La democracia supone un proceso de selección de los aspirantes a cargos electivos, que debería comenzar en el interior de los partidos y culminar el día que el conjunto de los ciudadanos, con su voto, decide quién sí y quién no. Aquí, la primera parte de ese proceso virtualmente no existió, porque casi no existen los partidos políticos más allá del sello y el logotipo.
Las excepciones apenas completan un puñado. Entre otros pocos, los peronistas de Santa Fe eligieron a su candidato en internas abiertas, los radicales de la Capital Federal también votaron, hubo elecciones en varias instancias del socialismo, y la UCR consultó a sus convencionales nacionales para definir quién iba en la fórmula junto a Roberto Lavagna. Pero la regla general fue otra.
Los candidatos presidenciales, de uno y otro lado del mostrador, son fruto de decisiones unipersonales o, en el mejor de los casos, de pequeñas cofradías cerradas a toda opinión ajena. Basta reparar en cómo llegaron a ser postulados Cristina Kirchner, Elisa Carrió, Roberto Lavagna, Jorge Sobisch, Alberto Rodríguez Saá, Ricardo López Murphy, Pino Solanas o Raúl Castells. Y podría aplicarse esta misma vara para medir el modo en que Daniel Scioli, Francisco De Narváez, Luis Patti, Juan Carlos Blumberg o Margarita Stolbizer alcanzaron sus candidaturas a gobernador bonaerense.
Deteriorados en su función básica de articular visiones y demandas entre los sectores sociales y la superestructrura del poder, para impulsar así aquellas transformaciones que la mayoría reclama, sin capacidad ni vocación para procesar el conflicto en un marco orgánico y participativo, los partidos políticos, o en verdad sus líderes y caciquejos, resolvieron a puertas cerradas las candidaturas. Más aún: en muchos casos lisa y llanamente las multiplicaron tantas veces como precandidatos había, depositando en el conjunto de la sociedad la responsabilidad de decidir lo que ellos no pudieron, no supieron o no quisieron.
Un dato habla por todos: para los 134 municipios de las provincia de Buenos Aires hay 430 listas de candidatos a intendentes que irán colgados de la boleta de Cristina presidenta y Scioli gobernador. La consecuencia probable de esta política de avestruz, de acuerdo a lo visto hasta ahora, serán representaciones atomizadas y gobernantes que para formar mayorías usarán con sus opositores los recursos de la codicia y la ambición.
Está claro que los oficialismos son más propensos a esa dispersión de candidaturas, porque tienen la porción mayor de cada torta a repartir. Desde la Casa Rosada se alentó la estrategia de armar colectoras que terminen sumando a la candidatura principal. Pero los opositores tienen lo suyo. Lavagna lleva tres listas de candidatos a senador en la Capital, y dos de gobernador en la Provincia. Carrió tiene dos listas de diputados en Capital.Y se habló suficiente de la errática relación de López Murphy con el macrismo, coronada por candidaturas duplicadas.
Cosas parecidas suceden en algunas provincias. Por ejemplo en Misiones, donde gracias a la ley de lemas hay unas 600 listas oficialistas que postulan para gobernador al senador Maurice Closs, con 91 candidatos a la intendencia de Posadas; el Frente para la Victoria candidatea al actual vicegobernador Pablo Tschirsch en 420 sublemas de los cuales 45 corresponden a la capital provincial; el peronista disidente Ramón Puerta tiene 407 listas en la provincia y 32 en Posadas. Y hasta el Frente por la Dignidad del obispo Joaquín Piña, que derrotó al gobernador kirchnerista Carlos Rovira hace menos de un año, cambiándole el clima político al país, llevará 150 sublemas en la Provincia y 12 en Posadas.
¿Quién puede tirar la primera piedra?
Salutes
viernes, septiembre 14, 2007
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