viernes, diciembre 07, 2007

Los padres de la violencia

Los techos de las escuelas se caen a pedazos sobre las cabezas de los pibes. Las maestras saben que la mayoría de sus alumnos vienen de hogares en donde el trabajo es una rareza, una melancolía del tiempo de los abuelos. También reconocen los trabajadores de la educación que desde muy chicos, las bandas de los barrios los reclutan como soldados en sus incursiones cotidianas.

O son testigos, desesperados e impotentes, de los silencios quebrados por llantos que explotan a borbotones que denuncian golpes y violaciones repetidas por esta pedagogía de la cobardía que hace descargar la furia contra la carne de la misma carne, la sangre de la misma sangre, contra el más cercano, contra el débil más próximo.

Eso también surge entre los pupitres, las mesas, los mapas descoloridos y las ventanas arrasadas que no protegen ni en invierno ni a fin de año.

Pibas y pibes atravesados por la violencia.

Porque es allí en la escuela donde aparecen las consecuencias de un saqueo que continúa aunque haya ilusión de que algo cambiará a favor de los que son más.

Nenas y nenes son los territorios en los que explota la violencia que el sistema descarga de arriba hacia abajo y ellos, esas chicas y esos chicos, la expresan a su manera.

Por eso habrá que parar la pelota cuando se escucha hablar de violencia en las escuelas.


De analizar el contexto, las historias y el nivel de compromiso político de los actores que participan de las llamadas comunidades educativas. Porque de eso también se trata, de reconstruir el rol de la maestra y del maestro como primeros dirigentes políticos de la sociedad. Porque son los que deben enfrentar las desmesuradas agresiones del poder contra los chicos y eso impone un compromiso social y político, una clara ideología de complicidad o una posición crítica de resistencia.

Fue en la capital de la hermosa provincia de Entre Ríos, en la escuela “Gregoria Pérez”, en la ciudad de Paraná, que un grupo de padres descargó su impotencia contra siete alumnos a los que calificaron de “incontrolables”.

Apuntaron en su denuncia que "hay un nene de 11 años que es corpulento, está bajo tratamiento psiquiátrico, medicado y el conjunto que está trabajando con él nos indicó que no saben si está tomando la medicación y si ésta es la que le produce una reacción nerviosa".

Una madre aseguró que uno de estos chicos "se pelea con todos y tiene golpes estratégicos: se les sube a los chicos sobre la panza y les pega la cabeza contra la pared... Tiene que ser tratado como un chico con problemas específicos y que se lo aparte del grupo. Ya que durante todo el año se intentó incorporarlo pero no se puede hablar con el niño ni con la madre".

La directora de la escuela, Teresa Tiengo, aseguró que este año "ha sido bastante complicado en cuanto a la conducta de los niños, y hay uno que es bastante compulsivo e hiperactivo y trata de lastimar a los demás".

Para ella la decisión es tratar de mantenerlos “tranquilos”. Una extraña definición de lo que necesita un chico.

Quizás el problema de la violencia en Paraná supere largamente la realidad de los siete alumnos de la “Gregoria Pérez”; quizás la solución esté en lograr una sociedad con justicia y no una momentánea “tranquilidad”.

Estos siete chicos entrerrianos son consecuencia de otra violencia cuyos verdaderos padres no están en sus casas sino en los lugares del privilegio que, mientras tanto, están muy tranquilos gozando de su anonimato e impunidad.



Salutes

No hay comentarios.: