Ayer, otra sociedad de crédito estadounidense, First Magnus Corp, anunció que cesaba en la actividad y no concedería más préstamos a partir de ese momento, debido al colapso del mercado secundario de hipotecas. La empresa operaba en todo el país y tiene más de cinco mil empleados, que ayer fueron enviados en su gran mayoría a sus casas. Se trata de una de las principales entidades financieras del ramo hipotecario de Estados Unidos, entre las que no cotizan en Bolsa.
Los bajones en los mercados de valores y en el precio de los bonos de países emergentes no son otra cosa que una nueva crisis del sistema financiero globalizado causada por las maniobras especulativas de algunos poderosos fondos de inversión. Son temblores recurrentes –el último sucedió hace poco menos de una década– de una estructura sistémica del capital internacional que ocurren cada vez por su propia lógica: crean “burbujas” para satisfacer su codicia (en este caso los seguros sobre créditos hipotecarios en Estados Unidos) hasta que un día revientan y los costos termina pagándolo el esfuerzo de todos. Cada país resiste como puede, según la capacidad del Estado, y no del mercado, para aguantar la estampida de los privados que se corren en busca de refugios más seguros, dejando tras de sí la estela de “inversiones” sin raíces en la producción y el trabajo y el típico horror del capital ante cualquier traspié que ponga en peligro sus tasas de rentabilidad. Las puntocom al inicio del nuevo siglo o los ferrocarriles en el siglo XIX, antes los tulipanes en Holanda, y más cerca los bonos de deuda de países periféricos, fueron todas burbujas financieras como la que acaba de explotar en Estados Unidos, que tiene como cebador los créditos hipotecarios.
Todo comenzó cuando, para emerger con los menores costos posibles en la economía real por el derrumbe del mercado de acciones tecnológicas, en el 2001 la Reserva Federal (banca central estadounidense) fue reduciendo la tasa de interés de referencia para escapar del fantasma de una recesión. Desde entonces hasta mediados del 2004 fue realizando sucesivos ajustes a la baja para terminar ubicándola en un piso mínimo, de apenas el 1 por ciento anual. Ese costo insignificante del dinero alimentó uno de los pecados capitales, la codicia. Los bancos se lanzaron a ofrecer préstamos a tasas muy bajas para financiar la compra de inmuebles. La propuesta de comprar casas con créditos baratos entusiasmó a una sociedad que se caracteriza por el consumo acelerado, lo que empujó el precio de los inmuebles a las nubes. El frenesí de préstamos a tasas bajas, construcción alocada de nuevas unidades y precios de las propiedades en alza constante fue inflando la burbuja inmobiliaria. La oportunidad de participar de un negocio próspero y que prometía ganancias crecientes convocó a entidades financieras específicas, que sólo se dedicaron a esa actividad otorgando créditos hipotecarios con menos requisitos y, por lo tanto, más riesgosos. Como en esa rueda de la fortuna se requería cada vez más capital seguir en movimiento, los bancos “securitizaron” (dar en garantía) esas hipotecas para conseguir más fondos destinados a entregar más créditos. Como esa securitización se instrumentó con la emisión de bonos, que tenían como activo subyacente esa cartera de créditos hipotecarios, el festín se trasladó al mercado financiero global, puesto que bancos internacionales (europeos, por caso) adquirieron esos papeles para incorporarlos a su menú de opciones de inversión para sus clientes.
Esa cadena de la felicidad comenzó a resquebrajarse cuando la morosidad de esos créditos se disparó por el alza de la tasa de interés. Como en su momento la Fed disminuyó la tasa para esquivar una recesión, en los últimos tres años inició el proceso opuesto para enfrentar lo que consideraban presiones inflacionarias. Desde ese uno por ciento anual se sucedió una serie de ajustes hasta colocarla en el 5,25 por ciento. Al subir el costo de los créditos, la demanda de inmuebles empezó a aflojar, los precios a desinflarse y, por lo tanto, la morosidad de los préstamos hipotecarios aumentó. El incumplimiento creciente fue provocado por el encarecimiento de las cuotas y, fundamentalmente, porque el valor de la vivienda pasó a ser menor que el monto del crédito a pagar. La morosidad en alza derivó en quiebras de las entidades dedicadas a esa actividad (Countrywide, líder en el mercado estadounidense), como también la contabilización de quebrantos multimillonarios de los bancos de inversión que integraron a su cartera de bonos los vinculados al negocio de los créditos hipotecarios en Estados Unidos (el francés BNP Paribas dispuso el “corralito” en tres de sus fondos de inversión).
La globalización financiera, lejos de contribuir a la financiación del desarrollo, conspira contra la estabilidad necesaria para ese proceso. Entre 1970 y 1998 se produjeron 64 crisis bancarias y 79 crisis cambiarias en el mundo. Para enfrentar la actual, las bancas centrales de las potencias mundiales realizaron un operativo conjunto de rescate, liberando multimillonarios recursos al sistema para evitar quiebras en cadena. Y la Reserva Federal dispuso una reducción de medio punto de la tasa de interés. A propósito, ¿los profetas de la city no se horrorizan por esa intervención pública en el mercado?. Los financistas ejercen con impunidad ese doble estándar: en los períodos de auge reclaman la desregulación, etapa donde las autoridades pierden el control y se infla una burbuja; en la debacle, esa misma autoridad debe salir al rescate para minimizar los costos al resto de la sociedad por la irresponsabilidad del mundo de las finanzas.
Si durante la crisis argentina de 2001, el Fondo Monetario y el Tesoro estadounidense hacían hincapié en el moral hazard (riesgo moral) para negar la asistencia que pudiese amortiguar los efectos de la explosión de la convertibilidad con el argumento de que los inversores debían pagar los platos rotos por las malas decisiones, ahora la decisión es otra. Hay una clara intención de actuar como prestamista de última instancia con tal de que la crisis no se expanda. Esta vez, a diferencia del 2001, el epicentro de la crisis es Estados Unidos y no la Argentina.
Salutes

No hay comentarios.:
Publicar un comentario