Fidel es tal vez el único de los líderes populares de la segunda posguerra, al que los Estados Unidos no pudieron derrocar, enviar la exilio, asesinar, inducirlo al suicidio o a la traición. Hay que ser un zoon politikon –y contar también con la protección de los dioses, vaya uno a saber cuáles– para concitar la lealtad de un pueblo y conformar un gran frente nacional contra Batista, a partir de esos doce sobrevivientes hambrientos que llegaron a la Sierra Maestra; para resistir la invasión a Playa Girón; los múltiples sabotajes y operaciones de la CIA; los seiscientos intentos de asesinato; un bloqueo económico de más de cuatro décadas; la caída del Muro de Berlín; el aislamiento internacional, o el período especial que, junto a otros múltiples obstáculos, debió enfrentar su gobierno durante medio siglo. Nadie ignora que hubo errores y durezas en las políticas de la revolución cubana, y tampoco Fidel lo ignora; el atenuante es compararlos con la historia de las mayorías populares y con el avasallamiento de los intereses nacionales en el resto de los países latinoamericanos durante el mismo período.
Después de sesenta años de intensa actividad, Fidel renuncia a la presidencia, pero no se retira de la política; simplemente va a continuar haciendo política bajo otras formas. Martí nos decía: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”; y el Comandante parece dispuesto a concentrar sus esfuerzos en la “batalla de ideas”, porque está convencido de la necesidad de pensar críticamente lo nuevo, en tanto hoy en el mundo no está sólo en juego un cambio de sistema socio-económico y político sino la supervivencia misma de la especie.
Salutes
lunes, febrero 25, 2008
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