El escándalo producido por los dichos de Don James Watson, Premio Nobel 1953 y codescubridor de la estructura de la doble hélice junto al fallecido Francis Crick provocó una oleada de rechazos y acusaciones de racismo. Justas, pero más justas serían acusaciones de imbecilidad.
La discusión sobre quiénes son más inteligentes que quiénes carece de sentido, desde ya, porque nadie puede definir con asomos de claridad lo que es la inteligencia (¿el que juega mejor al ajedrez?, ¿el que se las arregla para resolver problemas matemáticos con menor dificultad?, ¿el que resuelve el problema de la supervivencia en condiciones en que otros no lo harían?, ¿el que se aprovecha y se apropia de la ayuda norteamericana con criterios norteamericanos y la deposita en bancos norteamericanos para disfrute personal?).
Pero carece aún más de sentido cuando se aplica a grupos humanos enteros, como “los negros, los blancos, los verdes o los amarillos”. ¿Hay una correlación directa entre la forma en que los pigmentos de la piel absorben la luz y algunos de los factores citados más arriba?
El grave problema aquí es la persistencia de personas o grupos que, ya sea para brillar por sus exabruptos, ya sea por convencimiento, necesitan sentirse parte de grupos superiores a otros. En el siglo XIX la historia era con las mujeres: Gustave Le Bon, el fundador de la psicología social y autor del muy famoso libro La psicología de las masas (1895), espantado ante las propuestas de algunos reformadores norteamericanos, que querían facilitar el acceso de las mujeres a la educación superior, escribía: “El deseo de darles la misma educación y, como consecuencia, de proponer para ellas los mismos objetivos es una peligrosa quimera... El día en que, sin comprender las ocupaciones inferiores que la naturaleza les ha asignado, las mujeres abandonen el hogar y tomen parte en nuestras batallas, ese día se pondrá en marcha una revolución social y todo lo que sustenta los sagrados lazos de la familia desaparecerá”.
Hay algo que siempre sorprende entre estos fanáticos de clasificación de la inteligencia; ninguno, que yo sepa o haya oído, y por más científicamente que haya trabajado, llegó a la conclusión de que su grupo era menos inteligente que otros. Por alguna misteriosa razón, que Watson quizás pueda explicar, siempre el grupo estudioso de la inteligencia queda en la punta de la pirámide: ¡oh casualidad!
Miremos esta perla salida de la pluma del inefable Le Bon, psicólogo social y que se publicó en la revista antropológica más importante de Francia, allá por 1870: “En las razas más inteligentes, como entre los parisienses, existe un gran número de mujeres cuyo cerebros son de un tamaño más próximo al de los gorilas que al de los cerebros más desarrollados de los varones. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede discutirla siquiera por un momento. Todos los psicólogos que han estudiado la inteligencia de las mujeres reconocen que ellas representan las formas más inferiores de la evolución humana y que están más próximas a los niños y a los salvajes que al hombre adulto civilizado. Sin duda, existen algunas mujeres distinguidas, muy superiores al hombre medio, pero resultan tan excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como, por ejemplo, un gorila con dos cabezas; por consiguiente, podemos olvidarlas por completo”.
Bonito, ¿no? Pero no muy lejos de Watson. Lo que los dichos de Watson sí demuestran, y sin lugar a dudas, es que haber ganado el Premio Nobel no es necesariamente un signo de inteligencia. Quizás Watson aspire al Ignobel del año que viene.
Salutes
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