sábado, diciembre 05, 2015
“Para leer al Pato Donald muestra que nada escapa a la ideología. Nada, por lo tanto, escapa a la lucha de clases. Donald es la metáfora del pensamiento burgués que penetra insensiblemente en los niños a través de todos los canales de formación de su estructura mental. Es la manifestación simbólica de una cultura que vertebra sus significaciones alrededor del oro y que lo inocente al despegarlo de su función social. Si el capital es tal en tanto constituye una relación social, el oro acumulado por un avaro como Tío Rico no tiene ninguna responsabilidad. Es neutro. El dinero no aparece como un elemento de la relación entre un capitalista y la sociedad, por lo tanto pasible de injusticias. El dinero pierde la propiedad fetichizante del poder, para convertirse en objeto de una psicología individual más o menos patológica. Todos los personajes emergen como erupciones psicológicas y no como productos de relaciones sociales. Son conductas abstractas las que se interrelacionan y no funciones concretas de un ordenamiento social.
(…)
Pato Donald se pasa la vida buscando trabajo y quejumbrándose amargamente del esfuerzo agotador que debe realizar. ¿Para qué busca trabajo Donald? Para obtener plata con el fin de veranear, para pagar la última cuota del televisor (parece que la paga mil veces, porque en cada nueva aventura tiene que pagarla de nuevo por última vez), para comprar un regalo (generalmente para Daisy o para Tío Rico). Lo que caracteriza todos estos deseos es la falta de necesidad que siente Donald: nunca manifiesta problemas con el arriendo, con la luz, con el alimento, con el vestuario. Por el contrario, a pesar de que nunca tiene un peso, siempre está comprando. El mundo de la abundancia mágica ronda a todos estos personajes. No hay desavenencias en los medios de subsistencia: es una sociedad sobre un colchón que emana bienes. El trabajo, de hecho no le hace falta a Donald, y la prueba es que el dinero que consigue sirve siempre para comprar lo superfluo. La superfluidad de la necesidad se traslada a la superfluidad del trabajo conseguido. Ya mencionamos el hecho de que estos trabajos son servicios de venta o de resguardo o de transporte para los consumidores (Tal es así que Rico Mc Pato no tiene obreros. Cuando le traen la lista de sus trabajadores, son todos “empleados”). El oficio entonces, es como un consumo y nunca una producción. Donald no necesita laborar, peros siempre está obsesionado con su búsqueda. No es raro, por lo tanto, que el tipo de trabajo que anhela tenga las siguientes características: fácil, sin esfuerzo mental o físico, pasatiempos en espera de una fortuna (o mapa) que caiga de otra parte. En una palabra, ganarse el salario sin transpirar. Como Donald es por definición torpe y descuidado, se lo despide perpetuamente. Se convierte en un cesante por ineficiencia, en un mundo donde abundan los empleos. Conseguir no es el problema, porque la oferta supera de lejos a la demanda, tal como el consumo rebosa la producción. Donald representa para el lector el cesante, pero esa cesantía que históricamente es causada por la crisis estructural del sistema capitalista, no tiene otra causa que la personalidad del protagonista. El fundamento socio-económico desaparece para dar lugar a la explicación psicologista: en los rasgos anormales y exóticos de la actitud individual de ser humano, radican las causas y las consecuencias de cualquier fenómeno social. Donald es sentido como el representante auténtico del trabajador contemporáneo. Pero mientras éste necesita de verdad el salario, para Donald es prescindible; mientras el trabajador busca desesperado, Donald encuentra sin problemas; mientras el primero produce y sufre como resultado de la materia que se le opone y la explotación de que es objeto, Donald padece ilusoriamente el peso negativo del trabajo como aventura.
Cuando llega el momento importante de recibir el salario, ocurre la gran mistificación. El obrero es burlado y lleva de vuelta a casa sólo una parte de lo que él realmente ha producido: el patrón le roba el resto. Donald, en cambio, por ser inútil todo el proceso anterior, reciba lo que reciba es demasiado. Al no haber aportado riqueza, ni siquiera tiene derecho a exigir participación. Todo lo que se le entregue a este parásito, es un favor que se le dispensa desde afuera, y debe estar agradecido y no pedir más. Donald representa bastardamente a todos los trabajadores que deben imitar su sumisión. El pato no es la fantasía, sino la fantasmagoría de que hablaba Marx; detrás del “trabajo” de Donald, es imposible que afloren las bases que desdicen la mitología laboral de los propietarios, es decir, la escisión entre el valor de la fuerza de trabajo y trabajo creador de valor. El trabajo gastado en la producción no existe en Donald. He aquí el mito básico de la movilidad social en el sistema capitalista. El self-made-man. Igualdad de oportunidades, democracia absoluta, cada niño parte de cero y acumula lo que se merece. Donald malogra todas estas escaleras del éxito a cada rato. Ese dinero, es un incentivo, un fin, una meta; pero nunca, una vez alcanzado, determina la próxima aventura. El capital y todo el proceso de la acumulación de la plusvalía sucesivas serían la respuesta y la solución al éxito del Tío Rico, y nunca podría el lector identificarse con él. La historia de una personalidad estrafalaria sirve para prestigiar al modo en que una clase entera se ha apoderado de todos los sectores de la realidad y al mismo tiempo ocultar el hecho de que se trata justamente de una clase.
Lo que hay más allá de la historieta infantil es todo el concepto de la cultura masiva contemporánea. Se piensa que el hombre, sumido en las angustias y contradicciones sociales, se ha de salvar y alcanzar su liberación como humanidad en la entretención. Tal como la burguesía concibe los problemas sociales como residuo marginal de los problemas tecnológicos, así cree que mediante la industria cultural masiva se puede solucionar el problema de la alineación del hombre. La diversión, tal como la entiende la cultura masiva, trata de conciliar el trabajo con el ocio, la cotidianeidad con lo imaginario, lo social con lo extrasocial, el cuerpo con el alma, la producción con el consumo, la ciudad con el campo, olvidando las contradicciones que subsisten dentro de los primeros términos. Cada uno de estos antagonismos, puntos neurálgicos de la sociedad burguesa, queda absorbido al mundo de la entretención siempre que pase antes por la purificación de la fantasía. La clase social de Disney ha moldeado el mundo de cierta manera bien determinada y funcionante; la fantasía no da la espalda a este mundo, lo toma, y pintándole de inocencia, lo presenta a los consumidores que presienten ahí un paralelo mágico, maravilloso, de su experiencia cotidiana. El lector consume sus propias contradicciones lavadas, lo que le permite, ya de vuelta en su mundo habitual, seguir interpretando esos conflictos desde la limpieza que lo hace sentirse como un niño frente a la vida
“Donald y la política” y “La máquina de las ideas” en Para leer al Pato Donald. Comunicación de masas y colonialismo. Armand Mattelart-Ariel Dorfman
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