigos como Julio Jorge López, desaparecido como en los tiempos de la dictadura) y que el otro logro de la gestión, menos importante que el anterior, se produjo en el campo de la política exterior, acompañando –no obstante sin mayor protagonismo– el embate de Chávez en contra del ALCA. No obstante, mismo en este terreno el panorama no dejó de tener llamativos contrastes porque simultáneamente Kirchner rechazaba reiteradas invitaciones para visitar Cuba, se mantenía al margen de la Cumbre de los No Alineados realizada en La Habana y viajaba a Nueva York, en 2006, para participar en la Asamblea General de la ONU rematando su viaje con una insólita visita a la Bolsa de Valores de Nueva York y declaraciones, a cuál más desafortunada, sobre el futuro capitalista de la Argentina. Para colmo, el año pasado cedió ante la presión de Washington e impulsó la aprobación, con fulminante rapidez, de una absurda legislación “antiterrorista” que en manos de cualquier otro gobierno puede ofrecer el marco legal necesario para la completa criminalización de la protesta social y la disidencia política.

Esos son los dos puntos fuertes del kirchnerismo, ayer y hoy. Admitido. Pero, ¿dónde están las reformas? No las veo. Para los incrédulos los invito a comparar la gestión del kirchnerismo ya no con el reformismo socialdemócrata escandinavo sino con las del primer peronismo, el del período 1946-1950. En aquellos años se fortaleció al movimiento obrero, se aprobó una vasta legislación laboral sin parangón en la periferia capitalista (vacaciones pagas, aguinaldo, jubilaciones, estabilidad laboral, indemnizaciones por despidos, tribunales de trabajo, accidentes laborales, obras sociales, etcétera), se creó el IAPI, el Banco de Crédito Industrial, la flota mercante del Estado, Aerolíneas Argentinas, y se nacionalizaron el Banco Central, los depósitos bancarios, los ferrocarriles, los teléfonos, la electricidad y el gas. Durante su exposición en la Cámara de Diputados, en 1946, Perón pronunció, a propósito de la nacionalización del Banco Central, unas palabras que es oportuno recordar en los tiempos que corren en donde el pensamiento único no cesa de alabar las virtudes de la supuesta independencia de los bancos centrales. “¿Qué era el Banco Central? –se preguntaba Perón–. Un organismo al servicio absoluto de los intereses de la banca particular e internacional. Por eso, su nacionalización ha sido, sin lugar a dudas, la medida financiera más trascendental de estos últimos cincuenta años.” Aparte de eso, el Estado pasó a ocupar un lugar decisivo en la promoción de la industrialización y sus obras públicas –caminos, diques, escuelas, hospitales– cubrieron prácticamente toda la geografía nacional. Además se sancionó una nueva Constitución, en 1949, en la cual se establecía una serie de derechos sociales a tono con las conquistas que en ese terreno se estaban produciendo en el capitalismo europeo.

¿Y ahora? El Banco Central está en manos de un Chicago boy y la obra pública paralizada. El Estado, destruido por el menemismo, sigue postrado: no puede apagar un incendio de pastizales en una llanura porque carece sea del dinero, o de la idoneidad, para adquirir un avión hidrante canadiense que cuesta menos de veinte millones de dólares y que hubiera acabado con el fuego en un santiamén; no puede abastecer de monedas a la población; no puede regular ni supervisar el funcionamiento de las empresas privatizadas, y entonces los usuarios del ferrocarril periódicamente incendian estaciones y formaciones para hacer oír su protesta; no puede cobrarle impuestos a Aeropuertos 2000 y entonces se asocia en calidad de “socio bobo” y minoritario a la empresa en lugar de exigir el pago de lo adeudado; no puede garantizar que los caminos y rutas privatizadas estén en correcto estado de mantenimiento mientras decenas de viajeros mueren a diario en horribles (y evitables) accidentes; asiste de brazos cruzados a la desintegración de la red ferroviaria nacional y como única política propone un “tren bala”; no exige a las aerolíneas privatizadas que cumplan un diagrama de vuelos que sirva para integrar las principales ciudades del país, que los fines de semana se quedan aisladas; se muestra indiferente ante el saqueo de los recursos naturales, desde el petróleo y el gas hasta los minerales, y ante el gravísimo deterioro del medio ambiente causado por las explotaciones mineras; prosigue sumido en un estupor catatónico ante el calamitoso derrumbe de la educación y la salud públicas, sin que se le ocurra poner un centavo para remediar la situación, al paso que se ufana de los 50.000 millones de dólares atesorados –al igual que Harpagón, el protagonista de El avaro de Molière– mientras el pueblo pasa hambre, no puede educarse ni cuidar de su salud. Pese a disponer de una mayoría absoluta en ambas Cámaras del Congreso –que vota a libro cerrado cualquier proyecto que ordene la Casa Rosada–, Kirchner no envió una sola propuesta para reformar la estructura tributaria escandalosamente regresiva de la Argentina o para establecer una legislación que posibilitase un combate efectivo contra el desempleo, la exclusión social y la pobreza. Tampoco iniciativa alguna para recuperar el patrimonio nacional rematado durante el menemismo. Un gobierno que, por otra parte, a más de cinco años de inaugurado todavía no definió una política de distribución de ingresos, consolidación del mercado interno y desarrollo nacional. Es cierto que se disminuyó la proporción de pobres e indigentes, pero ésta aún se encuentra por muy encima de los valores existentes al inicio de la actual fase democrática de la Argentina, hace un cuarto de siglo. Con un agravante: que este gobierno dispuso de una coyuntura económica excepcional, como ningún otro en nuestra historia, lo que torna aún más imperdonable que una parte al menos de esa riqueza no hubiera llegado a satisfacer las demandas populares. Y pese a sus estentóreas denuncias en contra de la dictadura, dos piezas maestras de ese régimen: la Ley de Entidades Financieras y la Ley de Radiodifusión continúan en vigencia hasta el día de hoy. La renta financiera sigue estando libre de impuestos así como las ganancias resultantes de la venta de sociedades anónimas. Y el Gobierno sigue sin otorgarle el reconocimiento oficial a la CTA y convalidando, de ese modo, el control político de los sectores populares en manos de una burocracia cuyo desprestigio es absoluto. Esto explica, en gran medida, la indiferencia popular ante la ofensiva del mal llamado “campo”: el pueblo no salió a la calle a defender su gobierno porque no lo siente suyo. Y tiene razón. Sería bueno que el Gobierno dedicara algún tiempo a reflexionar sobre la génesis de esta alarmante pasividad popular.

La anterior es una lista incompleta y parcial, pero suficiente para demostrar que bajo ningún criterio mínimamente riguroso estamos en presencia de un gobierno reformista. Es un gobierno “democrático burgués” (con todas las salvedades que suscita esta engañosa expresión), pero donde el componente “burgués” gravita mucho más que el “democrático” y en donde el reformismo sólo existe en el discurso, no en los hechos.
Es asombroso escuchar, como ha ocurrido reiteradamente en los últimos años, las invocaciones de los distintos ocupantes de la Casa Rosada exhortando a los argentinos a redistribuir el ingreso y a repartir de modo más equitativo la riqueza. En fechas recientes la Presidenta volvió a insistir sobre el tema, a propósito del paro agrario. Pero, si no lo hace el Gobierno, ¿quién lo puede hacer? ¿Qué esperan?

Creo que lo anterior demuestra con claridad que no hay “reformismo burgués”. ¡Ojalá lo hubiera! No porque el reformismo satisfaga mis esperanzas sino porque al menos nos posibilitaría avanzar unos pocos pasos en la construcción de una verdadera alternativa, es decir, una salida post capitalista a esta crisis sin fin en que se debate la Argentina, sea en el estancamiento tanto como en la prosperidad económica (que llega a unos pocos).

¿Dónde queda el “bien”? El “bien” es el socialismo. Pero mientras maduran las complejas condiciones para su construcción es posible la realización inmediata de algún “bien”, de algunas reformas que pongan fin a la escandalosa situación en que nos hallamos. ¿O me va a decir que hará falta una revolución socialista para aproximar la estructura tributaria de la Argentina a la que tienen países como Grecia y Portugal en la Unión Europea, para no hablar de la que existe en Escandinavia? ¿Será preciso asaltar el Palacio de Invierno para que las retenciones al agro –totalmente justificadas en la medida en que se discrimine entre los distintos estratos del patronato agrario– se coparticipen con las provincias y sean asignadas exclusivamente a combatir la pobreza y a reconstruir la infraestructura física del país y no al pago de la deuda? ¿Tendremos que subirnos a la Sierra Maestra para que el Estado regule cuidadosamente el desempeño de las privatizadas y avance en un programa de “desprivatización” para aquellas que se compruebe que han estafado al fisco y a los usuarios? ¿Habrá que esperar el cañonazo del Aurora para derogar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz? En suma: no es un tema de chicanas o recontrachicanas, sino de exigirle al Gobierno que haga lo que debe hacer. Que tenga la osadía de ser un poquito reformista. Y si no hace lo que hay que hacer es porque no quiere, no porque no puede. Y si no quiere no veo la razón para que tengamos que apoyarlo en contra de un fantasmagórico “mal mayor”, espectro invariablemente agitado por quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación. Como creo que estas dos actitudes son inadmisibles, ética y políticamente, es que me opongo a entrar en el repetido juego de “nosotros” o el “mal mayor”, que desde hace décadas viene empujando a la Argentina hacia el abismo y hacia nuestra degradación como sociedad. Es un solo modelo, pero no es el de la Sociedad Rural, pobrecita, sino el de los grandes ausentes de este debate: es el modelo del gran capital transnacional, cuyas naves insignia en materia agraria son Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Nidera, Cargill, Bunge, Dreyfus, Dow y Basf. Y si este modelo prosperó fue porque desde Menem hasta nuestros días –aclaro, dada la susceptibilidad ambiente, que me parece un disparate decir como lo hace cierta izquierda trasnochada, que este gobierno es igual al de Menem– no hubo un solo gobierno, tampoco el de los Kirchner, que intentara cambiar el modelo agrario-exportador y poner fin a la sumisión de nuestro país a las transnacionales. Todos facilitaron cada vez más las cosas para que la Argentina se convierta en una especie de emirato sojero, y si hoy el Gobierno se queja de la rapacidad “del campo” sería bueno que se interrogue por qué no hizo nada para impedir que lleguemos a esta situación. Por lo tanto, lo de “reformista” es una concesión gratuita a un gobierno que, por lo menos hasta ahora, no ha hecho ningún esfuerzo serio para hacerse acreedor de ese calificativo.


Salutes

domingo, abril 27, 2008

La mugre en el ojo ajeno por Beatriz Sarlo

En general, las ciudades que no están sucias son también las ciudades donde hay menos gente pobre que se gana la vida con lo que encuentra por la calle. Esto es una regla. Los pobres siempre están en los lugares más sucios: en las villas miseria donde no hay cloacas ni agua corriente, debajo de las autopistas, en casillas con paredes de cartón que más que protectoras son simbólicas, revolviendo la basura para ver si encuentran comida, o cartoneando. En consecuencia, como en Buenos Aires los vecinos no clasifican sus desechos y no hubo gobierno decidido a obligarlos, las veredas quedan como si hubiera pasado un batallón de zapadores. Muchos pobres duermen en los zaguanes y no se esmeran para convertirlos en un espacio de design, sino en un amontonamiento de objetos rotos que sólo tienen utilidad para ellos.

Cuando revuelven la basura, tiran todo lo que no les sirve a la vereda porque la ciudad es un reservorio de restos y no la urbe reluciente de las fantasías (razonables) de los otros vecinos. Nunca vi a nadie revolviendo la basura en Berlín y tampoco hay basura en sus veredas. Por otra parte, el escándalo que produce alguien tirando una lata de cerveza por la ventanilla de un tren en marcha, obliga a fijar la vista en esos trenes, los del Sarmiento por ejemplo, que son carcasas de material percudido y vidrios rotos donde es difícil que nadie se sienta tentado a practicar las reglas que la urbanidad establece para deshacerse de la lata que se ha terminado de beber mientras se sostiene, con el cuerpo, las puertas abiertas de un vagón repleto donde falta el aire, pese a que también faltan selectas ventanillas y los asientos están tajeados porque, en un círculo que nadie interrumpe, es difícil que alguien cuide un vagón calamitoso. La ciudad es, entre otras cosas, un artefacto pedagógico.

Si lo que muchos aprenden para sobrevivir en ella son las habilidades del cirujeo, no parece probable que éstas se practiquen acompañadas por un cuidado meticuloso por la limpieza de los espacios comunes, como si los que cirujean en Buenos Aires fueran pobres vocacionales que han elegido comer de la basura o cartonear para pasar más tiempo al aire libre. Si los argentinos nos hemos acostumbrado a vivir con tantos pobres, deberíamos acostumbrarnos a pensar que, así como los ricos construyen piletas en sus countries y las capas medias pagan las expensas de los departamentos, los pobres no tienen nada que construir ni ningún recurso que ahorrar; ningún entorno urbano les parece más importante que aquel donde pueden recoger la mayor cantidad de materia para su supervivencia. Si dan asco las veredas cubiertas de basura producida por el "reciclaje" cartonero tendríamos que pensar que a los cartoneros tampoco les fascina, como única salida laboral (un destino final más que una "salida") revolver la basura que producimos, ni mandar a sus chicos a pedir ropa vieja mientras ellos destrozan las bolsas de los consorcios.

Por supuesto, faltan procesadoras de esos residuos, plantas de acopiamiento, etc., etc. Pero lo que falta, en primer lugar, son condiciones sociales que no impulsen a la gente a vivir al lado de la vía para estar más cerca de la basura que debe transportar, sin que se la roben otros pobres. Si miles de personas viven de la basura e instruyen a sus hijos para que puedan seguir con ese oficio de subsistencia, no es sensato fantasear que la ciudad donde se desarrollan sus vidas sea impoluta. ¿Alguien vio alguna vez una villa miseria impoluta, decorada como un jardín para excluidos? Un papel de chocolate tirado al suelo por un adolescente a la salida de un colegio secundario es una marca de suciedad mucho más intolerable que las bolsas de basura destrozadas sobre las veredas nocturnas. No hay razones para que ese papel esté en el suelo.


Todo indica, en cambio, que las veredas nocturnas donde han trabajado las familias de cartoneros quedarán inevitablemente cubiertas de desechos. Nadie les paga a los cartoneros para que barran la vereda que ensucian, nadie puede exigir de ellos una disciplina urbana que está en contradicción con los lugares horribles donde comen y duermen y crían a sus hijos, y se enferman. A veces veo a una chica que avanza, por el carril de los colectivos, como una audaz o una suicida, arrastrando esos artefactos cúbicos construidos con arpillera sintética y seis caños.

La chica lleva una pollera hasta debajo de las rodillas y una remera arriba de la cintura; tiene el cuerpo de una gimnasta y va descalza, elegante, con la espalda arqueada hacia atrás por el esfuerzo. Trabaja como bestia de carga, lo que se llama "tracción a sangre". Algunos cartoneros que se reúnen en la barrera, han ocupado una parte de la vereda con colchones viejos; otros duermen junto a su atado. Frente a ellos, hay algo de inmoral en el lamento sobre la limpieza de la ciudad. Algunos cartonean desde hace diez años, otros desde el comienzo de este siglo. Son prueba de una escena social a la que no ha llegado todavía el derrame de la nueva abundancia, excepto en la cantidad de basura que esa abundancia ofrece siempre a sus miserables.

martes, marzo 04, 2008

Con la bendición de la bonaerense.

Dos policías de la primera de San Nicolás detuvieron a dos chicos y los torturaron. Los molieron a palos, hundieron sus cabezas en un arroyo y los acusaron de atentado, resistencia a la autoridad y el robo de dos tarjetas telefónicas y 12 pesos.

Nadie debe haber escuchado nada en los descampados que rodean al antiguo Molino Santa Clara, en los suburbios de San Nicolás, porque en la zona no hay nadie. Durante la medianoche del último domingo de febrero, dos chicos hundieron sus cabezas en el agua del Arroyo del Medio, el mismo que dibuja los bordes fronterizos al norte la ciudad. No se trató de un rito iniciático, sino de un clásico de las torturas: el submarino. Durante un buen rato, dos uniformados de la comisaría primera local, una mujer y un hombre, les hundían las cabezas hasta que sus pulmones parecían a punto de estallar y entonces les sacaban las cabezas a la superficie para que respiraran; hundían, esperaban el pataleo y sacaban; hundían y sacaban; hundían y sacaban. Los dos chicos habían sido detenidos cuando andaban en moto en el otro extremo nicoleño. Los dos bonaerenses se tomaron el trabajo de recorrer con su patrullero el mapa hasta llegar a las barrancas del Arroyo del Medio con la idea de una bendición a los detenidos en las aguas de la ciudad de la Virgen. Previendo la osadía de una denuncia (que finalmente se realizó), los dos ya suficientemente pateados y bendecidos fueron denunciados por robos reiterados, atentado y resistencia a la autoridad.

Los dos chicos, declararon que habían sido detenidos cuando andaban con la moto del tío. Uno de ellos, cuando vio al patrullero, dijo que corrió porque estaba prófugo de un instituto, se metió en un pasillo y se escondió, pero dos policías, un hombre y una mujer, lo encontraron. Los dos rubios. Ella medio rellenita, ojos celestes, pelo largo y 25 años. El, ojos claros, flaquito, alto y más de 30.

El alto y flaquito “le pega una patada en la cabeza y tres en las costillas”. Cuando lo subieron al patrullero (junto con su amigo), la medio rellenita también le da “golpes de puño y codazos en la cara y el cuerpo. También golpeaban al amigo”.
Desde el lugar hay unas 20 cuadras hasta la comisaría primera, ubicada en Rivadavia 71, pleno centro.

Pero la parejita de rubios decidió que los dos chicos pasaran por la experiencia del agua bendita de la San Nicolás de los Arroyos. Cruzaron media ciudad y más de 40 cuadras, se internaron en los descampados del barrio Las Mellizas, donde se encuentra el viejo Molino Santa Clara. Allí corre uno de los arroyos, el del Medio, que separa del territorio santafesino. Y allí, los rubios, flaquito y rellenita, hundieron las cabezas de los dos morochitos en el agua. Un buen rato. Después, los metieron en el patrullero. La medio rellenita les puso “una bolsa negra en la cabeza” mientras el flaquito “les pegaba golpes de puño en el estómago”, “cachetadas” y les preguntaban dónde estaba el resto. También los amenazaban con matarlos si hacían una denuncia. Los dos pibes dijeron no saber de qué los acusaban.

Uno de ellos, además, declaró que los policías les sacaron 12 pesos en billetes de dos pesos, que les había dado la madre de uno de ellos para comer algo.
Y que las tarjetas telefónicas no les pertenecían y se las había puesto la policía. Los chicos también dijeron que los testigos aportados por la policía mentían

Al frente de la comisaría primera de San Nicolás se encuentra Jorge Ayala, que luce blasones locales en su historia de uniforme: fue segundo jefe del Comando Patrullas de San Nicolás, cuando el asalto al Banco Nación de Ramallo, y que tuvo como subordinados al entonces cabo Aldo Cabral, ahora ex cabo y condenado por el asalto y su conocido resultado.


Salutes

viernes, febrero 29, 2008

Ser periodista

Soy consciente de que los estudiantes aspiran a licenciarse en periodismo, trabajar de periodistas y vivir de ello. A esos profesionales yo les quiero siempre recordar que tenemos una obligación moral, la obligación moral de informar al mundo sobre tantas y tantas luchas de hombres y mujeres que combaten por su supervivencia y su dignidad. Ellos no organizan lujosas ruedas de prensa, ni invitan a cenar a los periodistas, ni ofrecen bonitos y esplendorosos dosiers de prensa en papel couché. Los jefes de las empresas que contratan a los jóvenes periodistas no tienen ningún interés por llevar a la sociedad la verdad, ellos son dueños o asalariados al servicio de un proyecto económico. No van a denunciar las masacres del gobierno kuwaití si peligra la publicidad de las petroleras; ni van a informar de los despidos de una cadena de supermercados en plena campaña de Navidad; ni de las condiciones laborales de los trabajadores de un conglomerado bancario, si es una de las empresas accionistas de ese medio o se va a necesitar su financiación.

A esos profesionales nunca hemos de cansarnos de explicarles que, cuando estén atravesando la impoluta moqueta de un ministerio acudiendo a una rueda de prensa de un ministro de trabajo, se acuerden de los inmigrantes sin papeles que viven en la clandestinidad, o de quienes trabajan doce horas al día en condiciones laborales precarias. También ellos tienen muchos asuntos laborales para informar en rueda de prensa. Que cuando les llegue un dossier con brillantes gráficos de barras y quesos de una petrolera que opera en América Latina, piensen en esos indígenas que han expulsado de sus tierras para extraer el petróleo, ellos también podrían facilitar muchos datos para un buen dosier de prensa.

Esas gentes también tienen derecho a ser oídas, su voz también debe ser llevada a nuestras páginas, nuestras ondas o nuestras imágenes. Además, es un derecho de los ciudadanos del mundo escucharles. Es el derecho ciudadano a informar y a ser informado.


En las universidades y en los grandes eventos de comunicación se habla mucho de imparcialidad, independencia y objetividad del periodismo. La información es una guerra, una guerra entre modelos sociales. Entre apologetas de un mundo desigual, injusto, mandando por depravados y auténticos terroristas que imponen a sangre y fuego un modelo económico que condena a muerte a miles de personas en todo el mundo y los que apostamos por estar al servicio de los grupos, movimientos, intelectuales y luchadores que todos los días se juegan la vida por defender otro modelo de mundo posible. Los primeros informan de los oscar del cine, las ruedas de prensa de los grandes conglomerados empresariales o las declaraciones de representantes de instituciones financieras internacionales del mundo rico. Frente a ello, muchos periodistas hemos decidido informar de los crímenes que cometen los paramilitares en América Latina, de cómo son perseguidas las minorías étnicas ahora en el Kosovo otanizado, de las cifras de pobreza de EE.UU. que todos ocultan, de cómo están conspirando para provocar un golpe de estado en Venezuela o de cómo se levantan los indígenas en Bolivia o en Ecuador. Me temo que esta visión del periodismo es otra de las tantas cosas que no se enseñaba en la universidad. Como dice Howard Zinn, no se puede ser neutral viajando en un tren en marcha que circula una velocidad enloquecida y que no dispone de frenos.

Ellos hablan de neutralidad periodística con periodistas empotrados entre las filas del ejército estadounidense en Iraq, de pluralidad informativa cuando sus redactores no salen de la sala de prensa de la Casa Blanca y nunca han visitado un suburbio de Washington o Nueva York, de imparcialidad mientras siguen estigmatizando en sus informaciones a los gobiernos que cometen el delito de recuperar sus recursos naturales para el pueblo; de objetividad pero sus páginas y espacios informativos están reservados para el oropel, el lujo y el glamour de famosos y grandes fortunas. Ellos silencian cientos de miles de hombres y mujeres que han recuperado la vista gracias al trabajo de gobiernos dignos, ignoran las campañas que han logrado que millones de personas aprendan a leer y a escribir, ocultan las movilizaciones de pueblos que exigen tierra y libertad y les llaman terroristas.

No, no se trata de convertir el periodismo en panfleto, pero sí de decir bien alta la verdad y la voz de los sin voz, condenados al ostracismo por un modelo comunicacional miserable al servicio del mercado.
A todos los periodistas les digo que esta es una profesión noble y vocacional que ha sido convertida en miserable por los dueños de las empresas que nos obligan a trabajar al dictado de sus intereses. Debemos recuperar la dignidad y servir a la comunidad, a la justicia social, a la soberanía de los pueblos y a las libertades. No será periodismo si no se hace así, como no es medicina curar sólo a quienes tienen dinero para pagarla. Llevar esa causa y esos principios a los medios empotrados en el mercado es tarea difícil, no lo voy a negar. Por eso es imprescindible que todo periodista ponga al servicio de esos ideales sus conocimientos y su trabajo si quiere que la decencia sea emblema e insignia de su vida y su profesión. Los movimientos sociales, los sindicatos, las organizaciones comunitarias, los precarios medios alternativos están necesitados de profesionales comprometidos con otro modelo de periodismo, humanista, social, que apueste por otro orden social más justo. Ni siquiera hablo de militancia, hablo de decencia. La decencia es lo que diferencia al biólogo que trabaja para una multinacional de transgénicos o para una organización ecologista, al abogado que defiende los intereses de una multinacional o los de los trabajadores que exigen un sueldo justo, el militar que dispara contra el pueblo refugiándose en órdenes de superiores o el que combate al lado de la gente. Ninguno de ellos puede ser neutral, ni imparcial, ni objetivo.

Maldigo al poeta que no toma partido, dijo Gabriel Celaya. Yo maldigo al periodista que no toma partido por los pobres, los sin voz, los indígenas, los trabajadores, los humillados, los olvidados, los que sufren, los que resisten, los que luchan.


- Pascual Serrano

lunes, febrero 25, 2008

Trinchera de ideas

Fidel es tal vez el único de los líderes populares de la segunda posguerra, al que los Estados Unidos no pudieron derrocar, enviar la exilio, asesinar, inducirlo al suicidio o a la traición. Hay que ser un zoon politikon –y contar también con la protección de los dioses, vaya uno a saber cuáles– para concitar la lealtad de un pueblo y conformar un gran frente nacional contra Batista, a partir de esos doce sobrevivientes hambrientos que llegaron a la Sierra Maestra; para resistir la invasión a Playa Girón; los múltiples sabotajes y operaciones de la CIA; los seiscientos intentos de asesinato; un bloqueo económico de más de cuatro décadas; la caída del Muro de Berlín; el aislamiento internacional, o el período especial que, junto a otros múltiples obstáculos, debió enfrentar su gobierno durante medio siglo. Nadie ignora que hubo errores y durezas en las políticas de la revolución cubana, y tampoco Fidel lo ignora; el atenuante es compararlos con la historia de las mayorías populares y con el avasallamiento de los intereses nacionales en el resto de los países latinoamericanos durante el mismo período.


Después de sesenta años de intensa actividad, Fidel renuncia a la presidencia, pero no se retira de la política; simplemente va a continuar haciendo política bajo otras formas. Martí nos decía: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”; y el Comandante parece dispuesto a concentrar sus esfuerzos en la “batalla de ideas”, porque está convencido de la necesidad de pensar críticamente lo nuevo, en tanto hoy en el mundo no está sólo en juego un cambio de sistema socio-económico y político sino la supervivencia misma de la especie.


Salutes

domingo, febrero 24, 2008

La fiesta de la primavera

El fiscal jefe de la Ufidro, Alberto Gentili admitió haber recibido el Día de la Primavera en una fiesta con el defensor en las dos mayores causas por drogas y lavado de dinero que llegaron a juicio en la historia argentina.

Gentili afirma que el 21 de septiembre de 2006 todo el personal de la Ufidro se reunió en la casa de una compañera de trabajo y de cátedra, entre las 14 y las 15.15, para comer unas empanadas con vino y gaseosas. El abogado Julio Virgolini recién llegó cuando estaban por irse, porque estaba viviendo con la dueña de casa.

Nada ocurrió tal como lo narra el Zar Antidrogas, quien resulta ser el mejor defensor del defensor de las organizaciones a las que debería perseguir. El dúplex de Uriburu 1257, con dos plantas unidas por una imponente escalera caracol de roble, pertenece a Virgolini, quien estuvo desde el principio hasta el final, y no a la mujer con la que convivió un breve lapso. Gentili llegó a las 13 con cuatro de los seis secretarios de cámara de su fiscalía (Horacio García, Sergio Mola, Santiago Marquevich y Marcelo Alonso) y se quedó hasta el atardecer. La fiesta se desarrolló en un living y un comedor en L, a los que se llega pasando la completa biblioteca de criminología crítica. Las cajas con las empanadas se apilaron en una luminosa cocina, con un desayunador de banquetas altas, en la que el ex juez lee todas las mañanas La Nación. Uno de los tres grandes dormitorios de la planta alta tiene un baño en suite. Tanto el Zar Antidrogas como el defensor de Marcos cantaron una canción con un aparato llamado karaoke, conectado al televisor. No fue la única fiesta realizada allí. Viernes de por medio, en horario de trabajo, Gentili y sus colaboradores se reúnen para cantar, en el duplex de Virgolini o en quintas del Gran Buenos Aires.

También lo hacen en las reuniones con personal de las fuerzas de seguridad en ocasión de los cursos y jornadas que organizan, en Mar del Plata, Misiones o Mendoza, por casualidad los lugares desde los cuales pocos días después la Ufidro recibe informes sobre el fantasmagórico narcoterrorismo, fruto y origen de prohibidas actividades de espionaje político. La vecindad con el Paraguay es conveniente para comprar a buen precio los cartuchos que consume el karaoke e ingresarlos al país sin pagar impuestos. Las sesiones siempre comienzan con el tema de Luis Miguel “Fría como el viento”. Las letras se reproducen en el televisor para que todos canten. Ese clima de sana chacota es estimulado por las holgadas condiciones de esos encuentros. Los cursos de Coordinación Policial sobre Narcotráfico y Crimen Organizado para las fuerzas de seguridad del Noreste y el Noroeste siguieron la misma pauta. Las delegaciones de una decena de invitados llegan por vía aérea el domingo a Buenos Aires y se alojan en el hotel de cinco estrellas NH City. El lunes tienen un desayuno de trabajo de tres horas. Luego almuerzan en el restaurante Cabaña Las Lilas de Puerto Madero y durante tres horas visitan dependencias policiales, de Prefectura y de Gendarmería. El martes se reúnen otras tres horas, reciben certificados y con ellos en los portafolios se dirigen al almuerzo de despedida. Cada uno de esos almuerzos para treinta personas, con jamón ibérico pata negra, baby beef de 500 a 800 gramos, pollo de campo o merluza negra, con vinos Catena Zapata Estiba Reservada, costaba hace un año no menos de 3000 pesos.

Virgolini defiende al capo peruano de la villa 1.11.14 desde 1999. También fue el defensor de Enrique Piana en la causa por lavado con exportaciones de oro y de uno de los serbios imputados en la causa conocida con la poco imaginativa denominación de Viñas blancas, de exportación de cocaína en botellas de vino.
En algunas instancias actuó en forma directa, en otras por medio de sus socios, Luis Osler y Mariano Silvestroni.

Por cierto, Piana, Marcos y los serbios tienen derecho al mejor abogado y Virgolini y Rosconi a los clientes más prósperos. Lo único que está en cuestión aquí es la promiscuidad de quienes tienen la función de perseguir los delitos complejos cometidos en esa materia con los defensores de confianza de algunos imputados. Una de las complejidades consiste precisamente en el entrecruzamiento de abogados en las distintas causas para ocultar su vinculación. El juez más famoso de Francia, Renaud Van Ruymbeke, fue sancionado por el Consejo de la Magistratura porque se reunió fuera de los tribunales con el vicepresidente de una multinacional investigada, para acordar de qué manera anónima le haría llegar documentos incriminatorios para otros directivos y políticos. En Estados Unidos no duraría un día en su cargo un Zar Antidrogas que fuera descubierto enfiestado en la casa del Virgolini local. En la película The Firm, dirigida por Sydney Pollack sobre la novela de John Grisham, un joven abogado descubre que su empleador es el estudio de la mafia. Decide colaborar con el FBI y documenta sobrefacturaciones y otros delitos menores, con los cuales sería posible mandar a sus patrones a la cárcel. Estas son unas líneas del diálogo:

Abogado –¿Qué es más difícil de hallar, el matón o el abogado que esconde su dinero?

Cana –No me cuentes más mierda.

Abogado –¿Querés a la mafia? Andá por sus abogados.


Este es un país menos pragmático. Las cárceles están llenas de chicos que fuman porro y los defensores de las grandes bandas son considerados prestigiosos académicos de ideas progresistas.


Salutes

Ex Policia extorsiona a preso para sacarle la casa

Un ex oficial de la Policía Bonaerense que estaba prófugo fue detenido acusado de integrar una asociación ilícita que se apropió de la casa de un hombre cuando estaba en la cárcel, en complicidad con un cómplice que se hacía pasar por abogado.

Se trata del ex teniente Alberto Casco (49), antiguo jefe de calle de la comisaría de Castelar Norte, en la zona oeste del conurbano,
quien fue apresado en un operativo realizado ayer en una quinta de la localidad de San Vicente.

Casco, separado de la fuerza el 20 de diciembre del año pasado, estaba con el pelo teñido de castaño claro (antes lo tenía oscuro), tenía en su poder una escopeta y la credencial de policía, pese a que deberían habérsela retirado.

Según informó la agencia Télam, el ex policía quedó acusado de asociación ilícita, estafas, exacciones ilegales y encubrimiento y en las próximas horas será indagado. El caso por el que se lo acusa se inició luego de que el 24 de mayo un hombre identificado como Walter Balcarsa fuera detenido acusado de participar en el crimen de Analía Aguirre, asesinada de un balazo durante una salidera bancaria en Merlo.

La sospecha de los investigadores es que el teniente Casco involucró en el caso a Balcarsa, lo de tuvo y luego lo extorsionó para quedarse con su casa de Ituzaingó, a cambio de desvincularlo del homicidio de la mujer. Por eso, mientras Balcarsa estuvo preso, el policía vivió en su casa.

El fiscal Bellido determinó que Casco estaba vinculado con el defensor de Balcarsa, Silvio Hipólito Cascella, que estuvo preso ocho días en noviembre y luego logró ser excarcelado.

Entre otras pruebas, hay numerosas llamadas telefónicas que comprometerían al policía y al falso abogado.

Cascella se dedicaba a liberar presos de comisarías del partido de Morón, entre ellas la que trabajaba Casco, y se descubrió que había montado un estudio jurídico "trucho" gracias a los contactos con los policías de la zona.


Salutes

viernes, febrero 22, 2008

El Capitalismo no vuelve a Cuba

Fidel Castro, de 81 años, renunció a sus funciones de presidente del Consejo de Estado de Cuba y de comandante en jefe de la Revolución. Permanece, sin embargo, como miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba. El próximo domingo día 24 Raúl Castro, de 77 años, será elegido, por los nuevos diputados de la Asamblea Nacional, para ocupar las funciones de primer mandatario de Cuba.

Es la segunda vez que Fidel renuncia al poder. La primera fue en julio de 1959, siete meses después de la victoria de la Revolución. Elegido primer ministro, chocó con el presidente Manuel Urrutia, que consideró muy radicales las leyes revolucionarias, como la de reforma agraria, promulgadas por el consejo de ministros. Para evitar un golpe de Estado, el líder cubano prefirió renunciar. El pueblo salió a las calles apoyándolo. Presionado por las manifestaciones, Urrutia no tuvo otra alternativa que dejar el poder. La presidencia fue ocupada por Oswaldo Dorticós, y Fidel volvió a la función de primer ministro.

Se engaña quien crea que la renuncia de Fidel significa el comienzo del fin del socialismo en Cuba. No hay ningún síntoma de que sectores significativos de la sociedad cubana aspiren a que regrese el capitalismo. Ni siquiera los obispos de la Iglesia Católica. Con excepción de unos pocos, a quienes no les importaría que el futuro de Cuba fuese equivalente al presente de Honduras, Guatemala o Nicaragua. Además, ninguno de los que salieron del país continuó la defensa de los derechos humanos al insertarse en el mundo encantado del consumismo.

Cuba no es reacia a los cambios. El mismo Raúl Castro desencadenó un proceso interno de críticas a la Revolución a través de las organizaciones de masas y de los sectores profesionales. Son más de un millón de sugerencias las analizadas por el gobierno. Los cubanos saben que las dificultades son enormes, pues viven en una cuádruple isla: geográfica; única nación socialista de Occidente; desprovista del apoyo que le daba la Unión Soviética; bloqueada hace más de 40 años por el gobierno de los EE.UU.

A pesar de todo ello el país mereció elogios del papa Juan Pablo II con ocasión de su visita en 1998. En el IDH 2007 de la ONU el Brasil se alegró de figurar en el puesto 70. Los primeros setenta países son considerados los mejores en calidad de vida. Cuba, donde no se paga nada por el derecho universal a la salud y educación, figura en el puesto 51.

El país presenta una tasa de alfabetización del 99,8 por ciento; cuenta con 70.594 médicos para una población de 11,2 millones (1 médico por cada 160 habitantes); un índice de mortalidad infantil de 5,3 por cada mil nacidos vivos (en los EE.UU. son 7, y en Brasil 27); 800 mil diplomados en 67 universidades, en las que ingresan cada año 606 mil estudiantes. Hoy día Cuba mantiene médicos y profesores trabajando en más de 100 países, incluido Brasil, y promueve en toda América latina la “Operación Milagro”, para curar gratuitamente enfermedades de los ojos, y la campaña de alfabetización “Yo sí puedo”, con resultados que convencieron al presidente Lula de adoptar el método en el Brasil. Habrá, sí, cambios en Cuba cuando cese el bloqueo de los EE.UU.; cuando sean liberados los cinco cubanos presos injustamente en la Florida por luchar contra el terrorismo, y si la base naval de Guantánamo, utilizada ahora como cárcel clandestina –símbolo mundial del irrespeto a los derechos humanos y civiles– de supuestos terroristas fuera devuelta.

No esperemos, sin embargo, que Cuba quite de las entradas a La Habana dos carteles que nos avergüenzan a nosotros los latinoamericanos, que vivimos en islas de opulencia rodeadas de miseria por todos lados: “Cada año 80 mil niños mueren víctimas de enfermedades evitables. Ninguno de ellos es cubano”. “Esta noche 200 millones de niños dormirán en las calles del mundo. Ninguno es cubano.”

jueves, febrero 21, 2008

Fundamentalismos

Hace más de 60 años que los gobiernos estadounidenses aplican lo que Chalmers Johnson, profesor emérito de la Universidad de California, califica de “keynesianismo militar” (“Nemesis: The Last Days of the American Republic”, Metropolitan Books, Nueva York, 2007). Consiste en la falacia de que las políticas públicas basadas en las guerras frecuentes, los gastos enormes en armas y municiones que aquéllas exigen y el mantenimiento de fuerzas armadas numerosas pueden sostener indefinidamente la salud de una economía capitalista. El gobierno Truman estableció oficialmente esta doctrina en 1950, durante la Guerra Fría, y ocurre exactamente lo contrario.

El valor del armamento, de los equipos y de las fábricas que producen para el Pentágono ascendía al 83 por ciento de todo el parque industrial estadounidense en la década de los ’90. Esa proporción es hoy seguramente mayor y, además, la fuente de esos intereses creados, económicos y políticos, que el general Eisenhower definió como el complejo militar–industrial. Los presupuestos militares sumados de 1947 a 1990 alcanzaron la friolera de 8,7 billones de dólares, es decir, 8,7 millones de millones de dólares. “La mayoría de los modelos económicos muestra que el gasto militar desvía fondos que podrían destinarse a fines productivos y a la inversión, y su efecto último es frenar el crecimiento económico y aumentar el desempleo” (Center for Economic and Policy Research, Washington, D.C., www.cepr.net, 1-5-07).

Y ahora EE.UU. ocupa el primer puesto en rubros varios.

Desde luego, en lo que hace al presupuesto militar: el del año fiscal 2008 ascenderá a más de un billón de dólares y será con creces el doble de la cifra correspondiente a los de las nueve naciones del mundo que más gastan en armamentos. También va primero en deuda pública: el Tesoro de EE.UU. anunció el 7 de noviembre pasado que ésta había roto la barrera de los 9 billones de dólares por primera vez en la historia del país. Aumentó en un 45 por ciento desde que G. W. Bush asumió la presidencia en el 2001 y la deuda externa raya en los 700 billones de dólares. Hace 15 años, EE.UU. no tenía un déficit comercial con China. Hoy es de 200 mil millones de dólares y el acreedor pekinés posee un billón de dólares en bonos del Tesoro estadounidense, es decir, financia buena parte de las deudas del gobierno de Bush (www.alter net.org, 23-1-08). Qué curiosa situación.

EE.UU. ha perdido la supremacía económica del planeta, es el país que más debe y su influencia se sostiene merced a sus notorias “proezas” bélicas. Mantiene más de 800 bases militares en todo el mundo, invierte sin cesar en la obtención de nuevos armamentos y procura establecer un escudo antimisiles no se sabe contra qué enemigo. Es el keynesianismo militar
que, de hecho, incrementa la desocupación y mutila los fondos de los servicios públicos. Habrá más de todo esto: “Washington debe enfrentar el hecho de que casi cinco años de guerra (en Irak y Afganistán) han dejado a las fuerzas armadas de EE.UU. peor de lo que han estado en una generación, sí, desde Vietnam, y recomponerlas exigirá un presupuesto sin antecedente”, señala un editorial de la revista Aviation Week & Space Technology (www.aviationweek.com, 21-12-07). El Pentágono ya piensa cómo hacerlo: se propone alistar a 90 mil nuevos efectivos en los próximos cinco años a un costo de casi 11.000 millones de dólares (www.msnbc.com, 11-1-08).

Hay 13 estados norteamericanos al borde de la quiebra: Arizona, California, Carolina del Sur, Florida, Kentucky, Maine, Massachusetts, Minnesota, Nevada, New Jersey, Nueva York y Rhode Island, que acumularán un déficit de 23.000 millones de dólares el año que viene. Otros 11 estados padecerán lo mismo en el 2010 (www.voltaire net.org, 20-12-07). ¿A dónde irá a parar esta estrategia de guerra permanente que alienta al fundamentalismo del mercado, mejor dicho, la libertad de mercado –para pocos– y acelera la crisis económica de EE.UU. y sus repercusiones en el mundo entero? ¿No presagia acaso el fin de los sueños imperiales que G. W. Bush repasa en sus conversaciones con Dios?


Salutes

Tren para todos

La sociedad argentina padece uno de los más caros e inseguros sistemas de transporte, con catastróficas consecuencias humanas y económicas. En 2007 el transporte vial le ocasionó al país la mayor cantidad de accidentes de su historia, con más de 8000 muertos y miles de heridos. No es sólo imprudencia o el alcohol: es el colapso del sistema de transporte a raíz de la drástica reducción del ferrocarril y las privatizaciones que demostraron ser incapaces de dar mejor servicio que el transporte público.

En todo el mundo se siguió desarrollando el ferrocarril porque es el más económico de todos los transportes y el único que entra a cualquier pueblo con niebla o lluvia. En nuestro país, el plan Larkin (Banco Mundial, año 1959) levantó ramales para hacer economías, pero su real objetivo fue debilitar las economías regionales y la industria nacional. De casi 50.000 km de vías y 130.000 ferroviarios que había en 1955, pasamos a 36.000 km y 95.000 trabajadores en 1989. Hoy tenemos 7000 km y 14.000 ferroviarios y no se puede circular a más de 50 km/hora. ¿Cuáles fueron los ahorros? Ninguno.

Con el gobierno Kirchner pagamos tres veces más que antes: tres millones de dólares por día y con las inversiones, once millones de pesos al año. El Estado paga todos los sueldos, compras y reparaciones y, además, subsidia con más de mil millones de pesos el gasoil de autos, colectivos y camiones, viajemos o no en ellos. Argentina paga uno de los sistemas de transporte más caros del mundo: equivale al 27 por ciento de su PBI, contra el 9 por ciento de Canadá y Australia.

Siendo un país agrario, el transporte automotor no es viable. El ferrocarril cuesta 7 u 8 veces menos: una locomotora arrastra la carga de 50 camiones; un tren mediano lleva tantos pasajeros como 19 ómnibus. Con la mitad de lo que gastarán en el “tren bala” se reconstruyen a nuevo 11.000 km de vías para los cargueros y 7000 km para los cinco grandes ramales a las provincias, más 300 locomotoras y cientos de vagones nuevos para poder circular a 120 km por hora. La reconstrucción de la industria ferroviaria pública puede crear miles de puestos de trabajo en vez de comprar trenes en desuso –caros y sin repuestos– de Portugal o España. El secretario de Transporte, Ricardo Jaime, debería explicar por qué derrocha los recursos en chatarra ferroviaria.


Frente a la crisis y la desinformación, el kirchnerismo quiere hacer votar en las sesiones extraordinarias de la Cámara de Diputados la Ley de Reordenamiento Ferroviario, sin el necesario debate y cerrando la ronda de consultas. Tras su paso por el Senado, el proyecto de ley fue vaciado de contenido: el Estado les seguirá sirviendo la mesa a los mismos concesionarios que nos comen desde Menem. Con la complicidad de funcionarios, son responsables del vaciamiento impune de los 37 talleres-fábricas con sus miles de máquinas y repuestos, más el destrozo y robo de miles de vagones y locomotoras. El valioso patrimonio fue entregado sin inventario previo a los Taselli, Cirigliano, Roggio, Romero, Techint, Urquía, Brahma, Camargo Correa. Hoy poco queda de él y ninguna denuncia penal prosperó.

La medida más salvaje de las privatizaciones fue sacarles a los pueblos los trenes interurbanos que unían las provincias. Nada golpeó más a los productores y las economías; se perdió la carga difusa y el servicio de correo. Miles de poblaciones sin pavimento hasta la ruta quedaron aisladas; 800 estaciones cerraron; sus pueblos se transformaron en fantasmas y un millón de habitantes emigró hacia las capitales.

Frente a la tragedia social, el proyecto de Cristina Fernández no es reconstruir la red que integraba al país, sino instalar el tren bala hacia Rosario y Córdoba y a Mar del Plata. Su modelo referencial es Puerto Madero, obra de la corporación creada por Menem y Grosso que se apropió de los terrenos públicos del puerto sin pagar nada. Hoy el metro cubierto se vende a u$s 4000: ¿podrán comprar los argentinos o sólo los extranjeros?

El tren bala es antidemocrático y antinacional: su boleto será caro, aumentará la dependencia tecnológica y la deuda externa. El imperativo es restituirle al pueblo su derecho al transporte: volver al tren para todos
, un servicio interurbano seguro y confortable, y revisar el modelo actual para reducir las víctimas y costos de la guerra del automotor. El tren debe volver a ser una cultura de la comunicación que integre a la Nación.


Salutes