lunes, diciembre 18, 2006

Cicatrices

Como dice Benedetti, en ese poema que le cae a todo dictador muerto, “cualquier día la muerte no borra nada”. Quedan siempre las cicatrices. Siempre.

Este lunes se cumplen tres meses sin López, que es una frase cuyos alcances sólo pueden mensurar los argentinos. Es decir, los argentinos con algún grado de conciencia política (o conciencia a secas, mejor). El “sin”, en este país, significa desaparición. Secuestro. Impunidad. Primero todo eso. Primero el terror. “Muerte” viene después de todo eso, porque lo que la precede es mucho peor que la muerte. Alrededor de 30 mil desaparecidos son el sello, bien argentino, que lo testifica.

La familia de López acaba de dirigirle una carta al Presidente con otra frase que, si bien es de comprensión universal, también apela a eso de la conciencia argentina. “Que Tito no se convierta en el primer desaparecido/olvidado de la democracia”, le dice la familia a Kirchner, pero al periodista le resulta muy difícil no interpretar que primero está hablándonos a todos nosotros. Al fin y al cabo, más allá de la imprevisión en el cuidado de un testigo clave, de la ineficiencia en las tareas investigativas y de las (muchas) sospechas respecto de los organismos de seguridad en cuanto al compromiso efectivo de hurgar en su paradero, a López están buscándolo. Si uno no creyera eso, sencillamente debería pensar que en la Casa Rosada volvió a instalarse el enemigo o alguien que se le parece demasiado. Y no se puede pensar eso. La frase de la familia incluye al Gobierno, porque es explícito el pedido de que sigan la búsqueda. Pero la palabra “olvidado” es una advertencia o una imputación directa, como se quiera, al grueso social que viene manifestando un desinterés creciente (repugnante, digámoslo) por la suerte de López. La dirigencia partidaria, los medios de comunicación, los sindicatos, las organizaciones profesionales: se diría que todos, excepto algunos espacios, partidos de izquierda, organismos de derechos humanos y luchadores sueltos o agrupados en colectivos de escasa cuantía, se han olvidado de López.

Esto no sería así de haber alguna amenaza de rayos y centellas, o serios conflictos sociales, o importantes liderazgos progresistas por fuera del oficialismo, u otras circunstancias en ese sentido. Inclusive porque muchos o unos cuantos oportunistas de peso habrían aprovechado la desaparición de López para arrimarse voluntades. Hasta por derecha. Esa derecha que, individual y orgánicamente, ni siquiera tiene la fuerza para encajar a López dentro de su discurso de mano dura contra la “inseguridad” (podría decirse que ese dato tiene aun más peso que los límites morales a que la obligaría su participación en el terrorismo de Estado). Las cosas tienen el soporte de un gallardo andar de la economía, reforzado la última semana por los números de incremento en la construcción, los autos y los servicios bancarios. Y ni la persistencia de una injusta distribución de la riqueza, a la par de una tasa de pobres e indigentes que sólo disminuye en forma abrupta en las cifras oficiales, es capaz de alterar a una sociedad con alto grado de conformismo, o aceptación, en torno del rumbo gubernamental.

No es del caso evaluar la justeza de ese estado de ánimo popular. Pero sí lo es arriesgar que en medio de ese humor apaciguado –con los sucesos del 2001/2002 todavía a la vuelta de la esquina–, López es una noticia que nadie quiere escuchar. Y mucho menos se quiere escuchar cualquiera de las dos alternativas que, a esta altura, todos imaginan aunque nadie lo diga en voz alta: que aparezca asesinado o que no aparezca nunca más. En ese orden, cabría acotar, por más que el límite sea difuso. Si lo encuentran muerto el aviso es espeluznante, pero si no lo hallan hay un sobrevuelo aterrador de otro rango y profundamente ligado a la memoria de la que ese conjunto indiferente de la sociedad parece no tomar nota. O la tomó y no quiere asimilarla. O la tomó y no le importa.

En cierto aspecto, la situación tiene algo paradójico. Porque esta misma sociedad tuvo sectores lúcidos y combativos que permitieron llegar más rápido y más lejos que el resto del mundo en el juzgamiento y castigo de los genocidas (vayamos acá nomás: Pinochet fue velado con honores militares y la presidenta Bachelet lo aceptó porque es “de todos los chilenos”). Aquí hubo muchos retrocesos que, sin embargo, nunca significaron vuelta atrás. Sí en el Ejecutivo de turno, en el Congreso y en la Justicia de los tribunales. No en el establecimiento de la condena generalizada. Los imprescindibles consiguieron que los milicos del Proceso fueran mala palabra y que defenderlos, en público, resultase vergonzante para sus propios acólitos y para el tilingaje que vive en un bonsai. Y lo conquistaron sin una sola actitud de venganza personal (como no sea la olvidada pero inolvidable trompada de Alfredo Chávez a Astiz, en Bariloche, hace años). ¿Cómo dejar de apuntar, entonces, que la sociedad no se merece respecto de sí misma el olvidarse de López? Está bien: nunca fue todo el pueblo el que se encolumnó tras la causa de los derechos humanos en su vinculación con las violaciones de la dictadura. Pero en los libros ya estamos como el lugar donde se condenó al horror de un modo incomparable. ¿Vamos a rifar esa épica, esa argentinidad con orgullo, olvidándonos de López?

Con alguna ingenuidad, uno aspiraría a que los diarios salieran todos los días, o de vez en cuando, con una faja impresa que recordara la necesidad de encontrarlo. Que los noticieros de la televisión y de la radio ubicaran cada tanto una placa o un spot con su nombre. Que periódicamente alguien se acordara, en sus comentarios mediáticos, en sus discursos políticos, en sus análisis periodísticos, de que seguimos sin López. Por lo visto, no se puede o no se debe o no se quiere. Pero, como fuere, estaríamos marchando hacia un espejo de nosotros que nos devuelve la peor imagen, siendo que tenemos con qué recibir una mucha mejor.

La muerte no borra nada porque quedan siempre las cicatrices. Se suponía que las nuestras eran cicatrices enormes pero cerradas bien, más o menos bien. No seamos capaces de volver a abrirlas para cerrarlas peor.

Salutes

domingo, diciembre 17, 2006

Figurita Repetida

El plan electoral que sacaron de la galera el gobernador Felipe Solá y su ministro de Justicia Eduardo Di Rocco tiene un indisimulable aire de familia con el presentado por el ex presidente Carlos Memen, también en el último año de su mandato. Así se desprende del Plan Nacional de Reforma Judicial, la nueva justicia del siglo XXI, editado por el ministerio de justicia de la Nación en 1998 y que sigue a su vez los lineamientos propuestos por el Foro de Estudios Sobre la Administración de Justicia, FORES. Ya en 1990, cuando se debatió el copamiento de la Corte Suprema de Justicia por una mayoría automática, el camaleónico diputado Franco Caviglia citó a FORES en apoyo del proyecto menemista durante el debate en la Cámara de Diputados.

Los trabajos de FORES en los que se basó Menem y ahora Solá fueron financiados con aportes del Consejo Empresario Argentino y de los bufetes que atienden a las mayores empresas transnacionales y grupos económicos locales. Entre ellos está el de Roberto Durrieu, viceministro de Justicia del ex dictador Jorge Videla y ahora abogado y asesor del empresario Juan Blumberg en materia de seguridad y justicia. La eventual candidatura de Blumberg en las boletas del hombre de negocios con el Estado Maurizio Macri explica el intento del gobierno bonaerense por adelantárseles y expropiarles su discurso en las materias que según todo indica serán centrales en la campaña de la fórmula de los empresarios. Esto también ayuda a entender el sentido de la reforma, que refuerza la selectividad del sistema penal sobre los sectores marginales de la sociedad, que cometen delitos en la calle, y nada propone respecto de los delitos complejos propios del crimen organizado.

Consignas en las paredes

Aunque la presentación institucional de FORES dice que fue creada “hace más de 25 años” por “un grupo de abogados independientes” cuyo interés era “una justicia eficaz y transparente al servicio del ciudadano”, se trata de una institución de lobby creada en el emblemático año 1976 con el objetivo entonces explícito de defender a la dictadura militar de los cargos que se le formulaban por violaciones a los Derechos Humanos y consolidar desde la Justicia las victorias de la guerra sucia. Una década después del golpe, en 1985, FORES publicó un libro reivindicativo de la represión ilegal titulado Definitivamente nunca más, la otra cara de la Conadep, en el que se afirma que “los maestros que envenenan la mente” son los responsables cuando un grupo armado “arranca a un muchacho de su casa y lo acribilla a balazos”. Quienes hoy escriben “en las paredes consignas terroristas, morirán abatidos por las fuerzas de seguridad. ¿Estos solos serán los asesinos?” Desde que Néstor Kirchner llegó a la presidencia FORES se opuso en forma sistemática a todas sus iniciativas en materia de justicia y seguridad, e impugnó los pliegos con las designaciones de Esteban Righi (FORES sostuvo que la Ley de Amnistía de 1973 y la disolución del Camarón Federal en lo Penal “destruyeron las vías legales de combate al terrorismo, contribuyendo a la posterior represión ilegal”), Raúl Zaffaroni (“centra su preocupación en los derechos de los imputados”) y Carmen Argibay (“realizó imprudentes declaraciones periodísticas sobre el aborto”). La influencia de este grupo de presión no se limita a la provincia de Buenos Aires. El ex director académico de FORES Germán Garavano fue propuesto como Fiscal General de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el jefe de gobierno Jorge Telerman, a pedido del bloque macrista. La Legislatura aún no aprobó ese pliego, en un trámite a espaldas de la ciudadanía.

Con el plan de Solá-Di Rocco en la provincia y con Garavano al frente del ministerio público porteño, el Area Metropolitana quedaría unificada bajo los conceptos ideológicos de FORES. Esto implica en la provincia una derrota del ministro de Seguridad Carlos Arslanian, quien es autor de un proyecto distinto de reforma, y en la Nación de los criterios participativos y de transparencia que impulsó el gobierno nacional con los decretos sobre designación de jueces federales y de la Corte Suprema. Arslanian, presidente del tribunal que en 1985 condenó a Videla, es el único funcionario del gobierno provincial que polemiza con las afirmaciones efectistas y lineales de Blumberg.

El discurso con el que Menem presentó el plan maestro en 1998 fundamenta la reforma en la lentitud de los procesos judiciales y la imposibilidad de los jueces de entender en enormes cantidades de causas e igual que su ex secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca propone mejorar el gerenciamiento de los recursos de la administración de justicia para que el trabajo del personal sea más eficiente, ya que, Menem dixit, “los problemas de la justicia no son de recursos financieros ni de dotación de personal, sólo se requiere una mejor planificación y administración”. Las mejoras en la eficacia del sistema sólo generan rechazo en sectores internos del Poder Judicial que no desean cambiar sus asentadas rutinas. Pero las disidencias aparecen cuando se analiza la política criminal que debería aplicar ese aparato una vez reformado.

Sin defensa

Ni las propuestas de FORES, ni el programa de Menem ni la reforma enviada por Solá a la Legislatura de su provincia contemplan el recurso de Casación ni la Defensa Pública. Esto es especialmente grave en una provincia en la que las tasas de encarcelamiento son las que crecen con mayor rapidez en el mundo después de Estados Unidos y nueve de cada diez personas privadas de su libertad carecen de dinero como para contratar un abogado de confianza. Según estadísticas oficiales suministradas por el propio Di Rocco, 80 por ciento de quienes abarrotan las cárceles y comisarías bonaerenses no tienen condena firme y un tercio de ellos serán absueltos cuando terminen sus juicios. Esto significa que entre 6000 y 8000 inocentes viven sometidos al régimen despiadado que administra la provincia y que tuvo su expresión más acabada en el incendio de la Unidad Penal de Magdalena donde murieron 34 personas. Con cierta astucia discursiva, Solá reconoció esta realidad y dijo que en Buenos Aires no había justicia ni para los inocentes ni para los culpables. Pero las enmiendas que propone tienden a obtener más condenas en menos tiempo entre los sectores más desprotegidos, dado que no se aplicarán a los delitos más graves y complejos, que la justicia provincial no está organizada para perseguir.

La reforma que se inició en la década pasada contemplaba el recurso de Casación y una Defensa Pública de alcance provincial, pero su autonomía fue recortada por el ex Procurador Eduardo Matías De la Cruz. La subordinación de la Defensoría a la Procuración General crea una situación de desigualdad entre las dos partes enfrentadas en el proceso penal, amen de la distribución de recursos, que desde siempre posterga a los defensores. Este tema quedó atrapado en un capcioso debate acerca del instrumento jurídico que podría devolver la autonomía perdida a los defensores, entre quienes sostienen que es precisa una reforma constitucional y quienes entienden que bastaría con una ley provincial o incluso una resolución de la Procuración General. La Constitución provincial sostiene que el Procurador General ejerce la superintendencia sobre los demás miembros del ministerio público, entre ellos los defensores. Pero esta disposición, redactada con algún descuido no puede anular una de las garantías fundamentales establecidas por el artículo 18 de la Constitución Nacional sobre la inviolabilidad de “la defensa en juicio de la persona y de los derechos”. Esa misma ley superior dice que el ministerio público tiene dos cabezas, el procurador y el defensor general, todo lo cual basta para concluir que si un caso por violación a la igualdad ante la ley llegara a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, su pronunciamiento no sería complaciente con el ordenamiento bonaerense. La Comisión Provincial por la Memoria se entrevistó varias veces con el gobernador Solá, quien prometió la creación de una Defensoría General autónoma, pero nunca lo cumplió. La comisión fue recibida también por el presidente Kirchner, quien dijo que los problemas de la seguridad y la justicia bonaerense tenían una proyección nacional y prometió visitar algunas cárceles de la provincia, escenario das peores violaciones a los derechos humanos que hoy ocurren en el país. Sin embargo esa visita nunca se produjo y el presupuesto y las facultades de la Defensa fueron cada vez más restringidos. A la muerte del Procurador De la Cruz y al ser propuesta para sucederlo, la ex secretaria de justicia y ex diputada nacional María del Carmen Falbo sostuvo que restituiría la autonomía a la Defensa, lo cual incluía la reactivación del banco de datos sobre torturas y tratos inhumanos y degradantes que llevaba el Defensor de Casación, Mario Coriolano. Pero una vez designada mantuvo la situación anterior.

Aunque su nombre es Defensoría de Casación, el organismo que Solá se propone disolver interviene también ante la Suprema Corte de la Provincia, ante la Corte Suprema de la Nación y ante tribunales internacionales de derechos humanos. Creada en 1998 encaró su trabajo desde una perspectiva de protección a los derechos humanos y de prevención de la tortura y los malos tratos a personas privadas de su libertad. Por eso, sus planteos fueron acompañados por la Comisión Provincial por la Memoria, que presiden Adolfo Pérez Esquivel y Hugo Cañón y cuya vicepresidenta es Laura Conte, por las ONG más importantes del país y del mundo y por el Sistema Interamericano de protección a los derechos humanos. Sus planteos en los litigios de casos lograron importantes cambios de jurisprudencia y permitieron hacer efectivos los derechos constitucionales a la doble instancia en materia penal, a la defensa en juicio y al debido proceso. La Defensoría también creó un centro de estudios penales (CEDEP). La Comisión Provincial por la Memoria propondrá modificar el proyecto oficial de modo de que no se pierda la Defensoría ante la Suprema Corte de Justicia. Según el texto que elevarán al Poder Ejecutivo, tanto el Procurador como el Defensor deberán prestar juramento ante la Suprema Corte, una forma simbólica de equiparación. En forma expresa, la Comisión propone que “el cargo de Defensor ante la Suprema Corte de Justicia continuará siendo desempeñado de modo permanente por el actual Defensor de Casación y su Adjunto”. Esta sensata sugerencia choca con la inquina personal de Solá hacia el titular de la Defensoría, Mario Coriolano, por sus constantes investigaciones sobre casos de torturas a personas detenidas, que el autorreferencial mandatario interpreta como ataques personales.


Salutes

Me entiende?

El dilatado, lóbrego reinado de la inseguridad en la Argentina halla en los secuestros extorsivos una de sus facetas más dramáticas. De allí que cada vez que ocurre uno de ellos la sociedad se ve sacudida por el delgado hilo de un destino que está en manos de perversas escorias, de policías muchas veces no fiables, de una familia hundida en la desesperación y de la fatalidad misma, que suele obrar con capricho y con saña.

A estos tormentosos factores se suma la presencia publicitada y comedida de Juan Carlos Blumberg. El ingeniero cobró notoriedad luego del secuestro de su hijo y se convirtió en una especie de símbolo de la resistencia de la sociedad civil contra una ola delictiva que, procreada en las abismales situaciones de injusticia que castigan al país, parece haberse instalado con pronóstico definitivo. De allí que sus convocatorias como padre signado por la tragedia hayan recibido el respaldo solidario de numerosos sectores.

Los problemas empezaron cuando Blumberg buscó convertirse en un experto en la lucha contra la inseguridad, en general, y en la resolución de secuestros, en particular. Hizo giras por algunos países buscando soluciones que no encontraba en el saber acumulado en el país y volvió con ideas tan innovadoras como la del trabajo forzado para los presos, entre otros anacronismos. Y presionó a los políticos para que aprobaran leyes duras que finalmente no gravitaron en la geografía del delito, mientras muchos lo cortejaban y "medían" sus posibilidades como candidato.

Razones no les faltan a los políticos para querer llevar a Blumberg a ese terreno, ya que si no se reconoce como tal, actúa como un genuino operador. Si no, no se entienden sus intrusiones en los nombramientos de la Justicia, ni sus rituales diatribas contra Solá y Arslanián, probablemente el hombre que más hizo para expugar lacras de la Bonaerense.

Pero en el reciente caso Ianone, el ingeniero desbordó. La familia se mostró remisa a su gestión de "buenos oficios" y se introdujo en ella a través de un tío. Cuando los delincuentes se dieron cuenta que las negociaciones —que debían ser secretas— se filtraban a la prensa comunicaron que a Hernán lo devolverían "en una bolsa". La familia, sensata, fletó a tío e ingeniero en un mismo acto. Una vez liberado, el joven contó que los secuestradores lo trataron bien hasta que apareció Blumberg en los medios. A partir de allí, suplicios: golpes, amenazas y hasta simulacros de fusilamiento. Después vino el pago y la liberación. Y también la acusación de la madre de Hernán hacia Blumberg por interferir y la denuncia del ingeniero y el tío sobre una presunta "mejicaneada" policial.

Más allá de esto, seguramente ningún dolor de padre ni ningún presunto saber "experto" otorga el derecho de infligirle a quien está pasando una temporada en el infierno una ración de adicional de padecimiento. La acción contra el delito requiere sin duda de honestos funcionarios, que, por cierto no parecen sobrar. Pero profesionales. Sería más saludable para todos que los aficionados se queden en sus casas.


Salutes

lunes, diciembre 11, 2006

Que habrá hecho el infierno para merecer esto?

Y se murió de viejito nomás. En una cama, del corazón (un corazón al que sólo acudió para morir tranquilo), rodeado de fascistas y dolorosamente impune. Cuesta encontrar las palabras para expresar la monstruosidad de este hombre. Cuesta expresar la tragedia que implicó en nuestras vidas. Inauguró el golpe sangriento, con torturas sin límite, con desaparecidos. Todo golpe cruento, asesino, tomó su nombre: pinochetazo. Aquí, a mediados del ’75, todos lo decían: “Lo que se viene es el pinochetazo”. Debimos saberlo desde el ’73. Debimos saber que el adversario no sólo era poderoso, sino que era criminal. Debimos haber puesto cautela en nuestra mano; no frenarla, no pararla, pero reflexionar que lo de Chile nos dejaba muy solos, era muy desmedido y reclamaba eso: cautela. Pero estábamos embalados. En esa época las fronteras parecían más lejanas. Si algo pasaba en Chile, no tenía por qué pasar aquí.

En seguida llegó la foto del carnicero. Es la perfecta caricatura del general golpista sudamericano. La jeta erguida, bigote, anteojos negros. Después, la noticia de la muerte de Allende. Decían: se suicidó. Un periodista le pregunta a Ricardo Balbín qué haría él en una situación así. El compadrito de comité se mandó una histórica: “¡Ah, no! A mí no me hacen eso”. No recuerdo qué dijo Perón. Nada memorable, sin duda. Poco tiempo después cruzaba la cordillera y se entrevistaba con el carnicero. ¡Qué vivos están estos recuerdos! Los dos bien trajeados de milicos. Con capas y todo. Le gustaban las capas a Pinochet. Al día siguiente o a los dos días empezaron a llegar los exiliados, los que apenas habían salvado el pellejo o los que habían sido escupidos del Estado Nacional. Estaban desechos. En Ezeiza, el gobierno argentino les tomó huellas digitales hasta de los dedos del pie. Les tomaron todos los datos, los ficharon bien fichados, les hicieron saber que si algo raro hacían duraban media hora sin ser arrestados. El Descamisado publicó las fotos y tituló: “Esta vergüenza se hace en nombre del peronismo”. Claro que sí: eso hizo el peronismo. Lo habría hecho cualquier gobierno argentino. Pero el peronismo de esos días era pinochetista. Cosa que, en algún oscuro rincón de su alma, siempre puede volver a ser si es necesario.

López Rega habrá brindado con champán. El carnicero de Chile estaba enseñando cómo se arreglan las cosas con el marxismo internacional, con la sinarquía apátrida. Nosotros empezamos a enterarnos de las peores cosas. Las versiones que llegaban sobre las torturas y las violaciones del Estado Nacional estremecían. ¿Era posible tanta crueldad? Se sabía que estaba lleno de tipos de la CIA el Estadio. Que los de la CIA eran especialmente activos en torturar y hasta enseñaban a los empeñosos chilenos cómo hacerlo. Las mujeres que maltrataron a Allende con los cacerolazos salieron a festejar. Otros agarraban lo que tenían a mano y huían.
Un día lo fue a ver Borges. El carnicero estaba orgulloso: el gran escritor había cruzado la cordillera y estaba feliz de verlo. Le puso una condecoración bien llamativa. El gran escritor –el que decía un mar de concheterías bobas cada vez que “comía”, porque un concheto no “almuerza” ni “cena”, “come”, en lo de Bioy Casares– le dijo al carnicero: “Me honra esta condecoración porque Chile tiene la forma de una espada”. También la Thatcher lo recibió y le habló con un inglés lento y vocalizado como para que el carnicero entendiera: “Le agradezco su ayuda en la guerra de las Falklands. Sin sus informaciones nuestros pilotos no podrían haber hecho los blancos que hicieron”. El carnicero sonrió, satisfecho, goloso.

Cierta vez estaba en una clínica en Londres. Golpean a su habitación. Entra una mujer joven y resuelta, treinta años, por ahí. El carnicero, siempre seductor, sonríe y dice: “Pasa, niña. Dime, ¿a qué vienes?” “A arrestarlo, general. Por violaciones a los derechos humanos.” Se enfurece y llama a sus matones: “¡Saquen de aquí a esta comunista!” Días después regresa a su país. Llega en silla de ruedas. No bien baja del avión se pone de pie y saluda a los suyos. ¡Pícaro el carnicero! Otra vez había engañado a todos.

No sirve para nada que se muera. Que estos tipos se mueran cuando ya mataron a todos los que querían matar es un pobre consuelo. Ni un cáncer vale desearle. Nadie va a revivir por eso. Nadie va a sufrir menos de lo que sufrió. Deja, para colmo, problemas. Los militares de su país (al que le aseguró la economía y todos sabemos cuánto aprecian esto los pueblos) lo honrarán desde las armas. Michelle Bachelet no lo honrará desde el Estado. Pero habrá que organizar actos en toda América latina. El New York Times ha anunciado su muerte como la de un cruzado contra el marxismo. Puño de hierro, dictador, pero un hombre que no dudó. Fue la suma de las peores cosas que un ser humano puede ofrecer: lo de asesino lo sabemos, pero fue, además, ladrón, mentiroso, cínico, se rió de sus adversarios y de sus muertos. Descansará en paz porque morirse es eso. Pero que no tenga paz su memoria. Que nadie olvide sus crímenes. La era de horror que inauguró. Que en las escuelas argentinas se sepa que Pinochet es parte de nuestra historia, porque prefiguró nuestra pesadilla, porque inspiró a nuestros verdugos. Que gane la verdad por sobre la mentira con que sus adeptos buscan protegerlo. Que su nombre infunda pavor y que ese pavor se transforme en coraje: nunca más un Pinochet. Que haya un busto suyo con una placa en todos los países del mundo. Que esa placa diga: “Augusto Pinochet, asesino”. Porque olvidarlo sería como olvidar Auschwitz, el Estadio Nacional, la ESMA.

Salutes

sábado, diciembre 09, 2006

El Pensamiento Señora Gorda

El creciente imperialismo del pensamiento políticamente correcto va deviniendo cada vez más en la actitud intelectual propia de la Señora Gorda hacia el devenir de las cosas.

El personaje fue popularizado por Landrú allá por los '60. La Señora Gorda era una mujer paqueta que vivía atrincherada dentro de una mullida burbuja en Barrio Norte, cultivaba una ignorancia completa sobre la marcha del mundo y sus alrededores y se sorprendía ante cualquier acontecimiento que le proveyera la realidad en forma de noticia, ante el cual solía reaccionar con una muy limitada artillería de prejuicios.

El pensamiento Señora Gorda hoy parece ser el extremo señor Hyde del atildado doctor Jeckyll políticamente correcto.

Ambos se basan en una voluntariosa buena intención. La diferencia es que el pensamiento Señora Gorda resulta impermeable a cualquier amague de inteligencia y se caracteriza por un candor impenetrable. El mecanismo es simple: primero, asombro, casi pavor, ante el suceso y luego un estallido catárquico de santa indignación que obtura todo intento de conocimiento o reflexión.

Así, al pensamiento Señora Gorda —paradojalmente, lo con trario al ejercicio de pensar— cada noticia, aunque se trate de la más reiterada —un crimen en un asalto, un accidente múltiple, una masacre en Oriente Medio, un desmán en una cancha o el creciente número uniones de hecho— le explota en la cara con la potencia única de un 11 de septiembre.

Los sucesos del país y del mundo no se gestan en un repollo. En general, su abrumadora mayoría tiene una historia, se producen en un marco, surgen encadenados en una serie porque siempre forman parte de una cierta secuencia y narración histórica. Desde luego, hay excepciones: el descubrimiento de la materia oscura o la irrupción del sida. Pero aún así, cuando ocurrieron la cultura ya almacenaba una teoría física sobre el fenómeno y, por otro lado, una historia de los virus.

Un de los aspectos más melancólicos de esta mutación de un tipo de pensamiento a otro se da con creciente ímpetu en el periodismo de los medios electrónicos. Solemos contemplar en la tele a periodistas consternados ante acontecimientos perfectamente vulgares desde el punto de vista noticioso. O escuchamos en la radio los típicos "¡Qué barbaridad!" y "¡Qué increíble" que jalonan el intelecto de la Señora Gorda confrontada con hechos muy lejanos a su comprensión.

Contar en la Argentina con un número importante de sindicalistas, intendentes y policías bonaerenses, jueces, colectiveros y dirigentes e hinchas de fútbol políticamente incorrectos hasta la indignidad no debería, creo, servirnos de consuelo.

Salutes

viernes, diciembre 08, 2006

Demonios

Más allá de un lineamiento ideológico, el fascismo es una actitud de vida. Puede ser tanto de derecha como de izquierda. Y aclarando esto, quiero hacer referencia al fascismo de la derecha, que puede no ser lo mismo que la derecha. No lo sé, pero puede no ser. Lo que sí sé es que el fascismo de la derecha nunca descansa en nuestro país. Es ordenado y prolijo y cada tanto se despierta de manera abrupta en las luminosas mañanas. Aunque vivan blindados, descubren que las garantías de seguridad no les bastan. Entonces desempolvan el noble concepto de que también tienen el deber de “garantizar” la democracia a través del “compromiso” republicano.

El temor que me provocan estas cosas, a las que lamentablemente adhieren no pocos miembros de la flor y nata de la sociedad, me dan la pauta de que quienes están detrás de todo ello, si bien puede ser que se encuentren desarmados de balas, cosa que dudo, de lo que sí estoy convencido es que no se desarmaron ideológicamente en sus intenciones, las cuales están ligadas a la preocupación de que “a seguro se lo llevaron preso”.

Y mientras la Justicia decretó que a “Etche-colatz se lo lleven preso”, como consecuencia de ello López está desaparecido durante más de dos meses por los amigos de “seguro”.

El caso López es un nuevo punto de inflexión. No quiero dentro de 30 años lamentarme de lo que no digo en este presente. Porque todo acto de la memoria judía debe ser, a su vez, un acto de denuncia. Lo de López es paradigmáticamente grave, serio, dramático y sagrado. Lo que demuestra que 30 años marcan un período importante en una historia que no cierra sus heridas y que permiten comenzar a analizar algunos tópicos que resultan, a la luz de la distancia, importantes para debatir. Pero a su vez sería una deshonestidad intelectual pensar los 30 sin los 20 y sin los últimos 10. Porque la historia es todo un devenir.

En este sentido, quiero compartir algunas sensaciones subjetivas. Pocas, porque me cuesta fraccionar “el tiempo” y realizar un corte tajante “en el tiempo”. Pero se me ocurre que esas sensaciones deberían “con el tiempo” resultar “líneas de trabajo”, para modificar “líneas de conducta” de nuestro presente.

Una de esas líneas de trabajo debería estar trazada a partir del punto de partida de que no se ha dicho lo suficiente acerca de la teoría de los dos demonios. Esta proposición sostiene que existieron dos bandos que se enfrentaron en una contienda. Lamentablemente, esta teoría no ha sido suficientemente repudiada y, por no haberla repudiado tanto, la endemoniada teoría de los dos demonios, para nada pasada de moda, dejó marcas que son “absolutamente” peligrosas, y utilizo el carácter de “absoluto”, ya que la misma instituyó una licencia cultural que abrió las puertas a un relativismo ético. El relativismo ético no es una postura filosófica sino un mecanismo sofista inventado, en este caso, por alguna clase dirigente y social, de la que podemos leer en los diarios, que si bien se resguarda en el lamento de lo acontecido culpando a algunos, acompaña con suma elegancia la verdadera irresponsabilidad de no haber elevado la voz como condición necesaria y suficiente, al permitir que el sistema democrático se interrumpa en el ’76, que 30.000 desaparecidos rieguen con su sangre nuestra tierra, que cientos de niños, hoy ya jóvenes adultos, no encuentren su verdadera identidad y que en definitiva haya quedado un vacío moral en todos los órdenes del quehacer cotidiano. La ausencia de López es una parte de ese vacío moral.

Mientras tanto, los duodemonistas creen quedar libres de cualquier cargo que la historia, y no la justicia de los tribunales, les pudiera llegar a atribuir. Y lo peor es que a esta altura la teoría de los dos demonios es la garantía democrática para que militares puedan sentirse libres de vociferar en Plaza San Martín, durante el mes de mayo pasado, junto a Bignone, el pensamiento de sus conciencias.

La teoría de los dos demonios, que a mi gusto ideológicamente tiene grandes fisuras porque atenta contra la naturaleza misma del Estado, es más que una falacia. Es una mentira.

Una falacia puede no sostenerse por la lógica misma, pero la propuesta duodemonista es una mentira, ya que sus premisas son un engaño. No tiene ningún asidero fáctico en virtud de la desproporción numérica de los “ambos bandos” supuestos. Y atenta contra la función del Estado ya que desvirtúa el sentido unívoco de los derechos humanos. Y cuando me refiero a ese sentido unívoco vale la pena comprender que, por definición, el único que puede violar los derechos humanos es el Estado.

Por lo tanto, ante la reaccionaria pregunta, ¿dónde están los derechos humanos de los policías o del ejército?, se debe aclarar que la pregunta está mal formulada, porque son la policía y el ejército los que deben resguardar los derechos humanos. Esa es parte de su función.

Tengo la sensación de que el duodemonismo resultó ser el nieto del “por algo será” y, cuidado, porque regresa más seguido de lo que nos imaginamos y puede llegar a unirse con alguna otra hipótesis y mutar y transformarse en una teoría negacionista. Como, por ejemplo, que las listas con los nombres de los desaparecidos que aparecen en este libro no son reales, que los desaparecidos no son tales, o que están tomando sol en algunas playas de Europa, como se dijo durante tanto tiempo.

El duodemonismo también está íntimamente emparentado con la magnitud y las variables de los silencios que son paralelamente destructivos como las acciones que pueden llevarse a cabo. Porque es el eco del silencio el que otorga el consentimiento para que se produzcan nuevas desapariciones. Y volvamos a insistir en el nombre de Julio López.

Como ejercicio espiritual, vale la pena releer el libro de Jacobo Timerman Preso sin nombre celda sin número, citado en este informe de la Cosofam, en el que en pocos y contundentes párrafos el renombrado periodista medita acerca de la complicidad del silencio permitiéndonos comprender que una sociedad siniestra es aquella que se compone de muy buena gente que no dice absolutamente nada.

Salutes

lunes, diciembre 04, 2006

Las frases del tirano

Resulta imposible hablar de Augusto Pinochet sin hacer mención de algunas frases que describen su pensamiento original. Por ejemplo, en 1973, poco después del golpe, el tirano chileno fue el que utilizó por primera vez la siguiente metáfora: “Ayer estábamos al borde del abismo, hoy hemos dado un paso hacia delante”. Cuando definió su proyecto de Nación, en 1980, anunció que “de cada siete chilenos, uno tendrá automóvil; de cada cinco, uno tendrá televisor, y de cada siete, uno tendrá teléfono”.

El 31 de diciembre de 1973, cuando volvió a explicar las razones del golpe contra el presidente constitucional Salvador Allende, indicó que “la democracia, que siempre hemos respetado, será custodiada por las instituciones armadas, para impedir que pueda ser violada”. Dijo esto cuando la democracia ya no existía y solamente quedaba lo de “custodiada por los militares” y “ser violada”. En una entrevista, que fue publicada en 1999, le preguntaron por qué siempre usaba anteojos negros y el hombre respondió: “La mentira se descubre por los ojos y yo muchas veces mentía”.

Con las frases de este personaje patético que aparece como la contracara ética del presidente Salvador Allende en el espejo donde los chilenos se proyectan al mundo, podría escribirse un libro y sería para reírse si no fuera por el trasfondo sórdido. Cuando este hombre, al que no se le reconoce rasgo de grandeza, decía que mentía, era verdad.

Había conocido a Allende en 1948 cuando, como autoridad militar, le negó al dirigente socialista el permiso para visitar a presos comunistas en Iquique. Pensó que Allende lo odiaba desde aquel entonces y por eso se asustó cuando ganó las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1970. Y no pudo entender la razón de que no lo pasara a retiro. “Yo creo que me confundió con otro general que se llamaba Manuel Pinochet”, explica en su autobiografía. “Por supuesto –agrega– me aproveché de esa confusión y nunca la aclaré porque entendí que había que aprovechar en su contra a la herramienta principal de los marxistas, el engaño”.

Mintió tan bien que ni sus colegas estaban seguros de que se sumaría al golpe que encabezó en un primer momento el general Gustavo Leigh. Del ’70 al ’73 había sido el militar servicial y eficiente por excelencia, al punto que cuando el general profesionalista Carlos Prats debió ser relevado en el comando del Ejército, fue el mismo Allende quien lo eligió para reemplazarlo. Al mes siguiente lo traicionaba y al poco tiempo traicionaba a Leigh y se convertía en “el único militar en todo el mundo que había derrotado a un régimen marxista”. El hombre se ponía los moños con ese título y se convertía en símbolo sexual de la derecha y la ultraderecha planetaria. Por la formación prusiana de los militares chilenos, amaba el pasado alemán pero odiaba su presente democrático y reunía su lista de insultos especiales cuando se refería a ellos: “Hoy tenemos un ejército alemán de marihuaneros, drogadictos, melenudos, homosexuales y sindicalistas”.

“Ladino, cazurro, simplista y de increíble astucia y frialdad, con su cuota de pragmatismo, sabía hablar al oído de una cantidad no despreciable de chilenos”, dice Joaquín Fermandois, de la Universidad Católica de Chile. Para desgracia de los chilenos, ni siquiera se trató de un personaje con grandeza, como suele suceder por lo general con los dictadores militares que esconden su pobreza moral detrás del engolamiento y el uniforme. Sin embargo, para muchos chilenos, Pinochet era “el Tata”, una especie de abuelo autoritario y al mismo tiempo bondadoso. Pero era una imagen sostenida en gran medida por el fuerte control de los medios durante la dictadura. Ya en los últimos tiempos, esa figura del “Tata” había desaparecido detrás de las numerosas acusaciones sobre enriquecimiento ilícito.

En su autobiografía, Pinochet insiste en mostrarse como un luchador contra el marxismo leninismo chileno desde su más tierna edad. Pero en la biografía que escribió el historiador Gonzalo Vial se subraya que es poco lo que se conoce del general antes del golpe de 1973. Son pequeñas anécdotas triviales y burocráticas de un militar sin mucha intervención en la política. Lo describe como a un hombre al que le gustaba mandar, pero que también aceptaba, con eficiencia y sumisión, el lugar de segundo. Un hombre que no buscó el poder, pero que se lanzó sobre él cuando lo tuvo a tiro.

Para mostrarlo más despreciable, también están las grabaciones del día del golpe, el 11 de septiembre de 1973, cuando por radio aconsejó a sus colegas generales que deberían ofrecerle a Allende, quien se había atrincherado en el palacio de gobierno, un avión para permitir su salida del país, para arrojarlo al vacío durante el viaje. “La opinión mía –dice el textual grabado– es que estos caballeros se toman y se mandan por avión a cualquier parte, e incluso por el camino los van tirando abajo.”

Pero el colmo de su histrionismo fue la exhibición que realizó cuando fue detenido en Gran Bretaña por una orden de captura del juez español Baltasar Garzón. Hizo la actuación del viejo baboso con descontrol de esfínteres para lograr que los ingleses lo mandaran de vuelta a Chile. Y lo logró. Pero cuando pisó tierra de su país, dejó la silla de ruedas y recibió a pie y caminando erguido el saludo de los militares chilenos que lo estaban esperando para homenajearlo.

En 2005 le preguntaron si él, como presidente de la República, era jefe directo de la DINA, la policía secreta del régimen. “No me acuerdo, pero no es cierto –respondió–, no es cierto y si fuera cierto, no me acuerdo.” Pero hay otra frase donde no mintió y revela la candidez elemental de su brutalidad. Fue cuando le preguntaron por los desaparecidos durante su dictadura y él, entonces comparó la cifra con los 14 millones de habitantes que tiene Chile: “Dos mil no es nada”.

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