sábado, abril 07, 2007

Algunas claves para entender que pasa en Neuquén

1. Neuquén ha vivido desde siempre una política articulada alrededor de dos polos de intereses contrapuestos: los empleados estatales y los empresarios-cuentapropistas del sector privado. Es cierto que aquí, como en todas las provincias patagónicas, el empleo estatal es muy importante cuanti y cualitativamente, pero Neuquén cuenta con un importante sector empleador empresario que se arma alrededor del petróleo, el turismo, la construcción, la actividad chacarera. Muchos son pequeños empresarios, y también arrastran, simbólicamente e ideológicamente, a los pintores, albañiles, plomeros, mozos, empleados petroleros y demás. Este sector ve a los empleados estatales (maestros, médicos, enfermeras) como hijos del privilegio que cobran su sueldo todos los primeros, sin correr riesgos, con obra social, jubilación, etc., y además están permanentemente armando quilombo. Los empleados estatales entienden que los privados son todos burgueses capitalistas despreocupados por el bien común y que son, además, fachos. La amenaza de ATEN de cortar la ruta 22 significaba, además, impedir el traslado de turistas hacia la zona cordillerana: durante la semana anterior a la represión, las cámaras empresarias turísticas, gastronómicas, de transporte bombardearon los diarios regionales con solicitadas pidiendo represión. Pero acá hay una diferencia:

2. El cambio en rol del Movimiento Popular Neuquino. A diferencia de otros partidos provinciales (por caso, el bloquismo sanjuanino o el autonomista salteño) el MPN no se armó como un desprendimiento de un viejo partido conservador sino como una alternativa electoral del proscrito PJ. (Para el MPN, leer “La Creación de una Sociedad” de Cavarozzi y Palermo). En esta tradición, el MPN logró desde los sesenta hasta fines de los ochenta presentarse como una alternativa superadora que lograría representar los intereses de ambos polos opuestos, velando tanto por la salud del sector privado como la de los estatales. Además, con su onda neo-desarrollista, el MPN trataba (aunque más no fuera simbólicamente) a los estatales como la columna vertebral del aparato de desarrollo de la provincia. Sobisch alteró dramáticamente este balance, al presentarse abiertamente como el mejor representante de los intereses empresarios y al asumir un discurso antagonizante con los intereses estatales. El estado dejó se presentarse como un árbitro superior para pasar a ser el brazo armado al servicio de la “seguridad jurídica” en la provincia.

3. El armado represivo del sobichismo. Mario Wainfeld le pega en el poste al decir que “la policía de Neuquén tiene fama de ser violenta y despótica. No hay un modo fiable de compararla con la de otras provincias pero, seguramente, no se diferenciará demasiado de la media, en todo caso no ha de ser una excepción a la tendencia dominante. Será de las peores, sin desentonar mucho.” De hecho, ES de las peores. Y no sólo por la policía, sino porque Sobisch viene desde hace mucho reformando las leyes y las instituciones judiciales para reforzar el carácter represivo del régimen. Echó escandalosamente a los miembros del Superior Tribunal de Justicia y los reemplazó por socios y amigos, poniendo de presidente a su abogado personal. Sancionó una nueva ley de seguridad que le da al Ejecutivo la potestad de ordenar represiones sin orden judicial cuando esté “amenazado el orden público”. Intentó dar de baja a la ley de Minoridad y Familia, que era bastante de avanzada, y reemplazarla por una ley que criminalizaba la minoridad en riesgo. Y transformó a la policía provincial en una fuerza de choque que ya tiene varios heridos y por lo menos un muerto en su haber y que se especializa en reprimir manifestaciones sindicales. La gran diferencia es que los muertos anteriores fueron jóvenes, pobres y desocupados de los barrios periféricos neuquinos, mientras que ahora asesinaron a un profesor de secundario, es decir, del núcleo de la clase media provincial, y con toda alevosía frente a las cámaras.

4. La apuesta presidencial de Sobisch. Sobisch hizo en el 2003 el siguiente cálculo: Kirchner no duraba un año y salta por los aires. Menem estaba demasiado gagá para volver, y Reutemann veía cosas por video. Ergo, él estaba destinado a ser llamado por los sectores económicos al poder como la alternativa del partido del orden para sacar el país del caos. Tal proyecto, ya endeble para cualquiera que no partiera de adentro del PJ, se fue al demonio cuando el tiempo avanzó y Kirchner no se cayó. Ahora este proyecto está muerto. Pero hay que agradecer que se haya ilusionado, sino, es probable que Sobisch hubiera reformado la constitución en el 2005 con la reelección infinita.


Salutes

No Matarás

El crimen de Carlos Fuentealba no podría haber sido más elocuente: el balazo en la nuca resume con su estruendo el desprecio por la vida que sudan las políticas de Estado represivas con las protestas sociales. Lo de Neuquén fue, antes que nada, un ejemplo de lo que puede suceder (y no tarda en suceder) cuando un Estado, en este caso provincial, decide usar las fuerzas policiales para reprimir una demanda social. Después viene el contexto, la historia del conflicto docente, las internas en la Ctera, el historial de Sobisch, que se vende en la Capital como promotor de una derecha eficiente, un adjetivo que se pega al sustantivo casi por inercia: ¿para qué son eficientes las derechas? ¿Qué tipo de eficiencia están prometiendo? ¿Cuál es el precio de esa eficiencia? ¿Cuál es el límite? ¿Al servicio de quiénes se pone la eficiencia?

Se contestará: del orden. Ya sabemos lo sensible que es la gente como Juan Carlos Blumberg o Mauricio Macri cuando el orden se altera. Es como si se les hubiese filtrado una piedra en el zapato. El orden alterado los irrita, y es más, hasta se sienten llamados a “interpretar” a una parte de la sociedad que “quiere vivir mejor”.

“Así no se puede seguir”, han dicho todos ellos una y otra vez cuando el orden estaba interrumpido por alguna cuestión que implicaba los derechos vulnerados de un sector. Estudiantes, ambientalistas, militantes, piqueteros, trabajadores, cartoneros, gremios movilizados, todo aquello que el radar de la derecha sintoniza como “perturbación del orden” parece merecer “decisión política”, “coraje” o “valentía”. La valentía o el coraje, se sabe, de tomar medidas impopulares. A eso debe dirigirse la “decisión política”: a operar en el sentido inverso a lo que la derecha llama “populismo”. Para la derecha, cuyos interlocutores son pocos y poderosos, pero están amplificados por los discursos que la misma derecha propala en forma del sentido común del taxista argentino, hay que “atreverse” a reprimir.

Sobisch se atrevió. Y un maestro fue acribillado de un balazo en la nuca. Ese maestro que hoy sabemos que se llamaba Carlos Fuentealba hasta su muerte no era nadie para la derecha. Era un maestro, nadie. Podría haber sido un estudiante, nadie. O un piquetero, nadie. Los hombres y las mujeres reales, de carne y hueso, con nombre y apellido, que integran las protestas sociales para la derecha no son personas cuyas vidas el Estado debe preservar. En tanto luchadores sociales, actores sociales ejerciendo su derecho al reclamo, esos miles y miles de argentinos para la derecha no son nadie: son, en todo caso, parte de la masa crítica que hay que repeler. Resuena la voz del patrón de estancia: a estos morochitos va a haber que hacerlos escarmentar. Acá no me vengan con cortes de ruta ni puentes. Háganlos cagar. Para la derecha, los hombres y las mujeres en tanto ciudadanos y actuando colectivamente no son exactamente hombres y mujeres, sino más bien una fuerza que hay que derrotar.

Después ellos hacen marchas pidiendo seguridad, y se declaran a favor de la vida en varios órdenes confusos: se sabe que el feto en el vientre de la mujer es sagrado, que está bendecido por el toque mágico de la vida. Pero la derecha saca la foto de ese feto. Respeta más al feto que al niño. Abandona al niño ya nacido a su propia y errática suerte, hambreándolo y robándole la frente alta de sus padres.

Es que la derecha defiende la vida de “los particulares”. Como si fuera una compañía de seguros, defiende la vida y la propiedad privada de “los particulares”. Algo particular en tanto privado. En tanto no público. Algo particular en tanto racionado como un bien escaso para algunos. “Los particulares”, esos artificios de la burocracia capitalista, son los verdaderos acreedores del derecho a la vida.

Los otros, los que marchan juntos en la manada, los que obstaculizan medidas o ajustes, los que piden por su parte no son particulares. Quedan abolidos de ese rango porque violan la principal premisa del “particular”: accionan políticamente. Para la derecha, la política es un privilegio de los políticos.

Carlos Fuentealba estaba haciendo política gremial. Era dueño de una historia personal admirable. Alguien que había cumplido un sueño contra la adversidad. No era una adversidad personal ni familiar la de Carlos Fuentealba. Era una adversidad social. La pobreza es una adversidad social. Trabajar toda una vida como administrativo de la Uocra para estudiar mientas tanto y recibirse de maestro a los 38 años es un ejemplo de dignidad ante el que caen las palabras.

Pero hasta que su nuca fue el blanco de un disparo policial, Carlos Fuentealba no era para el Estado provincial ni un ciudadano ni un maestro ni un padre, era nadie. Sólo ante la visión de muchos nadies entorpeciendo el tránsito alguien puede dar la orden de reprimir: las vidas de los que protestan son vidas sacrificables.

Sería interesante que la derecha dejara de ser intelectualmente tan pobre, y enunciara claramente su noción del derecho a la vida más allá del derecho de los “particulares”. No es un tema menor, en un país tan proclive a la sangre.



Salutes