El creciente imperialismo del pensamiento políticamente correcto va deviniendo cada vez más en la actitud intelectual propia de la Señora Gorda hacia el devenir de las cosas.
El personaje fue popularizado por Landrú allá por los '60. La Señora Gorda era una mujer paqueta que vivía atrincherada dentro de una mullida burbuja en Barrio Norte, cultivaba una ignorancia completa sobre la marcha del mundo y sus alrededores y se sorprendía ante cualquier acontecimiento que le proveyera la realidad en forma de noticia, ante el cual solía reaccionar con una muy limitada artillería de prejuicios.
El pensamiento Señora Gorda hoy parece ser el extremo señor Hyde del atildado doctor Jeckyll políticamente correcto.
Ambos se basan en una voluntariosa buena intención. La diferencia es que el pensamiento Señora Gorda resulta impermeable a cualquier amague de inteligencia y se caracteriza por un candor impenetrable. El mecanismo es simple: primero, asombro, casi pavor, ante el suceso y luego un estallido catárquico de santa indignación que obtura todo intento de conocimiento o reflexión.
Así, al pensamiento Señora Gorda —paradojalmente, lo con trario al ejercicio de pensar— cada noticia, aunque se trate de la más reiterada —un crimen en un asalto, un accidente múltiple, una masacre en Oriente Medio, un desmán en una cancha o el creciente número uniones de hecho— le explota en la cara con la potencia única de un 11 de septiembre.
Los sucesos del país y del mundo no se gestan en un repollo. En general, su abrumadora mayoría tiene una historia, se producen en un marco, surgen encadenados en una serie porque siempre forman parte de una cierta secuencia y narración histórica. Desde luego, hay excepciones: el descubrimiento de la materia oscura o la irrupción del sida. Pero aún así, cuando ocurrieron la cultura ya almacenaba una teoría física sobre el fenómeno y, por otro lado, una historia de los virus.
Un de los aspectos más melancólicos de esta mutación de un tipo de pensamiento a otro se da con creciente ímpetu en el periodismo de los medios electrónicos. Solemos contemplar en la tele a periodistas consternados ante acontecimientos perfectamente vulgares desde el punto de vista noticioso. O escuchamos en la radio los típicos "¡Qué barbaridad!" y "¡Qué increíble" que jalonan el intelecto de la Señora Gorda confrontada con hechos muy lejanos a su comprensión.
Contar en la Argentina con un número importante de sindicalistas, intendentes y policías bonaerenses, jueces, colectiveros y dirigentes e hinchas de fútbol políticamente incorrectos hasta la indignidad no debería, creo, servirnos de consuelo.
Salutes
sábado, diciembre 09, 2006
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