Una vieja historia cuenta sobre un pueblo en donde un grupo de hombres se divertía con el tonto del lugar. Un pobre infeliz capaz de mantenerse apenas haciendo mandados a cambio de míseras limosnas.
Todas las noches, la gente del pueblo se reunía en el bar y la velada se animaba cuando llamaban al tonto para burlarse de él. La broma consistía en darle a escoger entre dos monedas: una grande de 400 reales y otra pequeña, pero de mayor valor: 2.000 reales.
«él, siempre, elegía la más grande y menos valiosa, y eso despertaba la risa en los parroquianos.
Un día, un forastero que observaba al grupo divertirse con el pobre inocente, lo llamó aparte y le preguntó si no había percibido que la moneda más grande valía menos.
-Por supuesto -respondió el tonto- no soy tan estúpido; vale cinco veces menos, pero el día que escoja la otra, el jueguito acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Quienes cuentan la historia, suelen rematarla con algunas conclusiones: muchas veces, aquel que parece el más tonto, no siempre lo es; podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros mismos. Por lo tanto, no importa lo que los demás piensan de nosotros, sino lo que cada uno piensa de sí mismo y, además, el verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto, delante de tontos que creen ser inteligentes.
Salutes
domingo, julio 08, 2007
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

1 comentario:
Muy bueno! Hay que saber hacerse el tonto... pasas desapercibido y no se te escapa nada.
Publicar un comentario