“Más grave que asaltar un banco es fundarlo.”
Bertolt Brecht, en La ópera de los tres centavos.
“Yo creo que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que los ejércitos permanentes.”
Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos.
“Al capital le horroriza la ausencia de beneficio. Cuando siente un beneficio razonable, se enorgullece. Al 20% se entusiasma. Al 50% es temerario. Al 100% arrasa todas las leyes humanas y al 300% no se detiene ante ningún crimen.”
Karl Marx.
“Yo tengo dos enemigos: el ejército sureño en el frente y los banqueros en la retaguardia. De los dos, el de la retaguardia es mi gran enemigo. (…) Las corporaciones han sido entronizadas, sobrevendrá una era de corrupción a altos niveles. El poder del dinero en el país se esforzará por prolongar su reinado trabajando en perjuicio del pueblo hasta que la riqueza sea concentrada en las manos de unos pocos y la república será destruida.”
Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos.
“Amigos, vayamos al grano. El mayor robo en la historia de este país se está llevando a cabo mientras usted lee esto.”
Michael Moore.
No es casual que los primeros banqueros de la historia, en el siglo XVII antes de Cristo, hayan sido los sacerdotes: el dinero es una cuestión de fe. La aparición de la moneda metálica trajo también a los cambistas, y fueron los griegos quienes comenzaron a hacer préstamos con cobro de intereses. Los romanos lo llamaron “mutuum”, nombre que saltó las barreras del tiempo y hoy se mantiene: mutuo. El interés romano promedio era 6% al año, 12 para los “préstamos marítimos” y 3% para las iglesias. El primer banco, en 1407, tiene en su insignia a un santo en batalla contra un dragón: el Ufficio di San Giorgio in Genoa.
Ahora Inglaterra nacionalizó la banca y Estados Unidos aplicará parcialmente una respuesta similar. ¿Déjà vu socialista? ¿Marxismo súbito? Exactamente al revés: apoyar a Wall Street es –como sintetizó Michael Moore en su página web– darle las llaves del gallinero al lobo. Lo curioso del asunto es que Bush se atragantó con 700.000 millones y “el mercado” pide más. Las bolsas siguen en caída libre. La codicia que alimentó las hipotecas subprime e infló la burbuja se mantiene ahora, cuando reparten los botes salvavidas: queremos un bote por banquero. Sólo un bote, no. Lo queremos con radio y minibar.
Aquí un día los bancos robaron a las abuelitas y luego Escasany y tantos otros se golpearon el pecho y finalmente recibieron dinero del Estado para compensar a las abuelitas con su propia plata. Esto es: les robaron sus ahorros para devolverles sus impuestos. Los bancos son como los tinteros involcables; a ese punto representan una metáfora del sistema. No pueden caerse. Pueden desmoronarse las fábricas textiles, las automotrices, las empresas constructoras o de servicios, los comedores, la Pirámide de Keops, pero no los bancos. Si caen los bancos se derrumba la fe.
A comienzos de los ochenta la Madre Patria (Estados Unidos, claro) comenzó su etapa Gordon Gekko, aquel personaje de Wall Street interpretado por Michael Douglas: el país comenzó a vivir a crédito para sostener una situación económica artificial; las empresas se endeudaron por encima de sus posibilidades, el Estado hizo lo mismo y gastó en nuevas guerras y los ciudadanos siguieron la misma conducta. Entre 2002 y 2005 los republicanos tuvieron como objetivo combatir la recesión y lo hicieron estimulando el crédito: la Reserva Federal mantuvo la “tasa de interés de referencia” debajo del 2% y los bancos saltaron a conseguir el mayor número de clientes posibles. Lo importante era entregar un crédito, ya verían cómo cobrarlo. Estas hipotecas de segunda categoría fueron bautizadas subprime. Los bancos minoristas vendieron sus carteras de hipotecas a los bancos de inversión (las “securitizaron” o “estructuraron”) que las transformaron en bonos; algunos con bajo interés (los paquetes de hipotecas “confiables” y otros con alta tasa (las hipotecas de desocupados, etc.). Como sucede en las mejores verdulerías del ramo, los paquetes no era homogéneos: a veces las subprime estaban mezcladas con sub-subprime, pero aplicando una vieja regla de Wall Street, “en el montón colaban” y las calificadoras (Standard & Poor’s, Moody’s, Fitch) entregaban las cucardas de AAA a esos bonos. Cuando algo es AAA, como las pilas, nadie pregunta nada. El negocio ya era increíblemente redituable: uno tenía un buen racimo de pobres endeudados de Nueva Orleans comprando su pequeña casita que nunca podrían pagar pero todos con el sello AAA en la frente, y los bancos de inversión (Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Lehman Brothers o Bear Sterns) ganaban, por ejemplo en 2006, 130.000 millones de dólares en el negocio de los bonos. En el caso de las inversiones que no resultaban tan redituables se las “apalancaba” (leverage). Atención, niños: uno tiene un business que le dejará 3%, si invierte 100 pesos ganará 3 en un año. Pero uno, queridos niños, puede “apalancarse” (cualquier cosa con tal de no laburar) o sea pedir 900 pesos prestados. Entonces invierte 1.000 y, al final del año, gana 30 pesos (el 3% de 1.000). Después devuelve los 900 que pidió prestados y en un año uno termina ganando 30 cuando arrancó con 100, o sea ha ganado el 30%. Encantador, aunque riesgoso, porque el apalancamiento multiplica las ganancias pero también las pérdidas: Bear Sterns, antes de quebrar en marzo, debía 35 veces lo que tenía, y las otras empresas entre 20 y 22 veces. El “manual del especulador financiero” afirma que lo ideal es mantenerse entre las 12 y 15 veces, no más.
Las hipotecas se tomaban a tasa de interés variable y en junio de 2004 la Fed empezó a subir las tasas para “enfriar” la economía que antes había calentado. Entonces comenzaron a crecer las deudas y la morosidad. Los que compraron las hipotecas les reclamaron a los bancos que no pudieron responder porque sus clientes no pagaban las cuotas.
Un artículo de The Observer del 18 de marzo de 2007 da cuenta del desinfle del boom inmobiliario: “Uno de cada ocho propietarios de los Estados Unidos no ha podido pagar su cuota, con dolorosas consecuencias para los bancos, entre ellos el HSBC”, dice. En agosto American Home Mortgage, que había negociado 59.000 millones en crédito, anunció el despido del 90% de su personal (7.400 personas) y declaró su quiebra dos días después. El 14 de septiembre el Banco de Inglaterra salva al privado Northern Rock, porque los ahorristas querían retirar en masa su dinero, y en octubre el UBS, el mayor banco suizo, anunció una depreciación de activos de 2.400 millones de euros. Y luego la debacle fue geométrica. Frente al Congreso, el plan inicial de Bush tenía tres carillas. Finalmente la propuesta del Tesoro fue de 451 páginas, por 700.000 millones, e insuficiente.
“El fin de este plan de rescate –escribió Michael Moore– es proteger la cantidad de riqueza obscena que se acumuló en el país en estos ocho años.” Moore propuso que el Congreso acuse criminalmente a Wall Street, que 400 americanos ricos pongan en marcha planes de austeridad personal, que un directivo de empresa no cobre 400 veces más que su empleado y que, si el gobierno les presta dinero, se lo cobre con intereses.
El mundo tiene 6.000 millones de habitantes. Dos mil setecientos millones son pobres, 923 millones tienen hambre. De esos 923 millones, 300 millones son niños y 18.000 mueren cada día.
–Lejos de descender, la cantidad de hambrientos en el mundo actualmente está creciendo a un ritmo de cuatro millones por año –dice la presentación del Informe Anual de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación).
Reducir a la mitad la proporción de personas hambrientas para 2015 costaría 150.000 millones de dólares, la mitad de lo que le costó al gobierno de Bush salvar de la quiebra a las compañías Fannie Mae y Freddie Mac y a la aseguradora AIG.
Según la fundación española La Caixa, erradicar la pobreza del mundo costaría 10 veces menos que el plan de rescate financiero. Su director, Jaime Lanaspa, aseguró que “es mucho más rentable en términos humanos destinar esos fondos a combatir el hambre que a rescatar operaciones de entidades que no han sido suficientemente responsables, transparentes y probablemente legítimas en su trabajo”.
Una paradoja: un pibe de 16 podría ser condenado hasta diez años de prisión por robar golosinas en un maxikiosco de Villa Urquiza: dos cajas de Tita, dos de Rhodesia, tres de Bon o Bon, una de alfajores Dulce Reina, tres bolsas de caramelos Arcor, cinco paquetes de galletitas Sonrisas, cinco de Merengadas, cinco de Mellizas y cinco de Diversión.
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