sábado, noviembre 14, 2015

“Si los estados del sur esclavista hubiesen ganado la guerra civil estadounidense, el dólar oficial sería el azul (…) Fue en plena Guerra de Sesión que la moneda norteamericana adoptó el verde, cuando los Estados de la Unión –el Norte- decidieron emitir en 1863 los primeros greenbacks, unos billetes que coexistieron y compitieron durante un par de años con los bluebacks del Sur, derrotado finalmente en 1865. El nombre arrastra una historia algo más larga: un noble de Bohemia descubrió a inicios del siglo XVI un yacimiento de plata en Joachimsthal y acuñó sus primeras monedas en 1518 con el nombre de “joachimsthaler”, que de tanto utilizarse en el Sacro Imperio Romano pronto adoptó el apocope “thaler” y terminó por convertirse en dólar en la España próspera de la conquista y el saqueo del Nuevo Mundo. A fines del siglo XVIII, a poco de independizarse de las colonias americanas del Reino Unido, Thomas Jefferson ya escribía que el dólar –la pieza de plata española, se entiende- era “la moneda más conocida de todas en la cabeza del pueblo El control de cambios en Argentina como régimen nace en septiembre de 1931, en medio de la crisis mundial. Era el momento en que los gobiernos empezaban a sentir la escasez de divisas y miedo a devaluar. Arranca como un tipo de cambio único, un control de cambio con tipo de cambio único; y Federico Pinedo lo convierte en un desdoblamiento cambiario. El régimen de control de cambios dura hasta diciembre de 1958 hasta que Arturo Frondizi hace la liberalización cambiaria con un costo altísimo. Es salida de los controles implicó una cuadruplicación del tipo de cambio comercial y una inflación arriba del %150 anual. Después se revirtió, pero fue la primera experiencia de una inflación de más de tres dígitos en un año de la historia argentina. Por esos años era ilegal que se comprara y acumulara dólares. No había lugar donde comprar. El que exportaba, tenía que entregar los dólares y el Banco Central les daba los dólares a los importadores hasta el punto que alcanzara. El inicio de la pasión argentina por la divisa es algo más difuso. Su embrión puede encontrarse a fines de la primera presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1952), cuando el mandatario le preguntó a una multitud de sus seguidores si alguno de ellos había visto un dólar alguna vez. Era una pregunta retórica, por supuesto, que apuntaba a desmentir el impacto en las clases populares que podía acarrear la escasez de la divisa, por entonces aún poco conocida y que recién empezaba a desafiar la primacía global de la libra esterlina. En 1949 Perón aludió al dólar ante un grupo de peones rurales “Los problemas de divisas, agitados políticamente, son totalmente ficticios. Dicen que el peso vale poco, pero ¿a mi qué me importa que valga poco el peso con relación al dólar o a la libra esterlina si acá yo no compro ni vendo nada en el orden internacional en pesos? Todo lo vendo en dólares y libras esterlinas. El peso sirve en el mercado interno. Para comprar en el mercado internacional tampoco empleamos nosotros ni libras ni dólares; empleamos trigo y carne, que es una moneda que no se desvaloriza en todos los tiempos”. Al año siguiente, el Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI, que centralizaba el comercio exterior nacionalizado y establecía en los hechos los tipos de cambio diferenciales para cada sector), contradecía al jefe en su propio balance “el país necesita en la etapa de evolución en que se encuentra su economía de un apreciable volumen de divisas. Por ahora, y en el futuro inmediato, la responsabilidad de la producción de divisas recaerá en su práctica totalidad sobre la exportación de productos agropecuarios”. Del dólar se había empezado a hablar bastante en la prensa por la crisis del sector externo que golpeó al país en 1951 cuando la cosecha de trigo cayó dramáticamente en volumen y valor. Para salvar la balanza comercial el pueblo comió pan negro durante casi dos años. La harina se hacía con salvado y centeno para exportar todo el trigo posible y maximizar el ingreso de libras y dólares. Durante el primer gobierno peronista la Argentina dependía más de Europa que de los Estados Unidos. La Argentina comerció durante toda la segunda guerra Mundial sin la base de reserva legales, de dinero real, salvo con los Estados Unidos que pagó en dólares. Gran Bretaña pagó en libras bloqueadas que era libras que se asentaban en el Banco de Inglaterra, porque no tenían otra forma de pagar. Entonces la Argentina financió el esfuerzo de guerra inglés con esas libras. Y eso mismo hizo Londres con un montón de países que eran sus colonias. La Argentina, como era colonia informal, entró. Cuando terminó la guerra, el país tenía un montón de libras bloqueadas. ¿Qué ocurrió inmediatamente? Algo que era previsible: el único país que podía vender producción nueva y equipos eran los Estados Unidos. La industria europea estaba destrozada. Para comprarles a los Estados Unidos necesitabas dólares. Entonces los Estados Unidos automáticamente intimaron a Gran Bretaña a que hiciera convertible la libra. Gran Bretaña aceptó y duró aproximadamente un mes. La Argentina cambió 500 millones de libras esterlinas en dólares, hasta que en agosto de 1947, vuelve a decretarse la inconvertibilidad de la libra Con la libra inconvertible durante todo su gobierno y el dólar siempre prohibido, la Argentina peronista aún no ahorraba en dólares. Lo hacía en pesos, a tasas de interés reales negativas, en los bancos o con las estampillas de la Casa Nacional de Ahorro Postal. El negocio recién rindió durante los últimos años del primer peronismo (1952-1955), ya con Alejandro Gómez Miranda en el Ministerio de Economía, cuando el país tuvo dos de sus poquísimos años de crecimiento con baja inflación en toda la historia: 1953, con el 3% y 1954, con poco más de 4%. Derrocado Perón por la autodenominada Revolución Libertadora, la dictadura conservadora y de sustrato clerical que gobernó al país durante los tres años siguientes relajó parcialmente los controles de cambios. Tras el golpe de 1962 y la asunción el año siguiente del radical Arturo Illia, los amantes de la “rúcula” sufrieron su primera desilusión. Fue en 1964, cuando la deuda externa sumaba 3.800 millones de dólares, de los cuales casi la mitad vencía en los siguientes dos años. Entonces, el Ejecutivo prohibió la libre salida de capitales al exterior y sólo permitió las autorizadas por el Banco Central. Eran solo para gastos de primera necesidad, como la importación de medicamentos que no se fabricaban en el país. Los ciudadanos pudieron comprar hasta 50 dólares por mes para atesorar y debían hacerlo bajo declaración jurada. Muchos ahorristas quisieron retirar los 200 millones de dólares que acumulaba el sistema financiero argentino, pero los bancos carecían de los recursos suficientes para hacer frente a una corrida. Así que Illia decretó que las entidades podían devolver los depósitos en pesos a la cotización oficial del dólar. Aunque durante las décadas de 1950 y 1960 aparecieron en Buenos Aires los primeros ahorristas criollos dolarizados, el billete verde recién irrumpió con fuerza en la vida cotidiana de los argentinos mucho después, con la dictadura, de la mano de un plan económico que busco deliberadamente, entre 1976 y 1983, aniquilar la industria local como forma de ponerle un límite al ascendente poder de los trabajadores organizados. Ese nuevo régimen de acumulación, que siguió al abandono de la convertibilidad del dólar con el oro por parte de Washington, el surgimiento de los mercados globales de capitales y la consolidación de esa divisa como moneda de cambio y reserva de valor mundial, terminó por dolarizar para siempre la cabeza de los argentinos. Para combatir el ya por entonces gravísimo problema de la vivienda de la clase media y media baja, el fundador del justicialismo había aprobado durante su primer gobierno una ley que cambió para siempre la fisonomía de la ciudad de Buenos Aires y de varias grandes urbes de las provincias: la de propiedad horizontal. Son hijos de esa norma casi todos lso edificios de hasta quince pisos que se apoyan unos sobre otros, en todas las grandes avenidas y muchas calles porteñas. El pitido final para la compraventa de inmuebles en moneda nacional sonó el 4 de junio de 1975: Celestino Rodrigo dispuso una devaluación del 160% del tipo de cambio comercial y del 100% del financiero, con lo que la inflación se disparó al 183% anual. Fue el famosos Rodrigazo, un sablazo hiperinflacionario contra el poder adquisitivo de los asalariados que habían confiado ciegamente en la fórmula Perón-Perón en 1973. La “bicicleta financiera” fue una marca del modelo que prohijó José Alfredo Martínez de Hoz. ¿Cómo se echó a andar la bicicleta? Con dos pedales. Uno fue la inmediata liberalización cambiaria de “Joe”, que puso la “lechuga” al alcance de cualquiera que quisiera comprarla. El otro, la reforma financiera de 1977, que eliminó las regulaciones que regían sobre los bancos y disparó la tasa de interés real a un nivel extraordinariamente alto. Esto convenció a los ahorristas de mantener sus pesos en depósitos a plazo fijo, pero a la vez metió presión a las entendidas financieras, que bajo el nuevo marco debían quebrar sino eran capaces de devolverlos. La bicisenda financiera era sencilla y aparentemente sin sobresaltos: alguien traía dólares del exterior, los cambiaba por pesos, los colocaba a plazo fijo, cobraba los jugosos intereses que le ofrecían y volvía a comprar más dólares. El esquema funcionó hasta 1979, cuando el ingreso de capitales que desató ya había generado una apreciación cambiaria inédita con la consecuente pérdida de competitividad de la producción local. Es con Martínez de Hoz que la Argentina entra en la órbita del dólar. A partir de ese momento nuestra deuda externa es una deuda claramente en dólares. Desplazado Martínez de Hoz, los militares que usurpaban el poder entregaron la cartera económica a Lorenzo Sigaut, quién había integrado brevemente en 1967 el equipo del superministro de otra dictadura anterior, Adalbert Krieger Vasena, quién había aplicado bajo el régimen de Juan Carlos Onganía, un plan que incluía una devaluación compensad del 40% con altas retenciones para los sectores exportadores tradicionales. Sigaut intentó emular al que había sido su jefe pero con un marco económico mucho más adverso. El 19 de junio lanzó la frase que lamentaría durante el resto de su vida: “Van a perder los que apuestan al dólar porque hemos eliminado el nivel de sobredevaluación. Diez días después de la puesta, una corrida incontenible devaluó el llamado peso nuevo otro 30% y el dólar se fue a un record de 8.800 pesos nuevos. La sangría se disparó y hacia noviembre el dólar llegó a los 100.000 pesos. El refugio frente al altísimo impuesto inflacionario era la compra de “lechuga”, que se generalizó a todas las clases sociales. Promediando el gobierno alfonsinista, Sourrouille, Machinea, Frenkel y Gerchunoff crearon el Plan Austral. Alfonsín intentó salir de esa inercia con el nuevo signo monetario, pero el billete verde siguió en su escalera al cielo. Con Bernardo Grinspun, el ministro de Economía de sus primeros dos años como presidente, la divisa subió 780%. Con Sourrouille, se disparó otro 4.500%. Por las regulaciones que intentó fijar el radicalismo por esos años, en la City florecieron las “cuevas” y los “arbolitos”. El dólar paralelo se mantuvo durante el gobierno de Alfonsín entre 15% y 40% más caro que el oficial. Menem debutó reincidiendo en la confiscación de ahorros privados, lo cual volvió a dejar gananciosos a quienes habían apostado al dólar (fuera de los bancos) y perdidosos a los demás. Las pérdidas de aquella crisis bancaria ascendieron al 13% del PBI argentino de entonces. Cavallo llegó al Ministerio de Economía a principios de marzo de 1991. Menos de un mes después, el Congreso aprobó su criatura, la Ley de Convertibilidad. La clave de su éxito fue que establecía que el Central respaldaría cada peso en circulación con un dólar de sus reservas y vendería todos los que fueran necesarios para entender la demanda de quienes quisieran cambiar por “rúcula” sus pesos. El gobierno renunciaba a hacer política monetaria y condicionaba los aumentos de liquidez local a que ingresaran capitales, inversiones o que la balanza comercial arrojara superávit. Pero la gente seguía pensando en verde, durante la convertibilidad el sector privado pasó de atesorar 50.000 millones de dólares en 1991 a 100.000 millones en 2001. Luego vino la crisis del uno a uno, que disparó la dolarización de privados a un pico del 7,7% del PBI en 2002. Los guarismos advierten que en crisis, sin crisis, con crecimiento, en recesión, con gobiernos liberales o más heterodoxos, la dolarización de carteras fue permanente.” “Estoy verde. Dólar, una pasión argentina. Alejandro Bercovich-Alejandro Rebossio”

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