El dilatado, lóbrego reinado de la inseguridad en la Argentina halla en los secuestros extorsivos una de sus facetas más dramáticas. De allí que cada vez que ocurre uno de ellos la sociedad se ve sacudida por el delgado hilo de un destino que está en manos de perversas escorias, de policías muchas veces no fiables, de una familia hundida en la desesperación y de la fatalidad misma, que suele obrar con capricho y con saña.
A estos tormentosos factores se suma la presencia publicitada y comedida de Juan Carlos Blumberg. El ingeniero cobró notoriedad luego del secuestro de su hijo y se convirtió en una especie de símbolo de la resistencia de la sociedad civil contra una ola delictiva que, procreada en las abismales situaciones de injusticia que castigan al país, parece haberse instalado con pronóstico definitivo. De allí que sus convocatorias como padre signado por la tragedia hayan recibido el respaldo solidario de numerosos sectores.
Los problemas empezaron cuando Blumberg buscó convertirse en un experto en la lucha contra la inseguridad, en general, y en la resolución de secuestros, en particular. Hizo giras por algunos países buscando soluciones que no encontraba en el saber acumulado en el país y volvió con ideas tan innovadoras como la del trabajo forzado para los presos, entre otros anacronismos. Y presionó a los políticos para que aprobaran leyes duras que finalmente no gravitaron en la geografía del delito, mientras muchos lo cortejaban y "medían" sus posibilidades como candidato.
Razones no les faltan a los políticos para querer llevar a Blumberg a ese terreno, ya que si no se reconoce como tal, actúa como un genuino operador. Si no, no se entienden sus intrusiones en los nombramientos de la Justicia, ni sus rituales diatribas contra Solá y Arslanián, probablemente el hombre que más hizo para expugar lacras de la Bonaerense.
Pero en el reciente caso Ianone, el ingeniero desbordó. La familia se mostró remisa a su gestión de "buenos oficios" y se introdujo en ella a través de un tío. Cuando los delincuentes se dieron cuenta que las negociaciones —que debían ser secretas— se filtraban a la prensa comunicaron que a Hernán lo devolverían "en una bolsa". La familia, sensata, fletó a tío e ingeniero en un mismo acto. Una vez liberado, el joven contó que los secuestradores lo trataron bien hasta que apareció Blumberg en los medios. A partir de allí, suplicios: golpes, amenazas y hasta simulacros de fusilamiento. Después vino el pago y la liberación. Y también la acusación de la madre de Hernán hacia Blumberg por interferir y la denuncia del ingeniero y el tío sobre una presunta "mejicaneada" policial.
Más allá de esto, seguramente ningún dolor de padre ni ningún presunto saber "experto" otorga el derecho de infligirle a quien está pasando una temporada en el infierno una ración de adicional de padecimiento. La acción contra el delito requiere sin duda de honestos funcionarios, que, por cierto no parecen sobrar. Pero profesionales. Sería más saludable para todos que los aficionados se queden en sus casas.
Salutes
domingo, diciembre 17, 2006
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