Contrariamente a lo que plantean algunos análisis, la liberación de las dos rehenes en poder de las FARC tuvo su gran perdedor en la figura de Alvaro Uribe, empecinado en aplicar los métodos del ex alcalde de Nueva York Ralph Giuliani, para resolver los gravísimos desafíos que plantea la guerrilla en Colombia. Con su intemperancia abortó una operación que debería haber culminado sin sobresaltos. Tal como lo manifestaran Clara Rojas y Consuelo González en la zona escogida para la entrega de las prisioneras, las operaciones militares se intensificaron en lugar de cesar. Pese a ello la guerrilla dio muestras de una prudencia y una sensatez impropias de gentes calificadas sin más como “terroristas”, y postergó la liberación de las prisioneras hasta asegurar su entrega sanas y salvas, sorteando los intensos bombardeos a que fuera sometida por las fuerzas que representan el orden y la legalidad.
Envalentonado por sus mentores estadounidenses, Uribe montó un show mediático en donde, con desaforada verborragia, atacó sin ton ni son a los involucrados en la operación Emmanuel. Embriagado por su propia retórica, tuvo palabras hirientes para con los varios gobiernos de la región y sus representantes, quienes solidariamente acudieron en calidad de garantes para favorecer el buen éxito de una negociación que el propio Uribe, de haber obrado con inteligencia, tendría que haber sido el primero en facilitar. Sus idas y venidas con relación al tema de los rehenes corroboran una vez más que el principal obstáculo para el canje humanitario y la pacificación del país no es otro que el propio presidente. Por eso el exabrupto que Don Juan Carlos profiriera en contra de Chávez en Santiago se convierte en un sabio consejo: conviene que Uribe le haga caso al enfadado monarca y se calle por un tiempo, dejando que otros arreglen lo que él sólo consigue desarreglar.
Con un Uribe devenido en un anónimo televidente del proceso, se multiplicaron las dudas sobre el margen de soberanía que posee su gobierno para resolver la crisis política colombiana. Más allá de la opinión que se pueda tener acerca de las FARC, es preciso reconocer que una guerrilla que ha sobrevivido a medio siglo de conflicto armado y que controla porciones significativas (si bien cambiantes) del territorio nacional sólo puede hacerlo si cuenta con un importante respaldo en algún sector de la sociedad. De no ser así habría sido aniquilada hace rato. Además, hay que recordar, que cuando a mediados de los ’80 la guerrilla aceptó trabajar en el marco legal y presentarse a elecciones, 5 mil de sus militantes y dirigentes, incluyendo el candidato presidencial, fueron aniquilados salvajemente sin que tales crímenes perturbaran al arcaico andamiaje institucional de Colombia, ni provocara la menor reacción de los autoproclamados custodios de la libertad y la democracia que anidan en torno de la Casa Blanca.
Lo anterior remite al delicado tema de la caracterización de las FARC. Calificarlas como “terroristas”, como prefieren los halcones norteamericanos, sólo alienta la ilusión de una “solución militar” a la crisis. Colombia ya ensayó esa estrategia y sólo logró empeorar las cosas. Como es sabido, los grupos insurgentes cuyo accionar favorece los intereses del imperio son siempre bendecidos por éste con un nombre que los enaltece: “combatientes de la libertad”. Los antagonistas, en cambio, son fulminados como “terroristas”, una caracterización parecida a la que aplicaba la Corona británica a las tropas que al mando de George Washington luchaban por la independencia de las trece colonias norteamericanas. Los mujaidines de Afganistán eran “combatientes de la libertad” cuando enfrentaban la invasión soviética, pero luego se convirtieron en “terroristas” en función de las necesidades coyunturales de la política exterior norteamericana.
Para solucionar esta crisis es imprescindible que el gobierno colombiano arroje por la borda esta caracterización, que de por sí cierra las puertas a cualquier negociación, y reconozca –como en su momento lo hicieron con provecho los irlandeses– que en su territorio se libra una cruenta guerra civil. Ese es el sentido profundo de la propuesta del presidente Chávez, que recoge el sentir de los numerosos rehenes aún en poder de las FARC.
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